CS#84 Dic.7.2023

Una olla, una vasija, un cántaro, en las culturas prehispánicas, al igual que en muchas otras tradiciones del mundo, son objetos nutridos de significados y envueltos en múltiples capas simbólicas. Un recipiente cerámico puede ser portador de líquido, sagrado o profano, de alimento, de ofrenda, de materia y de espíritu. Dentro de él pude habitar la vida o la muerte, o ambas juntas.

A los que frecuentan los museos arqueológicos peruanos, les resultan conocidos los llamados “huacos-retrato” de la cultura moche, obras de gran maestría técnica, dotadas, además, de una personalidad extraordinaria. Para qué estaban destinados y a quiénes representaban esos rostros de arcilla, viajeros en el tiempo, no lo sabemos con certeza. Según una de las hipótesis, eran imitaciones de cabezas trofeo o cabezas de víctimas sacrificadas. Sin embargo, su vibrante vitalidad no nos deja aceptar fácilmente esa interpretación.

En cambio, la cultura nasca nos ha legado una gran cantidad de vasijas cerámicas polícromas que, sin duda alguna, reproducen cabezas muertas. Sus ojos están cerrados o volteados, sus labios cosidos con hilo o sujetados con espinas. Un contraste manifiesto entre las dos tradiciones, opuestas y complementarias.

Recipientes de arcilla con frecuencia oficiaban de urnas funerarias. El vínculo de la arcilla con el mundo de los muertos (tierra con tierra, barro con barro) es tan íntimo y natural como con el mundo de la naturaleza y de los alimentos.

La serie escultórica de André Granados recoge con gran sensibilidad todas esas connotaciones heredadas de la antigüedad y las transforma, adaptándolas a nuestra actualidad. El florecimiento y la germinación se encuentran aquí con la violencia y la muerte, la delicadeza con la crueldad, la infancia con la vejez, el mundo de los humanos con el reino vegetal. Los principios opuestos están unidos en una fusión que inquieta los sentidos y remueve la memoria. La fuerza vital, o mortal, que trasluce en ellos, hace pensar que su esencia, la verdadera escultura concebida por el artista, es aquel vacío palpitante, el alma de la obra, oculta de nuestra mirada, que está encerrada en su interior.

Al lado de la arcilla, material cálido, liviano y maleable, las mismas formas, los mismos rostros se materializan en metal –bronce o hierro- frío, duro e implacable, mostrando otra cara del proceso escultórico. Complementan la colección varios dibujos de grandes dimensiones, creados en vivo en el marco de unas acciones performáticas, registradas en videos timelapse. Los rostros gigantes que se ven en ellos, tan distintos por su tamaño de las pequeñas esculturas, siguen la misma temática y transmiten la misma tensión dramática, creando un inquietante fondo visual para las piezas en tres dimensiones.

Esta secuencia de rostros y cuerpos, vivos o muertos, pero siempre llenos de espíritu, pasión, paz, dolor, palpables y texturados, se nos presentan distantes y misteriosos, como los “huacos retrato” o las cabezas trofeo, salidos de las antiguas sepulturas, y al mismo tiempo cercanos, como la gente que nos rodea, y como nuestros seres queridos que nos acompañan hoy, o que ya se han ido.

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