Cusco Social
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Incontables vidas del pecador Selenque
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En la esquina del portal Carrizos con la calle Loreto, frente a la capilla jesuita del mismo nombre, está situada una imponente casona colonial. Su rasgo distintivo es un prominente fragmento de mampostería inca, uno de los ejemplos más finos de la arquitectura imperial. Las nuevas generaciones conocen el lugar por la cafetería de la omnipresente cadena Starbucks, alojada en el segundo piso.

Por más de un siglo, la tradición urbana ha llamado este edificio “la casa de Selenque”, por su legendario antiguo dueño. Hace algunos años, en su interior funcionó un hotel que llevaba ese nombre. El negocio cambió de letrero, pero la memoria del viejo apodo sigue viva.

Así describe esta casa Genara Elorrieta en su tradición sobre Selenque, escrita en la década de 1950:

No hace al caso que ustedes, que apenas empiezan a vivir, conozcan la casa de Selenque, en el Cuzco, pero por si acaso, les diré que vivía en la que forma esquina entre el portal de Carrizos y el callejón de Loreto, construida sobre muros incaicos, y que es una de las casas más elegantes de la ciudad, pues tiene un largo balcón que da a la Plaza de Armas, y otro, más pequeño sobre la puerta de calle en Loreto.

El balcón pequeño hoy no existe. El balcón grande, reconstruido en el siglo XX, en la actualidad parte de Starbucks, sigue siendo uno de los miradores privilegiados, que permite abarcar toda la plaza. Aquí se desarrolla una de las escenas del relato de Elorrieta: en este balcón Selenque recibe y agasaja a la familia de su prometida que viene a mirar la procesión del Corpus Christi. Cabe decir que la construcción fue severamente dañada por el terremoto de 1950, especialmente el segundo piso, y de las estructuras históricas originales en la parte alta queda poco rastro.

La mayoría de los cusqueños, especialmente los mayores, han oído hablar de Selenque y conocen una u otra versión de la leyenda colonial protagonizada por él. Su argumento gira en torno de las desventuras del adinerado joven, que llevaba una vida licenciosa en la época de la opulencia virreinal del Cusco, y que iba a ser arrastrado por los demonios al infierno en castigo por sus pecados. Se salvó solo gracias a la milagrosa intercesión de la Virgen María, de quien era devoto. El recordatorio permanente de esa historia es el cuadro de la Virgen de Belén, ubicado a la vista de todos en la Catedral, que contiene la versión pictórica de las andanzas de Selenque con fines moralizadores.

Sin embargo, muy pocos se plantean la pregunta del origen y la evolución de esa leyenda, tomándola por sentado. Su circulación se da hoy, como se ha dado a lo largo de siglos, mayormente en el ámbito de la vaporosa e impalpable tradición oral, cuyas tramas cobran nueva forma cada vez que alguien las narra, e incluso cuando las recuerda o imagina. Esa tradición muere y renace a cada instante, no dejando tras de sí una huella asible. Lo que se deja atrapar es la palabra escrita, los momentos en la vida de la tradición que, por una u otra razón, terminaron fijados sobre papel. Una punta del iceberg que se asoma de la infinidad de todas las versiones contadas y escuchadas.

La tradición sobre Selenque es frondosa y llena de sorpresas, incluso si solo nos atenemos a lo que llega a nuestras manos a través de la escritura. Al final de este ensayo hemos reunido nueve versiones escritas e impresas de su vida (y muerte), dispersas a lo largo de casi cuatro siglos, algunas muy parecidas entre sí, otras totalmente divergentes. Pertenecen a diferentes géneros y estilos narrativos, pero tienen múltiples puntos de intersección. Si alguien se toma el trabajo de continuar la búsqueda, seguramente se topará con muchas más.

LOS JESUITAS MARTIN DESCHAMPS, PHILIPPE D’OUTREMAN Y ALONSO DE ANDRADE

Los ejemplos más tempranos de esta leyenda ascienden a la primera mitad del siglo XVII. Parece que el extremo del hilo se encuentra en el libro del jesuita belga Philippe d’Outreman Pedagogo cristiano (Le pédagogue chrétien), que ganó una enorme popularidad inmediatamente después de su primera edición en 1622 bajo el título El verdadero cristiano católico (Le vrai chrétien catholique). Tuvo numerosas ediciones posteriores en diferentes países y, siendo el original escrito en francés, fue pronto traducido a varios idiomas, hasta a la lengua bisaya de las Filipinas, mas no al español por alguna extraña razón.

Ese manual de la moral católica, formulado desde la perspectiva de la Compañía de Jesús, recoge múltiples ejemplos y casos “edificantes” de diferentes lugares del mundo, que unen anécdotas históricas con leyendas místicas y parábolas didácticas.

No tuvimos la oportunidad de consultar la primera edición en francés de este libro, pero acudimos a una de las ediciones posteriores, la del año 1686. El relato que nos interesa se basa en una carta del jesuita de Lille, llamado Martin Deschamps, quien residía en el Cusco alrededor de 1620; su informe lleva la fecha de 7 de marzo de ese año. En su carta habla de un pecador (sin nombre propio), vecino cusqueño, que fue a confesarse con él y le contó que en sus sueños había tenido una visión espantosa de haber sido llevado ante un tribunal conformado por Jesucristo, la Virgen María, demonios y sacerdotes jesuitas, quienes le presentaron graves acusaciones por su vida disipada. La Virgen tuvo la piedad de interceder por él, gracias a lo cual le fue dada la oportunidad de arrepentirse. Para confesar sus culpas, tenía que acudir al mencionado padre Martin, a quien María le había señalado en el sueño. El pecador había dejado pasar un año antes de cumplir lo prometido, por haber cedido a la nociva influencia de un mal amigo. Finalmente, armándose de coraje, pasada la Cuaresma de 1619, hizo lo que le había ordenado la Virgen, llevando a la confesión una lista de sus pecados puesta por escrito.

El nombre “Selenque” no se menciona aquí, y la historia recibe su feliz culminación con la confesión y el arrepentimiento, sin reparar en los sucesos posteriores. Tampoco detalla los pecados del protagonista, resguardados por el secreto de la confesión. En el tenor del relato se percibe claramente una narrativa formada en el seno de la Compañía de Jesús, que pretende resaltar sus logros en el guiado espiritual de almas descarriadas.

Este texto, aparentemente el más antiguo de los conocidos, está al inicio de nuestros anexos. Como ya dijimos, fue publicado en francés (agradecemos a Enrique Pilco Paz por la traducción al castellano). Sin embargo, no se sabe en qué idioma fue escrito el original de la carta citada de Martin Deschamps. Tal vez lo haya hecho en el mismo francés, puesto que era natural de Lille, pero también es posible que haya empleado el latín, lingua franca que se usaba en la Compañía y otras órdenes religiosas para comunicarse con superiores y hermanos de otras nacionalidades. Quizás algún día aparezca ante nuestros ojos el original de esta carta, que despeje las dudas.

Sea como fuese, existe una versión del mismo relato publicada en latín. El libro de Outreman salió en ese idioma en 1629, pocos años después de su primera edición francesa, y en latín también tuvo varias impresiones. La que citamos aquí viene de la edición de 1654. La traducción está incluida en nuestros anexos, y es fácil notar que es casi idéntica al texto traducido del francés, aunque presenta algunas leves variaciones. Una parte de la narración está en primera persona (de parte del padre Deschmps) y se omite la mención sobre de la lista escrita de los pecados.

El libro del padre Outreman no tuvo una traducción “oficial” al español. Sin embargo, el mencionado caso del pecador cusqueño fue reproducido con bastante precisión en otro tratado didáctico jesuítico, compuesto en castellano por el padre Alonso de Andrade, titulado Itinerario historial que debe guardar el hombre para caminar al cielo, que salió impreso por primera vez en Madrid en 1648 (citamos en nuestros anexos otra edición de 1654).

El relato de Andrade tiene un tono algo más alegre y optimista. Agrega algunos detalles de su parte: hace notar la riqueza y la noble alcurnia del protagonista, suprime el largo año transcurrido entre la fatídica visión y la confesión, y finalmente esboza un feliz desenlace: el individuo en cuestión queda reformado y bien encaminado. Aparte de ello, pone un especial énfasis que, al momento de confesarse, el pecador reconoció sin vacilación al padre Martin (cuyo apellido pone en la forma castellanizada “de Campos”), a quien antes solo había visto en el sueño. Al parecer, todos esos detalles adicionales han sido fruto del entusiasmo y la creatividad del padre Andrade, dado que cita como su única fuente el libro de Outreman. En la literatura piadosa se daba la evidente prioridad al poder persuasivo frente a la veracidad histórica; por lo tanto, no se ponía límites a adornos retóricos ficcionados que servían para impactar y convencer al lector, sin importar la estricta fidelidad a las fuentes.

Los tres textos, muy parecidos entre sí, provienen de la tradición piadosa jesuítica y representan a los padres de la Compañía como guías y salvadores de almas perdidas. Pero, como veremos adelante, no todos y no siempre los veían de esta manera.

EL AGUSTINO ANTONIO DE LA CALANCHA Y EL FRANCISCANO DIEGO DE MENDOZA

En la Crónica Moralizada del agustino Antonio de la Calancha encontramos un acápite bastante extenso que a primera vista refiere un suceso distinto, pero, si lo revisamos con atención, descubriremos en él unos rasgos extrañamente parecidos. Está situado también en el Cusco y en un punto temporal muy cercano.

A diferencia de los escritos jesuíticos arriba citados, todos ellos impresos en Europa, la gran obra del padre Calancha, centrada en la historia de los agustinos del Perú, después de su primera edición en Barcelona en 1638, ya en 1653 fue reimpresa en Lima y tuvo una mayor circulación y resonancia en las Américas.

No hay plena certeza de si el relato de Calancha hace referencia a un episodio distinto al de la carta de Deschamps, o si expone los mismos sucesos desde otro ángulo. Las discrepancias son bastante notorias. Para empezar, el protagonista (del que igualmente se omite el nombre) es un sacerdote de la catedral de Cusco que, a pesar de su alta posición eclesiástica, lleva una vida caótica y se permite conductas licenciosas. Calancha, como todo autor religioso, muy medido en su lenguaje y cauteloso en sus juicios, lo llama “distraído”, dejando en claro al mismo tiempo la gravedad de sus extravíos: “sus ejercicios eran juegos de naipes, garzonerías de enamorado, habituado a juramentos”. Dicho vulgarmente, se trata de un jugador, malcriado y mujeriego.

La segunda gran diferencia radica en que el receptor de la visión mística es en este caso no el mismo pecador sino su compañero, el honorable licenciado Juan Rodríguez, un ejemplar sacerdote de la misma catedral cusqueña, quien se empeña, con el riesgo de recibir maltratos, en salvar a su despistado colega. En un sueño, Rodríguez presencia el juicio divino en la catedral vacía y oscura, en el que solo participan la Virgen María y Jesucristo. Gracias a los ruegos insistentes de la Virgen, se le concede al libertino un plazo de tres días para arrepentirse, después de lo cual lo espera una muerte inminente. El licenciado Rodríguez recibe la difícil tarea de conducirlo al arrepentimiento y la confesión.

Muy a su pesar y con mucha congoja, el buen sacerdote fracasa en esa tarea, y su compañero muere al cabo de los tres días estipulados, “reconciliado”, pero sin llegar a confesarse. Al menos, sin confesarse con él. Los asistentes al funeral del desdichado pecador lo dan por condenado, aunque Calancha, en un colofón beatífico, anota que “eso está remitido al saber de Dios, y es infinita su piedad”. Señala al mismo tiempo que, a través de los criados del fallecido, el caso se había hecho público y lo supo toda la ciudad. Es fácil notar en cada palabra la escasa simpatía que tiene el autor a esa oveja perdida.

Calancha afirma que conoció el caso de boca de Juan Rodríguez, el “buen cura” de la historia, quien vino a pedir su consejo. Hay un detalle en este relato que podría parecer poco trascendente, pero que adquiere un relieve particular a la luz de las versiones jesuíticas arriba citadas. Dice Calancha que Rodríguez no solo le pedía consejo a él, sino que también había ido a consultar con un tal sacerdote de la Compañía de Jesús, para poder sopesar varias opiniones. Como vemos, los jesuitas no son aquí los actores principales, pero están presentes como una sombra en el trasfondo.

Contrastando los relatos jesuíticos con el de Calancha, uno empieza a sospechar que se podría tratar de dos aristas de un mismo caso notorio y sonado. Tal vez el honor de la salvación del descarriado cura le haya sido arrebatado a Juan Rodríguez por los jesuitas (concretamente, por el padre Martin Deschamps), quienes también estaban atentos a la situación. Es posible que la condición sacerdotal del individuo haya sido intencionalmente omitida en el informe de Deschamps, por decoro y por resguardar la buena reputación de la Iglesia.

El acápite de Calancha está reproducido íntegro en nuestros anexos. Aunque en el tratado original no está separado en un capítulo especial, le hemos puesto por título El cura distraído.

Lo que cuenta Calancha está repetido con bastante precisión, aunque en forma algo abreviada, en una de las principales crónicas franciscanas: Chronica de la provincia de San Antonio de los Charcas, de 1667. No aporta muchos trazos nuevos al episodio como tal, por eso no lo incluimos en los anexos, pero los capítulos que lo preceden ayudan a entender el contexto. Sobre todo, la crónica de Mendoza nos permite conocer mejor al “buen cura” Juan Rodríguez y su rol en la sociedad cusqueña de la época.

Juan Rodríguez de Ribera era sacerdote secular, es decir, no pertenecía a ninguna orden religiosa. Sin embargo, tenía estrechos lazos con los franciscanos. En algún momento no especificado de su vida ingresó a la Tercera Orden de San Francisco, convirtiéndose en un franciscano laico, y es por esa razón que su biografía aterrizó en la crónica franciscana. Mendoza le dedicó varios capítulos, destacándolo como un varón ilustre, lleno de virtudes, que tuvo que afrontar en su vida sendas injusticias, las cuales soportó estoicamente.

Rodríguez de Ribera, personaje histórico, fue efectivamente cura de la catedral del Cusco y, además, fue uno de los primeros rectores del Seminario de San Antonio Abad. En 1615 el obispo Fernando de Mendoza, jesuita, lo destituyó de ese cargo, con la intención de poner el seminario bajo la tutela y el control de la Compañía. Esos actos se encontraron con la oposición tajante del Cabildo Eclesiástico y, a la muerte del obispo Mendoza en 1618, Rodríguez fue repuesto en su cargo, que desempeñó con éxito durante muchos años más. Los jesuitas, heridos en su sensibilidad, remediaron la situación fundando su propio colegio de San Bernardo como alternativa al seminario.

Estos altercados han sido estudiados por varios historiadores: se mencionan en el segundo tomo de la monumental Historia de la Iglesia en el Perú de Rubén Vargas Ugarte y, con mayor detalle, están analizados en el artículo de Pedro Guibovich sobre los colegios de San Antonio y San Bernardo (ver aquí).

Lo que no mencionan los historiadores es el ingrediente chismográfico que, sin embargo, recoge y trata con mucha atención el cronista franciscano. En el transcurso de esas confrontaciones, Juan Rodríguez fue acusado de llevar una vida inmoral y tener “lascivos tratos con las mujeres”. Es decir, le fue increpado el mismo defecto que, según Calancha, llevó a la perdición a su desdichado compañero.

Defendiendo el buen nombre de Rodríguez, Diego de Mendoza se esmeró por refutar toda acusación de inmoralidad contra el venerable sacerdote, reiterando una y otra vez las pruebas de su irreprochable integridad y estricta castidad.

Viendo ese acopio de textos contradictorios con una mirada más distanciada, se puede percibir en los enredos e intrigas, intercalados con experiencias místicas, un reflejo de rivalidades y choques entre los padres de la Compañía y otros importantes actores del ámbito eclesiástico de aquella época, donde cada partido trataba de ensalzar sus méritos y mostrar su superioridad. La salvación del alma de un connotado pecador era, en ese contexto, un arma de impacto moral y un argumento de peso.

Hay que acotar que Calancha ubica los sucesos en cuestión “por el año 1613”, sin estar muy seguro de la fecha, mientras los libros de los jesuitas afirman con certeza que tuvieron lugar entre 1618 y 1619. Lo que definitivamente llama atención es la obvia cercanía de ambas fechas con el sonado conflicto alrededor de la rectoría del Seminario San Antonio Abad.

Hasta aquí hemos tratado un conjunto de fuentes creadas en la primera mitad y a mediados del siglo XVII, relativamente cercanas a los acontecimientos descritos, cuando aún se podía contar con testimonios de sus participantes y testigos directos.

CUADRO DE BASILIO DE SANTA CRUZ PUMACALLAO, ENCARGADO POR EL OBISPO MANUEL MOLLINEDO Y ANGULO

Un punto clave en el desarrollo de la leyenda llega a fines del mismo siglo, cuando el personaje prototipo (o varios personajes que lo inspiraron, si tal fuera el caso), al igual que todos los allegados y testigos, ya habían desaparecido de la faz de la tierra. La vida póstuma de Selenque había pasado al dominio público.

En la década de 1690, el insigne mecenas, obispo Manuel de Mollinedo y Angulo, encargó al pintor Basilio de Santa Cruz Pumacallao dos grandes lienzos para ser colocados en la Catedral, uno de ellos dedicado al culto y los milagros de la Virgen de la Almudena, y el otro, a la Virgen de Belén, que en aquel tiempo ya era reconocida como patrona jurada del Cusco. El encargo probablemente obedecía a la cercana relación del obispo con la Orden Betlemita (de los Hermanos de Belén), fundada poco antes en Guatemala. Esa congregación llegó a la ciudad bajo el patrocinio de Mollinedo y fundó su hospital en la parroquia de la Almudena, que fue encomendada a esos religiosos.

El cuadro que rinde tributo a la Mamacha Belén, ubicado al lado derecho del coro bajo de la Catedral, está dividido en tres segmentos. En el centro se ve la Virgen, una representación pictórica que sigue la misma iconografía que la imagen en bulto de la homónima parroquia cusqueña (conocida antes como la parroquia de los Reyes Magos). A los pies de María está arrodillado el obispo Mollinedo en actitud de oración. Al lado derecho de ese segmento central, en una secuencia de escenas detalladas, se narra la leyenda de la milagrosa llegada de la efigie al Cusco. Al lado derecho se cuenta la historia de Selenque.

La creación de este cuadro representa un hito mayor en la evolución de la leyenda. Sabemos con plena certeza que para aquella fecha ya existían varias versiones escritas, asentadas en crónicas religiosas y literatura piadosa. Pero ¿cuántos cusqueños, incluso de los círculos más instruidos, leían en aquel tiempo esos textos y, en general, tenían acceso a ellos? Por otro lado, hay indicios indirectos de que la leyenda ya estaba en circulación en la tradición oral urbana, prolífica, maleable y volátil.

El lienzo de la catedral materializó y perennizó la trama, dándole una interpretación visual y poniéndola a la vista de todos. A partir de ese momento, todo fiel, entrando a la iglesia mayor de la ciudad, la tenía ante sus ojos.

El cuadro está ubicado en un lugar muy visible y transitado, los feligreses pasan por su lado para llegar al altar mayor o a la tan concurrida capilla del Señor de los Temblores. Así, el pecador Selenque obtuvo, merecidamente o no, su lugar de honor en el Cusco.

En un sentido estricto, el cuadro contiene dos textos de la leyenda: uno escrito (verbal) y el otro pictórico (o gráfico). Una parte del lienzo, del lado derecho, integrada al mismo marco tallado, contiene la explicación trazada con una caligrafía prolija, aunque muy densa, lo que hace un tanto difícil leerla. Esta parte del cuadro es una especie de apéndice, de una altura menor que el resto del lienzo, por estar ubicada encima de la puerta lateral de entrada al coro bajo, cuyo vano le resta espacio. Si uno mira con atención, se puede distinguir la costura que une el paño del texto al cuadro, y se entiende que es una extensión agregada, aparentemente, contemporánea a la pintura. Los comentarios escritos en este pequeño anexo rectangular corresponden a todos los segmentos de la compleja composición, y el último pasaje habla del pecador convertido.

Muchos cusqueños tienen presente en su memoria la imagen del cuadro, pero ¿cuántos se han tomado el trabajo de leer el texto? Como acabamos de decir, no es una tarea fácil. Debido a la altura a la que está colocado, hay que torcer el cuello para verlo, y las tupidas letras dificultan aún más su lectura. El texto que corresponde a la leyenda en cuestión es muy breve, pero condensado. Lo transcribimos en los anexos directamente del original.

Selenque aquí aún no lleva nombre propio, sigue siendo un pecador anónimo. La principal novedad aquí, respecto a todas las versiones anteriores, es el rol protagónico de la Virgen de Belén, advocación mariana que entró con fuerza en el Cusco todavía en 1559. Al mismo tiempo con la institución de la respectiva parroquia (llamada en un principio parroquia de los Reyes), se celebró la llegada a ella de la famosa imagen. Desde la década de 1640 la Mamacha Belén se afirmó en la jerarquía de los cultos cusqueños como patrona jurada de la ciudad.

En todos los textos previos, encontramos a la Virgen María intercediendo por Selenque ante Jesucristo, pero no se menciona una advocación mariana concreta. En cambio, en el cuadro de Basilio de Santa Cruz es, definitivamente, la Virgen de Belén.

Es evidente que la raíz y el núcleo de esta nueva versión vienen de la citada tradición devocional jesuítica, porque el texto del cuadro menciona la confesión con un padre de la Compañía. Varios otros detalles también denotan la conexión con la carta de Martin Deschamps. Pero aquí a la leyenda le crecen unas nuevas ramificaciones. Se agrega la escena de la procesión de la Virgen de Belén, durante la cual Selenque salva el anda con la imagen de una caída al río, poniendo el hombro en el momento crítico. Por varias referencias, hasta hace poco el cruce del puente por la procesión de la Mamacha Belén durante la fiesta del Corpus Christi se consideraba un momento peligroso, por la gran aglomeración de gente y la dificultad de maniobra de las pesadas andas.

En la versión de Calancha, la Virgen María intercede a favor del “cura distraído” por el solo hecho de haber limpiado y ordenado alguna vez su altar. En el cuadro de la catedral, lo hace en retribución por un servicio más concreto y demostrable.

Hay en el texto del lienzo otros dos detalles nuevos. El primero es la limosna que da el protagonista (por primera vez en su vida) a una mujer pobre en la puerta del templo, acto de caridad inspirado por la Virgen. El segundo es la intempestiva muerte de otras personas enjuiciadas por el tribunal divino, lo cual le da al pecador una prueba fehaciente de la fiabilidad de su visión.

Hasta aquí hemos seguido el texto escrito que forma parte del cuadro. Veamos ahora cómo cuenta esta misma historia el pintor con el lenguaje de las imágenes. La imagen y la palabra son aquí dos elementos de una misma obra, en la que el pintor debe haberse ceñido al texto escrito como base, o “programa”. Aun así, lo gráfico y lo verbal nunca dan resultados idénticos. Se complementan se enriquecen, y a veces discuten y crean tensiones. En nuestro caso concreto, esas pequeñas diferencias se deben en parte a las peculiaridades de la lectura e interpretación del texto por el pintor. Por otro lado, juega su rol la distancia entre los dos medios narrativos, en su naturaleza y sus posibilidades expresivas. Tenemos aquí un ejemplo extraordinario de diálogo intertextual dentro de una sola pieza artística.

La secuencia de escenas pictóricas que cuentan la historia de Selenque se desenvuelve de arriba hacia abajo (si la vemos en dos dimensiones) y desde una lejanía hacia el primer plano, acercándose a nosotros conforme avanza el relato (si la imaginamos en el espacio).

Comienza con la procesión de la Virgen de Belén, cuyas andas flotan sobre la multitud de devotos, sacerdotes y religiosos, entre quienes se reconoce por la mitra la figura del obispo. El telón de fondo es un Cusco imaginario, sacado al parecer de un grabado flamenco. El anda de la Virgen se está inclinando peligrosamente hacia el río, y el protagonista corre a su auxilio. Se lo muestra como un joven de cabello largo, con rica vestimenta de la época, rasgos por los cuales es fácil identificarlo en las demás escenas, aunque los detalles de su ropa cambian un poco a lo largo de la secuencia.

Al lado derecho de la procesión, en la plaza frente a una iglesia, el mismo joven da limosna a una mendiga, señalando con la otra mano a la imagen de la Virgen.

Justo debajo de esta escena, vemos una procesión de figuras blancas, de aspecto fantasmal, que desfilan por una calle con teas (antorchas) o velas encendidas en las manos. Se les suma el protagonista, saliendo de su casa, quien se ve como el único ser vivo entre toda esa comitiva espectral. Es la marcha de las ánimas que se dirigen al tribunal divino, mencionada en el informe del Martin Deschamps.

El propio tribunal, sorprendentemente, no figura en la secuencia pictórica, tal vez por la complejidad de la escena y el gran espacio que demandaría representarla. La que sí aparece en un lugar muy visible de la composición es la Virgen María, arrodillada ante Jesucristo sentado en un trono, rogándole por el alma de Selenque. Al lado derecho de ese segmento vemos a la Virgen amonestando al joven protagonista, diciéndole que vaya a confesarse con un sacerdote jesuita, cuya figura vestida de sotana negra se divisa al interior de un templo.

Un segmento que resulta más difícil de explicar es el que se ubica encima de los dos arriba descritos, al lado izquierdo de la procesión de fantasmas. Es una composición compleja donde vemos a una persona caída al borde de un río, otra persona en una alcoba, al parecer un enfermo que está siendo atendido por otro hombre, y una alcoba más al lado izquierdo, con un cuerpo cayendo del lecho cabeza abajo (agradezco a Elisa Paucar y su vista aguda por hacerme notar ese detalle). Este conjunto de escenas de aspecto dramático encuentra un paralelo en el pasaje del texto escrito que habla de las muertes inesperadas de otros pecadores enjuiciados por el tribunal divino: “confirmó el correo inmediato en que se supo la muerte repentina de las personas nombradas en el tribunal por el demonio”. De ser así, es un pequeño desfase en el orden de la secuencia narrativa, porque debería, por lógica, estar debajo de las escenas que muestran la intercesión de la Virgen y no encima de ellas. Sin embargo, es posible que el pintor haya preferido colocarlas arriba porque eso le permitió manejar varias figuras pequeñas en un espacio reducido, siendo este episodio de menor peso e importancia dentro de la leyenda.

Finalmente, la historia pictórica concluye con un grupo de demonios escoltándolo a Selenque en un espacio sombrío. Es la escena más llamativa de toda la secuencia, dado que está más cerca al borde inferior del lienzo, al nivel de los ojos del espectador, y también debido a que sus figuras son más grandes y detalladas. El protagonista camina dejando atrás los bienes terrenales: su capa, espada y sombrero, que se han quedado en el suelo. Si uno mira el lienzo con atención, distinguirá algunos detalles más, que parecen haber sido partes de otros objetos de lujo, semi borrados por el tiempo. Vanitas vanitorum.

Los cuatro acompañantes infernales de Selenque pueden ser catalogados entre los seres maléficos más finos y elaborados de la pintura cusqueña. Uno de ellos está tendido en el suelo, al parecer fulminado por la visión de la Virgen y Jesucristo. Los otros tres están de pie. Su color de piel oscila entre pardo y rojo. Solo el demonio que lleva a Selenque, agarrándolo del cuello, es de un tono verdoso. Todos tienen cuerpos acentuadamente atléticos y todos están dotados de rasgos caricaturescos. Llevan alas a la espalda y garras en los pies y manos, atributos propios de ángeles caídos barrocos. El demonio que se ve de espaldas en primer plano, con un espolón de ave de rapiña en el pie, expulsa desvergonzadamente gases intestinales, con efectos pirotécnicos, directamente en la cara del espectador. El demonio verde, principal custodio de Selenque, extiende hacia la Virgen su mano con un trozo de papel. Al parecer, es el documento que sustenta su derecho de llevarse a su presa, sea la lista de los pecados o la sentencia del tribunal.  

Lo que falta claramente en esta secuencia pictórica es el happy end, es decir la salvación, tan acentuada en la leyenda escrita al costado. Podría parecer que aquí termina el tortuoso camino del joven y simpático pecador, en la dudosa compañía de los espíritus malignos que lo van arrastrando al inframundo.

¿Qué efecto producía este cuadro en los fieles del siglo XVII y cómo lo perciben los numerosos visitantes de la catedral hoy? Sigue siendo el principal referente de la leyenda de Selenque para muchos, quienes no llegaron a leer ninguno de los textos escritos, ni siquiera aquel que forma parte del mismo cuadro. Como vimos, el hilo narrativo en esta historieta barroca no tiene una estructura perfecta y podría causar algunas confusiones o generar lecturas alternativas a la que tenía en mente el obispo Mollinedo.

Por las obvias limitaciones propias de la percepción visual, la parte superior del enorme lienzo, con figuras pequeñas, debe haber merecido una menor atención, sobre todo en las épocas pasadas, cuando la iluminación en la catedral era aún más tenue que la de hoy. La parte que ejerce, hasta hoy, un efecto magnético, es la escena final con los demonios. Como bien se sabe, los horrores del infierno se consideraban un excelente remedio preventivo contra vicios, razón por la cual el Juicio Final y las postrimerías del hombre han sido vivamente retratados en muchas iglesias católicas en Europa y las Américas. ¿Fue acaso una decisión consciente del mecenas la de omitir el final optimista y dejar al azorado feligrés a solas con los espantosos diablos, quienes, si se porta mal, se lo llevarán también a él en unos instantes?

El cuadro de la Virgen de Belén de la catedral es una de estas obras artísticas que por siglos mantienen una intensa conexión con su entorno humano, que no se dejan recluir en salas museísticas para la contemplación de unos cuantos sabios y especialistas. Está firmemente integrado en el universo mental de la sociedad cusqueña y sigue alimentando su memoria colectiva.

DEAN DIEGO DE ESQUIVEL Y NAVIA

Medio siglo más tarde, a mediados de los 1700, el dean de la Catedral don Diego de Esquivel y Navia, descendiente ilegítimo de la poderosa familia de los marqueses de Valleumbroso, compuso su monumental obra histórica, conocida como Noticias cronológicas de la gran ciudad del Cuzco. Hoy en día, su escrito, que sintetiza meticulosamente un inmenso corpus de documentos organizados por años, es considerado la crónica más importante y representativa del Cusco colonial.

Las Noticias cronológicas han permanecido inéditas durante más de un siglo, circulando en copias manuscritas, no todas igualmente completas y precisas. En 1901 y 1902, una versión incompleta y un tanto alterada fue publicada por Ricardo Palma en dos partes: la que corresponde al siglo XVI se tituló Noticias cronológicas del Cuzco, y la de los siglos XVII y XVIII se publicó como Anales del Cuzco, 1600 a 1750. Una edición completa, con extensos artículos previos, basada en varias versiones manuscritas contrastadas entre sí, tuvo que esperar casi ochenta años. La publicó la Fundación Augusto N. Wiese en 1980, a partir de estudios realizados por Félix Denegri Luna, Horacio Villanueva Urteaga y César Gutiérrez Muñoz.

El erudito y meticuloso dean Esquivel reunió en su crónica todas, o casi todas las fuentes arriba enumeradas que nos dan a conocer la leyenda de Selenque (quien, de paso sea dicho, aún carecía de nombre propio). En el acápite que corresponde al año 1618, Esquivel cita el texto en latín del jesuita Outreman, con una libre traducción al castellano. Menciona la versión de Andrade, señalando sus leves discrepancias con Outreman. Se detiene en el contenido del cuadro de la catedral, notando los nuevos ingredientes relacionados con el culto de la Virgen de Belén, y deja constancia de algo que hoy podría parecer obvio, pero que termina siendo un dato de suma importancia: la existencia ya en aquella época de una efervescente y variada tradición oral, señalando que la leyenda “vulgarmente se cuenta de varias maneras”.

Citamos en nuestros anexos los aportes de Esquivel, sin repetir los textos de otros autores transcritos literalmente o relatados libremente por él.

Es curioso que Esquivel también haya copiado en su crónica el texto sobre el “cura distraído” del libro de Antonio de la Calancha, pero sin relacionarlo de manera alguna con la tradición sobre Selenque. Lo consideró un suceso distinto y lo incluyo, en una versión algo abreviada, dentro del acápite que corresponde al año 1613 (el año tentativo que anotó Calancha).

CLORINDA MATTO DE TURNER

Ahora dejaremos pasar unas cuantas décadas más y daremos un salto al año 1884, fecha en la que se publican por primera vez las Tradiciones cuzqueñas de Clorinda Matto de Turner. Ese salto marca también la transición de los escritos piadosos, el relato cronístico y la indomable tradición oral, a la literatura moderna. El “tradicionalismo”, heredado por doña Clorinda de Ricardo Palma, aunque está inspirado en la tradición oral y estrechamente emparentado con ella, es indudablemente un género de literatura escrita propio de tiempos recientes.  

El relato sobre Selenque es uno de los más conocidos, queridos y citados del libro de Matto. Se nutre tanto de leyendas urbanas como de varias fuentes escritas y, obviamente, del famoso cuadro de la catedral, que sirve de aperitivo para su narración. Aquí, por primera vez entre todos los casos que conocemos, el personaje adquiere el nombre propio, “Zelenque”, escrito con “Z”, aunque el contexto no permite entender si se trata de un apellido o de un apodo.

Al lector familiarizado con la obra de la escritora le llamará atención el hecho que en su texto hace referencias a Outerman, Andrade y Calancha. Uno se pregunta: ¿Doña Clorinda realmente se había sumergido en las lecturas piadosas de doctores religiosos para sustentar su narrativa?

La respuesta fue encontrada hace tiempo por los investigadores de su obra. Una de las principales fuentes de Clorinda Matto fue alguna copia manuscrita de las Noticias cronológicas de Esquivel y Navia, que ella tenía en su poder o a la que obtuvo acceso temporal. Esquivel ya había hecho años antes la minuciosa labor de hormiga compilando todos esos retazos. Siendo su crónica aún inédita al momento cuando Clorinda preparaba sus Tradiciones cuzqueñas, ella no vio por conveniente citarla de manera directa. Se puede ver algunos datos adicionales sobre las fuentes de Clorinda Matto en el artículo de Jesús Cabel aquí.

La primera mitad del relato de Matto sigue, grosso modo, la versión del jesuita Outreman. Pero en la segunda mitad el argumento da un vuelco total: los padres de la Compañía de los héroes de la película se transforman repentinamente en villanos. Selenque (o Zelenque), después de su primera visión recibida en el sueño, sufre otra supuesta experiencia mística, aún más traumática que la primera. A las altas horas de la noche es amedrentado en la puerta de su casa por un grupo de demonios, después de lo cual un ángel lo lleva prácticamente a la fuerza a confesarse en la iglesia jesuita (ubicada a unos pocos pasos de la puerta de su casa), donde lo recibe el padre Martin de Campos (Deschamps). Poco tiempo después, al llegar a su casa y contar el espantoso episodio a sus criados, Selenque cae enfermo y muere, dejando su considerable fortuna como herencia a los jesuitas.

Sin decirlo de manera explícita, Clorinda Matto sugiere de manera insistente que esta segunda “visión” de Selenque fue un espectáculo escenificado por los jesuitas para atrapar al despistado ricachón y apoderarse de sus bienes. El lector se queda con la duda de si el joven libertino cayó preso de un tremendo susto o si, además, los jesuitas lo habían envenenado.

Recordemos nuestras digresiones históricas sobre las asperezas entre la Compañía de Jesús y otras instancias e instituciones, asperezas que traslucían en la mencionada antes pugna por la rectoría del Seminario San Antonio Abad. Como bien se sabe, la fuerte animadversión contra los jesuitas, por su creciente influencia y poder político, llevó en 1767 a su expulsión de los dominios de España y, finalmente, a la disolución de la orden en 1773 por el papa Clemente XIV. Aunque en el siglo XIX la Compañía fue restituida, seguía arrastrándose tras ella la leyenda negra de la astucia maquiavélica de sus integrantes. Como veremos a continuación, este tema recibe un desarrollo aún más violento en otras dos versiones literarias sobre Selenque.

Volviendo a Clorinda Matto, no cabe duda de que su relato, sobre todo en esta segunda parte, absorbió las leyendas urbanas que circulaban en el Cusco. Y las leyendas, en su lugar, en mayor o menor medida, deben haberse nutrido del famoso cuadro de la catedral. Es fácil percatarse de esa conexión leyendo la descripción de los demonios que, según Clorinda, secuestran a Selenque: “se le presentaron cuatro o seis sayones de espantosa figura y hercúlea musculatura, tomándolo en seguida de los brazos”, y luego: “pudo distinguir el infeliz Zelenque las fisonomías horripilantes de estos seres, que no los creía humanos, pues tenían enormes cuernos que sobresalían de grandes y enredadas cabelleras de colores repugnantes; dueños de alas de murciélago y patas de aves de rapiña, despedían un hedor sulfuroso e insoportable”. Son, tal cual, los diablos del lienzo de Basilio de Santa Cruz.

Es posible que el episodio de la segunda “visión mística” de Selenque, como tal, haya salido de este cuadro. Recordemos que el pintor fragmentó el relato original y cambió el orden de los sucesos: primero Selenque es llevado por la procesión de ánimas al tribunal divino, luego la Virgen intercede por él y le ordena que se confiese, y al final es, por alguna razón, llevado de nuevo por los demonios. Todo eso hace pensar que, a partir de esa escena final (y la más memorable) del cuadro, la tradición popular agregó a la historia inicial una segunda visión, y que ese añadido fue luego recogido por Clorinda Matto en su cuento.

Como remate de su narración, la autora cita una copla popular que satiriza a los jesuitas:

Los jesuitas del Cuzco

Salieron con lucimiento,

Hicieron lo que debían;

Pero deben lo que han hecho.

Para decir siquiera algo en defensa de la Compañía, hay que reconocer que la honorable escritora pecó un poco contra la autenticidad de sus fuentes. Adaptó para la ocasión un verso popular del siglo XVIII, sacado, junto con otros tantos elementos, de las Noticias cronológicas de Esquivel. La versión original no tiene nada que ver con los jesuitas y suena así:

Los caballeros del Cuzco

Salieron con lucimiento;

Hicieron lo que debían,

Pero deben lo que hicieron.

Al cambiar una palabra, cambió todo el sentido. La copla original hace referencia a las deudas que contrajeron los nobles cusqueños para celebrar al digno nivel la ceremonia de la jura solemne del rey Felipe V en el año 1702.

Algo muy curioso pasa en el texto de Clorinda con la versión de Antonio de la Calancha (la del “cura distraído”). La escritora incluye en su texto el siguiente párrafo:

Tres días después, se celebraron solemnes exequias en el hermoso y monumental templo de La Compañía, en honor del que fue Zelenque, merced a la caridad de los jesuitas, con asistencia del Corregidor don Diego de Guzmán Córdova, el Licenciado don Francisco Calderón de Robles, todas las Corporaciones y Cabildo Eclesiástico, oficiando el cura de Belem Julián Pérez de Bocanegra y dos padres jesuitas.

Como fuente de este dato, Matto señala la crónica de Calancha. Pero, buscando exhaustivamente este suceso en el texto de Calancha, no logramos encontrarlo (tal vez, otro estudioso tenga más suerte). Lo que sí refiere Calancha, con toda certeza, es el funeral del “cura distraído”, con la anotación de que todos los asistentes creían que su alma iba a condenarse por no haberse confesado antes de morir. Otro detalle en el que coinciden Calancha y Matto, y que no figura en las versiones anteriores, es la muerte del pecador tres días después de la visión.  

La lista de los asistentes al funeral de Selenque que enumera Matto se ve bastante verosímil. Efectivamente, Diego de Guzmán y Córdova mantuvo, hasta el mes de junio de 1619, el cargo de corregidor. El licenciado Francisco Calderón de Robles fue canónigo doctoral (asesor jurídico) del Cabildo Eclesiástico del Cusco. El famoso sacerdote y músico Juan (no Julián) Pérez Bocanegra se desempeñaba en aquellos años como párroco en la iglesia de Belén, aunque no está claro qué hacía celebrando misa de difunto en la iglesia de la Compañía, no siendo jesuita.

Para matizar un poco la historia, diremos que, según cuenta Esquivel, la carrera del corregidor Guzmán y Córdova, mencionado por Clorinda, terminó mal ese mismo año de 1619. En el mes de junio fue destituido de su cargo debido a la acusación de promover y encubrir juegos de azar, “tener tablaje de juego en su casa, donde se perdían muchas haciendas y resultaban graves daños, que así mismo no permitía él que jugasen en otra parte sino en su casa, y que jugaba personalmente, de todo lo cual se tenía noticia hasta en los reinos de España”. Al parecer, Selenque no fue el único portador de vicios y malas costumbres en la gran ciudad del Cusco.

Una pincelada singular en el relato de Clorinda Matto es la referencia al cuerpo embalsamado de Selenque que se había conservado hasta su tiempo. Es de entender que se encontraba en la iglesia de la Compañía, dado que ahí se había celebrado su rito fúnebre. Ese detalle queda como una gran interrogante. Si la presunta momia de Selenque realmente existió en la Compañía a fines del siglo XIX, sería interesante saber algún día cuál fue su suerte.

GENARA ELORRIETA VIUDA DE ARANZÁBAL

Otra versión literaria de la leyenda de Selenque está incluida en el tercer tomo del libro Datos históricos, leyendas y tradiciones del Cuzco de Genara Elorrieta, publicado en 1956. Es muy extensa, de casi cincuenta páginas, la más larga de todas las narraciones que analizamos aquí. Por eso no lo incluimos como cita textual en los anexos, sino como un documento separado en formato pdf, accesible a través de un vínculo.

A diferencia de todas las demás versiones, esta es una historia romántica. Su eje es el amor que despierta en el acaudalado libertino Selenque la joven Lucinda, hija de una familia vasca radicada en la parroquia de Santiago. El amor puro y verdadero está a punto de reformar a Selenque, encaminándolo hacia una honrada y feliz vida familiar, pero sus esperanzas quedan brutalmente frustradas por las artimañas de los malvados padres de la Compañía.

Aquí surge de nuevo, aunque con otros tonos y matices, la leyenda negra de los jesuitas. Según el relato de Elorrieta, la Compañía pretendía quedarse con la fortuna del joven, por lo tanto, los jesuitas se propusieron impedir su matrimonio a toda costa. Además, se sumaron al enredo los celos entre las órdenes religiosas, porque Selenque, quien antes era allegado a la Compañía, mostró síntomas de una mayor confianza con la Orden Franciscana, lo cual fue tomado por los jesuitas como una traición.

Genara Elorrieta, al igual que Clorinda Matto, insinúa que Selenque fue víctima de una farsa teatralizada, armada por los jesuitas, después de la cual falleció o bien del trauma o bien por envenenamiento, pocos días antes de su anhelada boda. Los padres de la Compañía consiguieron heredar su fortuna gracias a un embuste cuidadosamente planeado, haciéndolo firmar unos papeles en blanco que luego fueron transformados en un testamento falso. El protagonista logró salvar una parte de su riqueza de la codicia de los religiosos, donándola a la familia de su prometida que, después de los trágicos sucesos, decidió abandonar el Perú y volver a España. En esta trama detectivesca que retrata la maldad de los jesuitas, doña Genara, a pesar de ser muy creyente, va aún más lejos que Clorinda Matto.

En el cuento de Elorrieta podemos encontrar un tutorial entero de diferentes formas y métodos de cortejo romántico en el Cusco virreinal y de costumbres de la sociedad cusqueña en general: fiestas religiosas, comidas y bebidas, rutinas cotidianas. Dentro de estos bocetos está incrustada la escena con la “Ida de Belén”, la procesión en la que Selenque salva la imagen de la Virgen, ganando con ello el respeto de todos los vecinos.

Nacida en 1895 y casada desde una edad bastante temprana, la autora aprovecha la oportunidad para brindar esbozos de la vida patriarcal de antaño, evocando sin duda algunas experiencias vividas en carne propia, que en la década de los 50, cuando salió su libro, ya estaban en vías de extinción.

Está claro que Genara Elorrieta estaba familiarizada tanto con la tradición de Clorinda Matto como con la crónica de Esquivel, publicada por Palma a inicios del siglo XX. Sin embargo, hizo intencionalmente su narración mucho más extensa y pormenorizada, rica en detalles y digresiones que hacen única su versión. En el relato-marco, puntualiza que su principal fuente ha sido un manuscrito inédito, dejado por un viejo trabajador de su familia. Sin embargo, no podemos estar seguros de si se trata de un dato certero o de una ficción literaria. Las fechas en las que ella ubica su historia son los años 1619 y 1620, muy cercanas a los señalados en los documentos más tempranos.  

ÁNGEL CARREÑO

La última transmutación de la leyenda de Selenque que veremos aquí es la que nos ha dejado el gran Ángel Carreño (Ángel Valdiglesias) entre sus Tradiciones cusqueñas bajo el título Libertino y víctima. Es una versión muy sui generis, que no entró en la primera edición de su libro de 1960, sino fue publicada en el segundo tomo de la edición póstuma completa, impresa en 1987. El mayor conocedor de la obra de Carreño, Flavio Hermoza, quien estuvo a cargo de esa edición, nos comenta que el texto en cuestión probablemente fue escrito todavía en los años 1930, por lo tanto, es anterior al de Genara Elorrieta. Pero, dado que fue publicado después, lo comentamos al final, como broche de oro de toda la secuencia.

A pesar de ser un relato breve, es muy novedoso y se distancia en muchos puntos de todas las demás versiones. Para empezar, es distinto el nombre del protagonista: Carreño lo llama Juan Amadeo de Zulenque y dice que era natural de Lezama, en España, y que había llegado al Cuzco a una edad ya adulta, trayendo consigo una gran fortuna. Son distintas también las fechas en las que ocurre la historia: Zulenque llega a Cusco en 1667, y los acontecimientos narrados se desarrollarían en los años posteriores.

Al parecer, esos datos de Carreño provienen de los documentos sobre propiedad de la casa. El autor dice expresamente y con precisión que “alcanzó don Roque de Narváez, alcalde del Cabildo Secular, un pagado permiso para que hiciera construir su casa solariega en un extremo del antiguo "Ajllawasi" o casa de las escogidas”. Es posible que Carreño haya dado con el origen del verdadero nombre del personaje. Los documentos referentes a un español de apellido Zulenque, dueño de una parte del antiguo Akllawasi, podrían haberse superpuesto en la tradición urbana con la leyenda piadosa sobre el pecador arrepentido, contada por el padre Deschamps.

Carreño narra la procesión de la Virgen de Belén y el heroico acto de su salvación por el protagonista del cuento, pero omite por completo el sueño místico. Junta las dos visiones en un solo episodio y lo pinta como una farsa sacrílega escenificada por los jesuitas, en la que se atreven a actuar no solo como demonios y ángeles, sino incluso como Jesucristo y la Virgen María. La mayor parte de la tradición está dedicada a las argucias y embustes de los jesuitas, inventados hábilmente para atrapar en sus redes a los acaudalados vecinos y despojarlos de sus bienes. La leyenda negra florece aquí en su máxima expresión.

Carreño también alude a un posible asesinato de Zulenque por los jesuitas, detonado por su intención de cambiar la Compañía por la iglesia del Triunfo como su lugar preferido de devoción religiosa. No hay aquí ni rastro de la trama romántica. Tampoco se pone un gran acento en la vida disipada del español. Sus vicios y pecados se ven, bajo la pluma de Carreño, como un entretenimiento inocente al lado de la refinada maldad de los padres de la Compañía.

***

Así de diversas son las vidas de Selenque que hemos logrado reunir aquí. Solo incluimos en esta colección los principales textos escritos, seguramente dejando de lado sin querer otros muchos. Pero lo más importante es que todos esos relatos son unos destellos aislados de una inmensa tradición oral, infinita y cambiante como el océano.

Sea cual fuese el prototipo (o los prototipos, si fueran varios) de nuestro atormentado protagonista, su historia se ha vuelto inmortal. No sabemos si encontró la tan buscada paz y salvación en la otra vida, pero su vida terrenal ya no le pertenece, la tradición urbana se apoderó de ella, la transformó, la multiplicó, y la recompuso mil veces.

Tomando una taza de café en el balcón de Starbucks, disfrutando de la magnífica vista a la Plaza Mayor de la ciudad “cabeza destos reinos”, acuérdense de Selenque. Tengan por seguro que su espíritu sigue frecuentando con nostalgia su antigua morada.

Notas sobre las ilustraciones:

Dado que en la catedral del Cusco está prohibido tomar fotos y, además, la ubicación del cuadro de la Virgen de Belén no permite obtener una buena imagen sin iluminación y equipos especiales, incluimos aquí como ilustración la fotografía de Daniel Giannoni, publicada en el libro del Banco de Crédito del Perú Barroco Peruano (tomo 1, 2002), que se encuentra en línea al libre acceso. La fotografía tiene una resolución aceptable, aunque no permite ver todos los detalles.

Se incluyen dos ilustraciones al relato sobre Selenque publicadas en el tercer tomo de Datos históricos, leyendas y tradiciones del Cuzco de Genara Elorrieta (1956). Su autor, E. Araujo, quien se especializaba en dibujo arqueológico, trabajó en el Museo Inka (comunicación personal de Edwin Chávez Farfán).

Agregamos ilustraciones gráficas generadas por la IA Gemini. Dos de ellas se basan en los dibujos de E. Araujo. Las otras dos son originales, creadas especialmente para esta publicación, entre ellas la imagen de portada del artículo.

Las fotos en la cafetería Starbucks, conocida como “la casa de Selenque”, fueron tomadas el 20 de marzo de 2026.

Agradecimientos:

A Enrique Pilco Paz, por la traducción del texto de Philippe d’Outreman del francés y por las valiosas referencias a otras leyendas cusqueñas de rasgos similares.

A Edwin Chávez Farfán y Elisa Paucar, por la ayuda en la observación y el análisis del cuadro Virgen de Belén en la catedral del Cusco.

A Flavio Hermoza, por los datos complementarios sobre Ángel Carreño.

 

ANEXOS (TEXTOS ANALIZADOS)


1. PHILIPPE D’OUTREMAN. PEDAGOGO CRISTIANO (VERSIÓN EN FRANCÉS), 1622 / 1686. 1.

Extracto de una carta del padre Martin Deschamps a su hermano en Cusco, con fecha de 7 de marzo de 1620

El año 1619, en el santo tiempo de la Cuaresma, un cierto cristiano llegó a encontrar al P. Martin Deschamps, natural de Lille [norte de Francia], de nuestra Compañía, en Cusco, ciudad del Perú en la India Occidental, todo inquieto y tembloroso; y como el padre lo había tranquilizado un poco con discursos amables, se puso a llorar, y luego, muy rápidamente, abrazándolo, le dijo: “Padre mío, mi salvación depende de usted”.

Al oírlo, el padre lo llevó a un rincón, sintiéndose el otro en un lugar más seguro, le dijo con franqueza que por treinta y tres años él había resistido siempre al Espíritu Santo que le inspiraba a confesarse, y que en dos o tres ocasiones que se vio obligado de hacerlo para evitar el escándalo, lo había hecho de forma sacrílega, diciendo sus pecados a medias, a fin de tener mayor libertad para pecar. En todo ese tiempo no había oído misa, ni sermón, retirándose apenas pudiera de la conversación de religiosos, sobre todo de aquellos de N. Compañía.

No obstante, sucedió que, en el año de 1618, habiéndose burlado de aquellos que se disciplinaban en la Semana Santa, tuvo la noche siguiente esta visión. Tuvo la sensación de oír el ruido de un gran número de personas que pasaban por la calle y, habiéndoles preguntado qué sucedía, dijo una de ellas: “¿Eres el único en esta ciudad que ignora que fuimos todos llamados al Colegio de los padres jesuitas, donde algunos de nosotros debemos recibir nuestra sentencia? Ven con nosotros, cuidado que tu ausencia sea la causa de la ruina de toda nuestra ciudad”.

Esta respuesta le hizo salir de la casa y, más angustiado y atormentado que nunca por su mala consciencia, se vio cerca del Colegio de los padres, delante de la iglesia vio una cantidad de asientos dispuestos y ordenados como para realizar un juicio. Encontrándose el pueblo reunido, N. Señor vino a tomar su lugar en medio de los asientos, teniendo a su lado derecho a Su Santísima Madre por Abogada y, por sus asesores y árbitros, a los padres de la Compañía, sentados en los demás asientos; y por acusador al diablo, el cual se puso a acusar a los vecinos de que, con su obstinación y maldad, hacían inútiles todos los esfuerzos de los padres.

Y, luego de haber declarado en general sus pecados, se puso a desglosar en detalle todos aquellos de este miserable, tanto que le parecía se trataba de su salvación; porque N. Señor luego comenzó a fulminar contra él terribles amenazas. Y el diablo, habiéndose acercado de él, parecía querer llevárselo, cuando de repente, alzando la vista, percibió a N. Señora (de la cual él siempre había sido gran devoto), quien con su benigna mirada lo alentaba.

Él se arrojó a sus pies, suplicándole que le asistiera en esa necesidad. Ella le prometió ayudarlo, con tal de que se confesara con uno de los padres que ella le mostraba, sentados a lado del Juez. Al haber prometido hacerlo, fue enviado libre a casa.

Habiendo vuelto a sus sentidos, se puso a gritar, despertar y llamar a los domésticos, suplicándoles a que permanecieran cerca de él hasta el amanecer, no osando por temor a quedarse en su habitación, porque había sido avisado de que toda la casa estaba llena de demonios, que iban a arrancarle el alma del cuerpo y llevarla al infierno.

Habiendo llegado la luz del día, salió [el hombre] de la casa para dirigirse al Colegio, pero, encontrándose con uno de sus amigos, le contó toda su aventura. Éste se burló de su sueño y le reprochó su pusilanimidad y, calumniando la fidelidad de los padres, hizo que ese pobre hombre no fuera [al Colegio], pasando todo un año sin hacer nada de lo que había prometido. ¡Oh!

¡Como una mala lengua impide mucho de bien y causa tantos males! Ese miserable así estuvo otra vez un año entero sin confesarse, pero no sin sentir los agudos remordimientos de su consciencia, la cual cada cierto tiempo le hizo tener como nuevos episodios de temor y espanto, como si a cada paso viera a N. Señor que lo quería precipitar al infierno.

Finalmente, aproximándose la Cuaresma del año 1619, tomó la pluma en la mano y escribió todos sus pecados, los cuales le vinieron a la memoria, en el mismo orden y con las mismas particularidades que el diablo le había imputado. A ello dedicó la Cuaresma, a fin de que ningún escrúpulo le quedara por haber omitido algún pecado.

Habiendo hecho eso, fue a buscar al padre Martin Deschamps (aquel que N. Señora le había señalado) y se confesó con tanto dolor y contrición que el padre dudaba si debía imponer otra penitencia y detallando todas las circunstancias, el número, y las especies (aunque fueran algo tontas y absurdas) que le hicieron creer [al sacerdote] que el sueño que había tenido le había sido enviado por Dios.

(Traducción del francés de Enrique Pilco Paz. Separación de párrafos nuestra.)

 

2. PHILIPPE D’OUTREMAN. PEDAGOGO CRISTIANO (VERSIÓN EN LATÍN), 1629 / 1654.

Extracto de una carta del padre Martin Deschamps a su hermano en Cusco, con fecha de 7 de marzo de 1620

Y por último, añadiré aquí aquello que recibimos hace pocos años de la ciudad del Cusco, en la Provincia Peruana de las Indias Occidentales, del padre Martino Deschamps, de Lille, sacerdote de nuestra Compañía.

Escribe él que, en los días del Gran Ayuno (Cuaresma) del año 1619, acudió a él un hombre con todo el cuerpo temblando; habiéndolo acogido con amabilidad mientras se aferraba a él en un abrazo con muchas lágrimas, lo condujo a un lugar donde pudiera escucharlo sin testigos.

Entonces, este buen hombre confesó abiertamente que ya por treinta años enteros había resistido al Espíritu Santo, que lo impulsaba internamente a la confesión; y que dos o tres veces, cuando no podía eludirla sin ser notado o sin ofender a los hombres, se había atrevido a confesar con sacrílega audacia solo unas pocas cosas, para no perder nada de su libertad para pecar. Durante todo ese tiempo, apenas si había asistido al sacrificio de la Misa o a los sermones de los religiosos, y especialmente se había acostumbrado a evitar a los padres de la Compañía [Jesuitas].

Viviendo así, y habiéndose burlado en el año 1618 de aquellos que, en las sagradas festividades de la memoria de la Pasión de Cristo, se habían castigado con piadosa flagelación, le pareció oír en la noche siguiente una enorme multitud de personas que pasaban ante sus puertas. Al preguntarles a dónde se apresuraban tanto, recibió esta respuesta:

—¿Tan extraño eres en esta ciudad que no sabes que todos han sido convocados al colegio de la Compañía de Jesús, pues se va a pronunciar una grave sentencia contra algunos? Únete a nosotros, no sea que por tu ausencia la ciudad entera sufra daño.

Inducido por esta amenaza, salió de su casa y, con aguijones en su ánimo más punzantes que nunca, se presentó ante el Colegio. Allí, junto a la sede sagrada, en larga fila como suele ocurrir en los juicios, habían sido dispuestos asientos; en medio de los cuales estaba Cristo, y teniendo a su Madre colocada a la derecha, ordenaba a los padres de la Compañía sentarse en los demás asientos como asesores.

Luego, cuando ya la gente había confluido de todas partes, apareció el Cacodemonio y comenzó a acusar amargamente a los ciudadanos, porque, con ánimos obstinados y endurecidos, hacían que los trabajos de tantos padres resultaran en vano. Y así, decía [el hombre], primero reprochó los pecados en general, pero luego describió los míos uno por uno con tal detalle y derecho, que yo, miserable, creí que ya todo estaba acabado para mí; más aún cuando, poco después, Cristo Juez lanzó graves rayos de amenazas y el demonio se acercó más para arrebatarme.

No sabía a dónde volverme, sino que, dirigiendo por un momento mis ojos hacia María, único y segurísimo refugio de todos los pecadores, vi brillar para mí una luz gratísima por su dulcísima mirada de bondad. Así pues, castigándome, corrí a postrarme a sus pies pidiendo auxilio; ella me recibió, tembloroso, con gran humanidad y prometió que nunca me defraudaría, con tal de que fuera de inmediato y abriera mis pecados para ser limpiados en el sacramento de la Penitencia a un padre de la Compañía de su Hijo (te señalaba a ti).

Tras esto, cuando volví en mí, lleno de temor y horror, desperté a los criados de su lecho y les ordené que no se apartaran de mi lado hasta que amaneciera, pues pensaba que todo estaba infestado de demonios de los cuales pronto sería presa. Al salir el sol, salté de la cama y de la casa; busqué ansioso el Colegio para liberar mi alma de tal angustia, pero me encontré por azar con uno de mis compañeros a quien le abrí todo el asunto. Él lo redujo todo a vano insomnio y espantajos para niños, y disminuyó todos esos esfuerzos de piedad y esa religión tan escrupulosa y trabajosa (como él decía) que los Jesuitas recomendaban, calificándola de 'carnicería de conciencias'.

Aquí, como ante un escollo, se detuvo el curso de mis buenos propósitos por un año entero (¡así de grave es caer en la compañía de hombres perdidos!). Y aunque mi conciencia, agitada por mil estímulos, me acusaba, y Dios me presentaba constantemente los tormentos del infierno amenazantes a mi mente perturbada, no pude ser conducido a la confesión de mis pecados hasta este momento; la cual ahora, mi padre —a quien hace tiempo la Madre de Dios me señaló— ruego que no te pese recibir de quien desea hacerla.

El padre la recibió de buena gana, viendo tanto dolor y arrepentimiento en el hombre, pero también tal orden y explicación de todas las cosas, que el padre Martino dudó de imponerle otra satisfacción por sus pecados, convencido plenamente de que todo aquello que le había sucedido al hombre en sueños había sido mucho más que un simple sueño.

(Traducido del latín con la ayuda de la IA Gemini. Separación de párrafos nuestra.)

 

3. ALONSO DE ANDRADE. ITINERARIO HISTORIAL QUE DEUE GUARDAR EL HOMBRE PARA CAMINAR AL CIELO, 1674.

Redújose un cristiano a vida perfecta con una visión del juicio y de las penas de los condenados.

El año de mil seiscientos y diecinueve vivía en la ciudad del Cusco del Reino del Perú un cristiano rico y bien emparentado, pero tan descuidado de su salvación y del bien de su alma como si no la tuviera, o no fuera suya. Treinta años enteros pasaron sin confesar, ni cuidar más que de su gusto y de acaudalar hacienda, no sin remordimientos de su conciencia que, como fiel amigo, siempre avisa los riesgos que nos amenazan. Llegóse la cuaresma del dicho año de mil seiscientos y diecinueve, cuando todos limpian sus conciencias para cumplir con la Iglesia y recibir a Cristo, nuestro Redentor y, aunque él quisiera seguirlos y salir del mal estado en que

se hallaba, pero la muchedumbre de pecados represados por tantos años, como agravaban su alma, le oprimían de manera que no tenía resolución ni fuerzas para ajovar con tan pesada carga; pero Dios se las dio, apiadándose de su alma, con la visión que se sigue.

Estando durmiendo en su cama, a más de medianoche, vio en sueños a un amigo suyo que, con otra grande tropa de gente, moradores de aquella ciudad, pasaban con grande prisa por su calle; preguntóles que adónde iban, y el amigo respondió por todos: “Vamos al juicio de Dios, y si tú no quieres perecer y que esta ciudad sea destruida por tu causa, vente con nosotros”.

Movióle tanto esta amenaza que, poseído del temor, se partió luego en su compañía y corrió con la misma diligencia al juicio del Señor; llegaron a la plaza, que está en aquella ciudad a la puerta de nuestro colegio de nuestra Compañía, y vio a Cristo, nuestro Redentor, sentado en trono de nubes con suma grandeza y majestad; a su lado estaba la Siempre Virgen María, como abogada universal de todos los pecadores. Cercaban el trono coros de ángeles, y en la parte inferior tenían lugar los demonios, como ministros de la justicia divina, los cuales no cesaban de acusar a los hombres, así en común como en particular; hicieron cargo a toda la ciudad de los sermones, exhortaciones y doctrinas de los predicadores que tenían, y de cuán mal se aprovechaban de ellas, y de las lecciones y libros, y de los Santos Sacramentos que frecuentan en aquel colegio.

Luego fueron llamando a juicio algunos en particular de los presentes, y entre ellos fue citado el dicho cristiano y acusado delante del Juez de todos sus pecados y de la dureza de corazón, con que había resistido en treinta años a Dios, sin quererse confesar ni enmendar su vida. ¿Qué lengua podrá decir la agonía en que se vio acusado y, convencido en tan justo tribunal de tantos y tan graves pecados, y más, viendo a otros por menos, y menores, condenados eternamente al infierno?

Estaba el triste temblando, cubierto de un sudor de muerte, sin hallar qué responder, ni saber qué resolución tomar, cuando, mirando a todas partes, alzó los ojos y vio a la Reina de los Ángeles, a cuyos pies postrado le pidió con lágrimas que intercediese con su Santísimo Hijo y le alcanzase treguas y tiempo de penitencia, ofreciendo cordialísimamente hacerla muy de veras y trocar su vida en otra, diferente de la que había hecho hasta allí. La Beatísima Virgen se inclinó a sus ruegos y le alcanzó de su Santísimo Hijo lugar de penitencia, con apercibimiento de que, si no la hacía, sería castigado como sus culpas merecían; y, volviendo ojos a nuestro colegio, que tenía cerca, le señaló un padre, que se llamaba Martín de Campos, operario apostólico, y de gran celo de las almas, con el cual le dijo que se confesase y siguiese su consejo. No le había hablado en su vida, pero quedóle su imagen tan impresa que, en viéndolo el día siguiente, lo [re]conoció.

Con esto remató aquella visión, y él volvió a sus sentidos, pero tan sudado, tan lleno de congojas y temor, que no parecía haber salido del tribunal de Cristo, sino que se hallaba en él. Llamó a su familia para que le asistiesen, pidióles que rezasen lo que restaba de la noche, porque le dejase amanecer con bien; en rayando la aurora, se vistió y se encomendó a Dios y a Su Santísima Madre de lo íntimo de su corazón; partió a nuestro colegio y, en viendo al padre Martín de Campos, lo [re]conoció y pidió con humildad que lo oyese de penitencia; el padre lo oyó con mucho agrado, pero el penitente derramaba más lágrimas que palabras. Empezó su confesión por la visión referida, y luego prosiguió por todos sus pecados, por el orden que los demonios los habían relatado y héchole cargo el tribunal de Dios.

El padre le impuso saludable penitencia, la cual aceptó y cumplió con diligencia y devoción; dióle orden de vida, trocando la antigua en otra, ejemplarísima y de suma edificación, en que

perseveró siempre en adelante con grande usura y consuelo de su alma, edificación del pueblo y reformación de su familia.

(Grafía y puntuación modernizadas. Separación de párrafos nuestra.)

 

4. ANTONIO DE LA CALANCHA. CORONICA MORALIZADA DEL ORDEN DE SAN AUGUSTIN EN EL PERU, 1638.

El cura distraído

Por el año de 1613, eran curas de la Catedral del Cuzco dos Clérigos, el uno llamado el licenciado Juan Rodríguez, era de los más ejemplares eclesiásticos que han tenido estas Indias, varón docto, que leyó muchos años Artes y Teología en el Colegio de san Antonio Abad, seminario de aquella iglesia donde fue recetor; era dotado de notorias virtudes y tenido por gran virtuoso, prudente y celoso de la honra de Dios, hombre de oración y limosnero de mucha caridad y mansedumbre, por quien, viviendo él, dijo predicando el Obispo del Cuzco, don Fernando de Mendoza de la Compañía de Jesús, que merecía mejor su mitra el licenciado Juan Rodríguez que él, porque la opinión que tenía era muy debida a sus costumbres. El otro cura su compañero fue muy distraído, sus ejercicios eran juegos de naipes, garzonerías de enamorado, habituado a juramentos, y era su casa receptáculo de distraídos; con estos encuentros de vida servían su beneficio, luciendo más la compostura del uno, al lado de los distraimientos del otro.

Una mañana se entró al amanecer el licenciado Juan Rodríguez a nuestra celda (amábame como bueno, y yo le respetaba como a siervo de Dios) y, después de algunos preámbulos que temeroso y confuso como cuerdo y docto me dijo, refirió lo siguiente. Que, estando durmiendo aquella noche, había visto en sueños que una persona lo sacaba de su casa y lo llevaba al templo de la iglesia mayor, que todo él estaba triste y oscuro, y a la luz que daba una pequeña lámpara, vio a la Virgen Santísima de rodillas ante un Cristo crucificado, que estaba en el altar mayor, con muestras el Hijo y la Madre de singular dolor y congojosas ansias; y que, puesto en su presencia, le dijo Cristo: “Por ruegos de mi Madre, que está agradecida a que algunas veces le ha limpiado y compuesto sus altares tu compañero, quiero usar de esta misericordia; ve a su casa, dile que dentro de tres días ha de morir, y le he de tomar estrechísimas cuentas, que confiese sus culpas y componga sus cargos”.

Sacóle de la iglesia quien lo había traído (a quien nunca vio el rostro) y llevólo a la casa del cura su compañero (todo en sueños) y, habiéndole dado el mensaje de Cristo, le respondió que él estaba bueno, y que no creyese en sueños, que no trataba de confesarse.

Volviéndolo a la iglesia, halló como antes a la Virgen de rodillas, continuando la súplica; repitió la respuesta, y díjole Cristo: “Vuelve otra vez y dile que ha de morir dentro de tres días, porque sus vicios y malos ejemplos me han irritado tanto que, a no ser su abogada mi Madre, años ha que se hubiera condenado, y que por su ruego le doy estos avisos, y le espero a penitencia”.

Volvió con la segunda monitoria y, diciéndole oprobrios, llamando embustes sus encarecimientos, le dijo que no le viniese con hipocresías, que la calentura que le había dado era más destemple que enfermedad, que, si hubiese de confesarse, primero había de hacer su testamento, que le dejase y no le afligiese.

Segunda vez volvió a dar la respuesta (todo esto durando el sueño) y, al entrar en la iglesia, vio en pie a la Virgen, y cubierto con los cabellos el rostro del Crucifijo, y toda la iglesia colgada de luto, y oyó una voz que con dolorido sentimiento dijo: “¡Ay del desdichado Sacerdote!”. Y, sin que el Licenciado Juan Rodríguez repitiese la respuesta, lo sacó de la Iglesia; y, al llegar a la puerta que salía al cementerio, vio que cuatro animales negros y feroces llevaban despedazando al cura su compañero.

Con este horror dice que despertó, hallándose mortal y con sudores fríos, desmayadas las fuerzas y quebrado el aliento. Púsose en oración, pidiendo a Dios se sirviese de alumbrarle en ejecutar su voluntad y en certificarle si era sueño o verdadera visión; porque, para dar los avisos a su compañero, era falible fundamento un sueño, y para dejarlos de dar, era culpable el no advertir el orden y las circunstancias de la visión.

Díjome, se había determinado de consultar el caso con un religioso grave y docto de la Compañía de Jesús y platicarlo conmigo, sujetándose al consejo que los dos le diésemos; a otro y no a mí debiera escoger, le dije; pues tanto me falta de ciencia como de virtud; pero, conociendo que, en varios lugares de la Sagrada Escritura y en millares de casos revelados a los santos de la Iglesia que tiene recibidos por revelaciones, había Nuestro Señor manifestado su voluntad en sueños, escogiéndolos, porque las especies impresas de la fantasía representasen la visión sin sobresaltar el ánimo ni asombrar las potencias, dando sueño Dios, para que con más comodidad reciban sus siervos sus iluminaciones, y que se conocerían ser del cielo, si teniendo fundamentos de verdad se ordenasen a provechos del ánima y a mayor honra de los atributos de Dios, sin atravesarse entre lo espiritual que se sueña los dislates y burlerías que se suelen soñar.

Yo le aconsejé que visitase a su compañero y le introdujese la santa amonestación y que, si fuese correspondiendo lo que le decía con lo que había soñado, continuase con fervor el remedio de aquel ánima.

Determinóse el buen clérigo porque el religioso de la Compañía era del mismo parecer, dijo misa, pidió lo conveniente a Dios y fuese a casa de su compañero, a quien halló bien divertido, fue disponiendo la plática y llegó (cotejando lo que le respondía con lo que había soñado) a referirle el sueño, que había de morir dentro de tres días; triscó del aviso, chacoteando el sueño y diciendo no creyese en ellos, que él estaba bueno; salióse el licenciado Juan Rodríguez, ya cierto de la visión y condolido de su despego, y comunicó lo sucedido al religioso de la Compañía y a mí; atizámosle a que no le dejase un punto y sufriese con caridad los baldones, o para remediar aquel ánima, o para justificar la gran piedad de Dios.

Volvió otro día al compañero y hallóle con calentura en la cama, y que había contado a sus comensales el aviso y la visión de que hacían plato de juglería, sufrió como bueno y continuó como caritativo, pidiéndole que se confesase, pues estaba con calentura y era sacerdote; respondióle que no le apurase, que con sus sueños le había traído aquella calentura, que, si fuese adelante su mal, haría primero testamento y después se confesaría; díjole que se fuese y, deteniéndole el buen clérigo, le dijo a gritos que le dejase con el diablo. Lloroso salió, viendo cuán poco se ablandaba su dureza y cuán arraigado estaba en su malicia.

Tercera vez volvió después de larga oración y de mucha diciplina y, viéndole que era un fuego vivo la calentura, y que era el tercero día de su visión, le declaró lo que oyó en la iglesia: ay del desdichado sacerdote. El enfermo, despechado, dijo que ya se había reconciliado y que se confesaría, que le dejase solo. Volvió el rostro a la pared y allí expiró. ¡Dolorosa muerte y desdichado fin!

Yo me hallé en su entierro y, cuantos en él iban, solo platicaban de la visión del cura Juan Rodríguez, publicada por el difunto y pregonada por sus huéspedes. Todos iban diciendo cuando lo llevábamos: condenado está este mal sacerdote, lamentable voz y dolorosa muerte.

Este caso supo toda la ciudad; yo no lo juzgo condenado, porque eso está remitido al saber de Dios, y es infinita su piedad; pero consideremos dos cosas: una de consuelo y otra de terror: la protección de la Madre de Dios diluvio de misericordias, y cuán agradecida Reyna es, pues por sólo que algunas veces le limpiaba su altar, paga de rodillas negociando que le avisasen y que le perdonase su Hijo si se arrepintiese; y el terror quede en nosotros los sacerdotes, pues cubre Cristo el rostro en señal de tristeza y viste de luto el templo cuando se le condena un sacerdote. Triste del que vive distraído, pues solo demonios le están aguardando.

 

5. TEXTO DEL CUADRO DE BASILIO DE SANTA CRUZ PUMACALLAO VIRGEN DE BELÉN, ENCARGADO POR EL OBISPO MANUEL DE MOLLINEDO Y ANGULO, DÉCADA DE 1690

La Virgen de Belén salva a un pecador

Y un pecador estragado, que no sabía otra oración que el Ave María, pareciéndole que sus andas [de la Virgen de Belén] iban menos firmes, aplicó piadoso a repararlas el brazo; prosiguió así hasta dejarla en su templo, donde, enlusto de esta Señora, dio a una pobre medio real de limosna, que fue la primera que hizo en su vida; importóle su salvación, porque, pasando a la noche de esta misma tarde por el cementerio de la Compañía de Jesús, vio a Cristo en un tribunal y a los demonios que pedían justicia contra varias personas de este reino, y también a él; pero apareciéndose está Señora, le suplicó arrodillada ante su hijo diese tiempo de penitencia a aquel pecador; otorgó Cristo la demanda y, vuelta está Señora a aquel hombre, le mandó buscase un padre de la Compañía con quien confesase sus culpas, avisándole del suceso; que confirmó el correo inmediato en que se supo la muerte repentina de las personas nombradas en el tribunal por el demonio; obedeció este hombre a María, logrando su remedio, y tú, si la invocas, deberás el tuyo al tan celestial amparo.

 

6. DIEGO DE ESQUIVEL Y NAVIA. NOTICIAS CRONOLÓGICAS DE LA GRAN CIUDAD DEL CUZCO. TOMO 2. CA. 1750 / 1980.

Sucesos narrados en el cuadro del obispo Mollinedo

Por la Semana Santa del año 1618 acaeció en esta ciudad aquel espantoso caso que se halla pintado en un cuadro de la iglesia Catedral y vulgarmente se cuenta de varias maneras. Pero lo cierto del suceso, según lo refiere el P. Felipe Outreman de la Compañía de Jesús en su "Pedagogo cristiano", tomo 1, parte 2, capítulo 14 sección 1, número 6, por carta del mismo padre Martín de Campos, de 7 de marzo de 1620, en esta forma:

[Sigue la traducción abreviada al castellano del texto de Outreman en latín, luego el texto original en latín, ver arriba.]

Hasta aquí el padre Outreman, a quien cita el padre Andrade de la misma Compañía, que también refiere el caso en su “Itinerario historial”, grad. 3, párrafo 4, aunque variando en algunas circunstancias, porque pone la visión en el año de 1619, junta con la confesión, y de la carta consta haber mediado un año entre una y otra. Todo lo demás que añade es muy verosímil, como el que era hombre rico y bien emparentado, y que con él fueron juzgados otros muchos de diversos lugares del reino, y sentenciados; que por éste intercedió la Reina de los Cielos, por haber aplicado el hombro a sus andas en una de sus procesiones, y haber dado una corta limosna a un pobre, que pedía en su nombre, y que en el correo inmediato vinieron noticias de haber fallecido en otras ciudades las personas citadas a juicio en aquel tribunal. Todo lo cual pudo haber atestiguado el mismo hombre, divulgando el caso para común ejemplo y enmienda de todos.

El haber sido aquella procesión, especialmente de la imagen milagrosa de Nuestra Señora de Belén, en la que al ladear sus andas ayudó con presteza a sostenerlas por la parte que inclinaban, y la limosna de medio real al mendigo que la pedía por la Virgen de Belén, no tiene más fundamento que la tradición continuada de muchos años, y así se lee en la relación que está escrita en el citado cuadro, que mandó poner en esta iglesia Catedral el señor obispo don Manuel de Mollinedo.

 

7. CLORINDA MATTO DE TURNER. ZELENQUE. EN: TRADICIONES CUZQUEÑAS: LEYENDAS, BIOGRAFÍAS Y HOJAS SUELTAS, 1884.

Y si lector dijeras que comento

Como me lo contaron te lo cuento.

Espronceda

I

Zelenque, he allí un nombre pronunciado con respeto por el vulgo y con investigadora curiosidad por el viajero que llega a la histórica ciudad del Cuzco, donde difícilmente encuentra un individuo que, al preguntarle por Zelenque, no satisfaga su ansiedad señalándole la casa que habitó y refiriéndole tradiciones más o menos lógicas, más o menos verídicas.

Antes de comenzar mi relato, es indispensable hablar de la Virgen de Belem, objeto de la ciega devoción del Cuzco, lo cual serviría como de prólogo a las primeras pinceladas del que se propusiese pintar un cuadro histórico.

II

El Cuzco, capital opulenta y rica en el tiempo a que nos referimos, recibió de Carlos V el obsequio de una efigie de la Virgen de Belem y destinada al altar de la iglesia de los Reyes, llamada hoy de Belem. No solo es devoción, sino aún idolatría, la que el pueblo tiene hasta hoy por esta imagen. El primer día de Pentecostés acude a Belem todo el vecindario en masa y conduce en hombros a la Virgen desde su iglesia a la Catedral, para que asista a la tan celebrada fiesta de Corpus Christi, grande y concurrida en verdad, y la cual, así como el Lunes Santo, no olvida ningún corazón cuzqueño dondequiera que se halle. Esta festividad, a juzgar por los hermosos cuadros que aún existen en la iglesia de Santa Ana y por la opulencia de aquellos tiempos, tomaba casi a lo fabuloso por su lujo y concurrencia.

Terminado el Octavario del Corpus, se hace la traslación o la vuelta de la Virgen a la parroquia de los Reyes, fiesta que se llama la "Ida de Belem”, donde se congregan todos los habitantes de la ciudad en sus diferentes clases.

Las ventanas del largo trayecto de la Catedral a Belem están repletas de gente que espera a la Virgen con flores, misturas y palomas blancas, adornadas de cintas, y ostentando riquísimos cortinajes de antigua sedería.

III

Zelenque, joven de procedencia española, bien emparentado y residente en el Cuzco, era de una gallarda figura, rico, derrochador y calavera y, como todos o la mayor parte de los ricos y nobles españoles de aquel tiempo, ignorante, altivo o supersticioso. Gozaba de la bien sentida fama de libertino, pues casi nunca oía misa ni asistía a sermones u otras prácticas de iglesia, huyendo siempre de la comunicación con las personas religiosas, muy especialmente de los Padres Jesuitas. Soltero, opulento y gastador, tuvo por muchos años los atractivos que rodean a un hombre de esta clase aún en la actualidad; pero, como en todo país, y naturalmente sucede, su fortuna caminaba a su ocaso, y cuanto más decaía ésta, tanto más enfangado se veía en los sensuales goces que por desgracia lo dominaban. Contaba treinta años de existencia, la mayor parte de ellos transcurridos en medio de las licenciosidades y orgías.

Un día de paseo de la "Ida de Belem", del que hemos hablado, fue Zelenque, como era natural, a lucir su favorecido personal y cautivar las miradas de las sílfides en tan concurrido lugar, destinado casi exclusivamente a ostentar la riqueza, elegancia y beldad.

Las calles estaban intransitables por la muchedumbre: en todas direcciones se encontraba la vista con vendejas de frutas, meriendas, frituras variadas y el tecte, bebida especialmente cuzqueña, cuando el joven Zelenque pasó atrayendo la atención de todos; gallardo, afamado, ricamente vestido y con majestuoso porte. La procesión no tardaba en llegar al puente que separa la ciudad de la parroquia, punto temido por los cargadores de la pesada y voluminosa anda, porque la concurrencia estrechaba su anchura y porque los devotos cargadores han sido ya mal reforzados por la chicha y los diferentes licores que los asistentes les prodigan.

La tarde de que hablamos, llegó el anda a este lugar peligroso y comenzó a ladear tanto que la gritería, la algazara y confusión de la multitud empeoraba la situación que todos a la vez querían saldarla, sin conseguirla ninguno. En tal actitud se presenta el bizarro joven Zelenque que estaba cerca, imitan su ejemplo varios jóvenes decentes y salvan el conflicto.

Toda la fama y renombre que debía adquirir por este hecho el señor Zelenque es muy fácil de concebir. La noticia corría de boca en boca, acompañada de mil elogios, y la voladora fama se encargó de comunicarla a los pueblos más remotos y todos comenzaban a sentir particular aprecio hacia el joven que tal heroísmo había realizado. 

IV

Era el Jueves o Viernes Santo de 1618 y el incrédulo joven Zelenque se burló con sarcásticas chanzas de los oficios que la Iglesia celebra en tan respetables días. (Nota de pie de página: Lo dice el P. Outreman en su "Pedagogo Christiano", T. 1, Cap. 14, Sec. 1, N°6, refiriéndose al P. Martín de Campos, también Jesuita. Carta de 9 de marzo de 1620.)

En su noche fue presa de una pesadilla, de un fatídico sueño, en el cual oyó mucha bulla y algazara, como de inmenso gentío que pasaba por la puerta de su casa. Aquel extraordinario alboroto movió a Zelenque a salir de su casa y preguntar la causa de la vocería. "¡Qué! dijo una de las siniestras figuras, ¿Tú solo eres tan huésped en esta ciudad que ignoras que todos somos llamados al Colegio de la Compañía donde se pronunciarán graves sentencias sobre muchos? Ve con nosotros, no sea que por tu ausencia padezca toda la ciudad notable daño".

El hombre se vio forzado a marchar y, una vez llegada la multitud al recinto de la Compañía, vio Zelenque el templo iluminado con profusión y varios tronos, uno de ellos al centro de las alas que formaban los otros: en él estaba sentado Jesús el Nazareno y a su derecha su Sacratísima Madre, ante los cuales se presentó el demonio de acusador de muchos. Al ver a Zelenque, hizo una relación de su vida relajada, de su impiedad y demás graves culpas, alegando que no era posible la conversión de este hombre, tan pecador, y que se hacía necesario que sufriese el castigo merecido por tan graves delitos, sobre todo por el mal ejemplo y escándalos que daba.

El Salvador iba a pronunciar su sentencia, cuando María, su Divina Madre, intercedió por Zelenque, recordando que era devoto suyo y que no solo había hecho caridad cuando le pedían implorando su nombre, sí que también fue el salvador de su anda en la "Ida de Belem". Ofreció que se confesaría y que su conversión sería verdadera. Entonces se llamó a un Padre Jesuita (Martín de Campos) y se confesaba Zelenque cuando, atemorizado con la enormidad de sus propias culpas que hasta entonces no las había rememorado, despertó agitado, confundido y sobresaltado. Llamó a sus criados y, después de referirles el sueño horrible que lo había atormentado gran parte de la noche, les encargó que no le abandonasen hasta el amanecer. Tan pronto como despuntara el alba salió de su casa con el firme propósito de confesarse y cambiar de vida; pero el encuentro con sus amigos y las burlas del sueño que lo atemorizó, lo alejaron nuevamente de su resolución. (Nota de pie de página: Hasta aquí hemos referido casi al pie de la letra la relación del P. Felipe de Outreman que la confirma el P. Andrade en su Hitinerario Historial. Sec. 3, párrafo 4.)

Los chasquis venían confirmando la muerte de varias de las personas que Zelenque vio en su fatídico sueño, y la suya se verificó un año después, dándole tiempo para el arrepentimiento. He aquí cómo ha conservado la tradición, por su parte, tan notable suceso.

Una de las semanas de cuaresma de 1619 se retiraba Zelenque en altas horas de la noche de una de sus acostumbradas orgías, donde no eran medidas, por cierto, las libaciones en honor de Baco, ni la devoción a Venus; parado en la puerta de su casa y dispuesto a tocar el llamador, vio que se le presentaron cuatro o seis sayones de espantosa figura y hercúlea musculatura, tomándolo en seguida de los brazos. Zelenque no carecía de valor, pero supersticioso e ignorante, llevando a más la preocupación de su sueño, no opuso resistencia ni habló una palabra: el susto heló la sangre en sus venas, quitándole el habla.

A mérito de las teas encendidas que los fantasmas llevaban, pudo distinguir el infeliz Zelenque las fisonomías horripilantes de estos seres, que no los creía humanos, pues tenían enormes cuernos que sobresalían de grandes y enredadas cabelleras de colores repugnantes; dueños de alas de murciélago y patas de aves de rapiña, despedían un hedor sulfuroso e insoportable.

—"Ya es tiempo”, dijo uno de ellos que parecía el jefe, “tiempo sí, de que vayas adonde tu obstinación y delitos te llaman, pecador contumaz y rebelde". Los otros emisarios se disponían a cumplir la orden, cuando de improviso se presentó un hermoso joven cuya belleza contrastaba con la fastidiosa fealdad de los demonios, y que estaba vestido con gracia y lujo, llevando alas de nacaradas plumas y despidiendo un balsámico y reparador aroma. 

—"Deteneos, negros sayones”, gritó el simpático joven, “aún es tiempo de que se arrepienta Zelenque. Yo soy el ángel de su guarda, su custodia me fue confiada, y no os llevaréis tan fácilmente su espíritu ni su cuerpo, porque aún podrá confesarse y enmendarse". 

Los demonios o comisionados infernales no parecían querer abandonar su presa, a pesar del respeto y temor que el ángel les inspirara, y el jefe dijo: —"Oh, solo que en este momento se confiese, lo que es muy difícil". —"Fácil es, arguyó el ángel defensor: a mi voz se abren todas las puertas y Zelenque hallará un confesor, traedlo a este inmediato templo".

Los agentes de Lucifer condujeron en brazos, y casi exánime, al infeliz pecador, a la puerta de la iglesia de Loreto que, como es sabido, solo dista catorce pasos de la casa de Zelenque. A los pocos golpes se abre la puerta y pregunta el portero la causa de la llamada. “Se necesita un confesor”, contestó el ángel, “para un gran pecador que bien pronto se verá ante su Dios”.

El templo estaba iluminado y se repitió con toda minuciosidad lo que un año antes había soñado Zelenque. El padre que salió a confesarlo fue el mismo Martín Campos en persona.

Los demonios habían huido durante la confesión, dejando tras sí el asfixiante hedor infernal, y momentos después fue Zelenque conducido por su ángel custodio a la puerta de su casa, donde le hizo una enérgica exhortación y desapareció.

Fue preciso entonces que el portero de Zelenque lo llevase en brazos a su cama, porque en tan cortos momentos había perdido toda su fuerza y energía.

Refirió el suceso a sus sirvientes y ordenó que llamasen un médico y un escribano. El primero lo desahució, demostrando que tenía una mortal fiebre al cerebro, y el segundo dio fe de que todos sus bienes dejaba a la Compañía de Jesús.

¡Tan positivos fueron los frutos de la confesión de Zelenque para La Compañía! 

VI

Tres días después, se celebraron solemnes exequias en el hermoso y monumental templo de La Compañía, en honor del que fue Zelenque, merced a la caridad de los jesuitas, con asistencia del Corregidor don Diego de Guzmán Córdova, el Licenciado don Francisco Calderón de Robles, todas las Corporaciones y Cabildo Eclesiástico, oficiando el cura de Belem Julián Pérez de Bocanegra y dos padres jesuitas. (Nota de pie de página: La refiere el P. Calancha, S. 2ª, S. 10.) Su cadáver embalsamado ha sido conservado hasta nuestros días, y el Obispo don Manuel Mollinedo hizo colocar en un costado exterior del coro de la Catedral el cuadro que contiene esta historia.

VII 

Los padres jesuitas combinaron pues esta tragicomedia donde se desempeñaron con la habilidad que les era característica, siendo el pobre Zelenque la víctima. 

Aquí, carísimos lectores, se me ocurre relatar la glosa que en 1702 cantaba la plebe del país.

"Los jesuitas del Cuzco

Salieron con lucimiento,

Hicieron lo que debían;

Pero deben lo que han hecho".

Y para poner punto final, me valdré de las palabras del poeta popular de nuestro siglo citado al comienzo.

Aquí yo nada de nuevo invento

Como me lo contaron te lo cuento.

 

8. GENARA ELORRIETA VIUDA DE ARANZÁBAL. SELENQUE. EN: DATOS HISTÓRICOS, LEYENDAS Y TRADICIONES DEL CUZCO. TOMO III. 1956.

Por la gran extensión del texto, lo incluimos como archivo pdf aquí.

 

9. ÁNGEL CARREÑO. LIBERTINO Y VÍCTIMA. EN: TRADICIONES CUSQUEÑAS. TOMO II. DÉCADA DE 1930 / 1987.

 I.                    LA FORTUNA DEL MAYORAZGO

A principios del año mil seiscientos sesenta y siete llegó a la Imperial ciudad del Cusco el joven español don Juan Amadeo de Zulenque, oriundo de la ciudad de Lezama, de la provincia de Alava, en el reino de España, trayendo en baúles y petacas la fortuna que le dejaron sus progenitores como a "Mayorazgo" de la familia. Fallecidos sus dos hermanos menores poco después de la muerte de sus padres, el joven Zulenque, ansioso de cazar el título de Conde o Marqués, vio fallida su ambición por no tener entre los cortesanos del Rey Carlos V un personaje de influencia, que le protegiera como deseaba, teniendo que contentarse con la concesión del uso del título de "Don"; y solamente por aquellos del "por cuanto vos disteis", como lo hicieron otros pedigüeños de títulos.

Con la actividad propia de su juventud y afabilidad de su trato, alcanzó don Roque de Narvaez, alcalde del Cabildo Secular, un pagado permiso para que hiciera construir su casa solariega en un extremo del antiguo "Ajllawasi" o casa de las escogidas, frente a la gran plaza llamada "Waqaypata".

Como era dueño de una gran fortuna, su modo de vivir era oír misa diariamente y mirar las obras de construcción del templo de la Compañía, charlando a veces con el arquitecto director del trabajo, que era el padre jesuita Bautista Egidiano, a quien solía dar mensualmente sumas de dinero para pagos a los trabajadores de la capilla cercana a su casa.

Fue invitado a la solemne consagración del templo a principios del año mil seiscientos sesentaiocho, y después al suntuoso banquete ofrecido por los jesuitas a las autoridades y vecinos notables del Cusco.

II.                  EL AUDIBULUM DE LA TORRE

A pesar de la puntual asistencia a misas, trisagios y sermones, la fortuna del acaudalado Zulenque dio motivo para que fuera espiado por los jesuitas, poco después de la consagración del templo, sin que él ni nadie lo advirtiese. Para satisfacer la curiosidad del lector respecto a la forma como se practicaba ese espionaje, abundaré en datos. El piso de la torre cercana a la capilla de Loreto está abovedado, cubierto de argamasa, y es tan plano como si fuera una mesa; pero en el centro de ese piso hay un hueco circular, que tiene más de una cuarta de ancho. En la pared circular de ese hueco hay otro más pequeño, por el cual pueden entrar dos dedos juntos. Ese agujerito, que los Jesuitas llamaban "Audibulum", es el principio de un canal de piedra que, pasando a lo largo de las bóvedas, desciende a un arco pequeño que hay en la sacristía de la izquierda del altar mayor, a poca altura de la pililla de agua bendita, que es una piedra en forma de taza que sobresale de la pared.

El lego que desde la madrugada hasta la noche permanecía de atalaya, y era llamado "pulsator campanarum" (tocador de campanas, campanero) no sólo tenía la ocupación de repicar las campanas, sino que observaba a las personas que se dirigían al templo. Y cuando por el lujo de las vestiduras creía que era noble o acaudalado, se ponía de bruces en el piso de la torre, y metiendo la cabeza en el agujero ancho, avisaba a la Sacristía, gritando por el agujerito pequeño hasta obtener respuesta del aviso:

-          Reverendo padre Sacristán, entra gente de valer.

Esa gente de valer a que aludía el campanero era varón o mujer noble o acaudalado, a quien los jesuitas hacían atenciones. poniéndoles un escabel forrado en terciopelo u ofreciéndoles el hisopo de agua bendita.

Reteníanle con engaños hasta que el templo estuviera silencioso. Entonces, otro jesuita, escondido en la escalerilla de subir al púlpito, hacía hablar desde el otro “audibulum” del pasadizo a la imagen de San Ignacio de Loyola, que pedía dinero para la propagación de la fe.

El busto de la imagen del susodicho santo está pegado al fondo de la hornacina. Tiene detrás una abertura, en la que hay unos hilos que sirven para mover la cabeza, alargar los brazos y dar la bendición; mientras, las palabras pronunciadas en el "audibulum" del púlpito salían por la boca del busto, subiendo por el canal de piedra.

III.               EL ESPIA PERSEGUIDOR

Cuando el acaudalado Juan Amadeo Zulenque recibía en su casa la visita de alguna moza de buen palmito, el espía campanero avisaba desde el “audibulum" de la torre al espía sacristán, y éste corría donde el Prior a informarle del hecho. Pero cuando tenía aviso de que Zulenque se encaminaba a oír misa, lo hacían objeto de atenciones antes y después de la ceremonia, siendo llevado al refectorio a tomar el chocolate.

Fraile y seglar volvían al templo mucho después, por la sacristía de la derecha, quedando Zulenque despedido al salir del Presbiterio del altar mayor.

Lo segunda mañana que don Juan salió de la Sacristía, detuvo su andar en mitad del templo ya silencioso, porque una voz que salía de la boca de la imagen de San Ignacio le dejó asombrado con esta amonestación:

-"Juan, hijo mío: deja ya la disoluta vida que llevas. Confiésate aquí. Yo seré tu protector en la hora de tu muerte, y te llevaré al Cielo, si dejas tu fortuna en este Convento antes de morir."

Don Juan Amadeo retrocedió mirando a todas partes, para conocer al que había hablado desde el altar mayor. sin ver a ningún religioso, por más que gritó:

- ¡Quién es el que me hace pifia, escondiéndose!

Ese extraño incidente fue la causa de que don Juan cambiase de templo, dirigiéndose al del Triunfo a oír la misa diariamente, sin darse cuenta de que un jesuita, disfrazado de paisano elegante, le seguía de lejos a todas partes desde que dejó de ir al templo de la Compañía.

Una mañana que don Juan comía frutillas en el "Ohatu" o mercado de comestibles de la plaza del Cabildo, se le aproximó el que le seguía con el fin de hacer conocimiento y amistad, ofreciéndole sus servicios y diciendo que su nombre y apelativo era Fernán de la Peñuela, oriundo de la ciudad de Chihuahua, en Méjico.

Al oír el toque de las nueve de la mañana el reloj de la Compañía, el nuevo amigo de don Juan le hizo saber que ese reloj, cuya maquinaria era de madera, fue construido por Francisco de Guadalajara, lego jesuita. Ambos se dirigieron a almorzar a la casa de don Juan.

IV.               UN ARROJO SALVADOR

El segundo espía de los jesuitas, que cambió su verdadero nombre y apellido por el de Fernán de la Peñuela, cumpliendo las órdenes del Prior de su convento salía a esperar en la puerta del templo a su amigo Juan Amadeo de Zulenque después de la misa dominical, para preguntarle cómo estaba de salud y por qué no oía misa como antes en la iglesia de La Compañía; añadiendo que los padres lo reclamaban, y que querían hacerle comulgar en la misa mayor del día del Corpus.

Zulenque respondía que no lo molestase con exigencias de confesión; que eso lo haría cundo estuviera enfermo, y que mientras tuviera salud quería gozar de los placeres de la vida.

El astuto espía, que algunas veces era convidado a la merienda de la tarde, solía averiguar mañeramente cuanto había hecho el acaudalado Juan Amadeo, quien con la imprudencia propia de su juventud le hacía saber minuciosamente sus pecaminosos devaneos, orgias y pendencias, así como los deseos de seducir y poseer a la dama o damisela, cuyo nombre y apellido indicaba.

Pasado el Solemnísimo Corpus del año, don Juan Amadeo Zulenque fue invitado a almorzar en casa de la familia Aldazabal, y mirar desde las ventanas la procesión de la "Ida de Belén".

El almuerzo concluyó en el mismo instante en que el ensordecedor estallido de camaretas, cohetes y cohetones de arranque hedían el espacio, llenando la calle con el humo de pólvora, mientras el anda de plata de la sagrada imagen era encerrada dentro de las "salas" o "castillos" que los mayordomos del "cargo" habían pasado a lo largo del trayecto.

Los cargadores de la pesada anda de plata de la Virgen de Belén se acercaban al puente balanceando a ratos la divina imagen, pero de repente los cargadores del lado izquierdo, que estaban borrachos, faltos de fuerzas inclinaron tanto el anda estando en medio puente, que faltó poco para que la sagrada imagen cayese al río Chunchullmayo.

Al notar aquel peligro, Juan Amadeo de Zulenque se precipitó desde la ventana en que estaba parado; y abriéndose campo a empellones entre los procesionantes que gritaban pidiendo misericordia, restableció el equilibrio de la pesada anda, y la procesión llegó hasta el templo.

V.                 DOS FARSANTES SACRÍLEGOS

Fernán de la Peñuela, el espía perseguidor de don Juan Amadeo de Zulenque, estuvo tan cobardote que no quiso o no pudo imitar aquel acto de arrojo salvador; pero fue de los primeros en abrazarle y darle albricias y parabienes, cuando acompañado del señor Vicente Aldazabal volvió a la casa y recibió los abrazos y felicitaciones de la señora esposa y sus hijas.

Una semana después del Corpus de la Catedral, los vecinos de la parroquia de Belén armaron altares en la plazuela para la fiesta del Corpus parroquial, rivalizando en la preparación de las cuadrillas de bailarines llamados "Coyachas", "Q'achampas", "Sijllas" y otros en cuyas vestiduras lucían el oro y la plata.

Don Juan Amadeo de Zulenque y su hipócrita pegote Fernán de la Peñuela fueron invitados a oír la misa, seguir la procesión y disfrutar la merienda, la cual fue seguida de un baile que duró hasta casi medianoche.

El taimado espía perseguidor se retiró temprano al convento abandonando al enamoradizo Zulenque, empeñado en cortejar a una de las muchachas.

Sería más de medianoche cuando, al avanzar por el portal de Sastres (hoy portal de la Compañía), el trasnochador Zulenque notó que la Capilla de San Ignacio estaba profusamente iluminada, y que en la puerta estaban parados dos demonios rojos armados de tridentes. Estos, al ver a don Juan Amadeo de Zulenque, se precipitaron sobre él, y dándole de empellones lo llevaron al interior de la capilla, gritando:

- ¡Señor, señor!  ¡Este hombre es quien más te ofende con sus iniquidades! ¡Esperamos tu sentencia!

El interior de la Capilla estaba lleno de nubes resplandecientes que rodeaban un alto trono puesto en el centro, en el cual estaban sentados dos jesuitas bien disfrazados, representando al Divino Salvador y a su Santísima Madre. El piso de la Capilla estaba cubierto de tela negra, y había un perfume extraño.

VI.               "EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS"

Otro jesuita, disfrazado también de demonio rabudo, saltó detrás de la puerta de la capilla, llevando entre sus brazos un enorme librote de los que en esos tiempos llamaban "becerros", formado por hojas de pergamino y con tapas de madera, forradas con cuero de vaca.

Ese librote era voluminoso, y en sus páginas estaban minuciosamente detallados los hechos de la vida privada de don Juan Amadeo Zulenque: desde que vivió con sus padres en la española ciudad de Lezama; el total de su fortuna en alhajas, oro y plata que trajo al Cusco; los numerosos detalles de su vida de corrupción; los nombres y apellidos de individuos con quienes se había batido en duelo; las fechas de sus pendencias y las de sus borracheras; los nombres y apellidos de las mujeres a quienes había deshonrado anteriormente en España; los de las mancebas actuales en la ciudad del Cusco y, sobre todo, su marcada testarudez en desobedecer los caritativos consejos de los sacerdotes para que morigerase su vida, frecuentando los sacramentos y viviendo cristianamente, para no dar escándalo en la ciudad.

La lectura de las páginas del "becerro" fue interrumpida por el farsante sacrílego disfrazado de Cristo, condenando al absorto Zulenque a las penas del infierno.

En ese instante, el otro sacrílego, disfrazado de Virgen, se arrodilló, y empalmando las manos pidió que le perdonase porque en una procesión en tierra de Indias había librado su imagen de que cayera a un río; añadiendo que ella le daría gran arrepentimiento de sus pecados, para que confesando y comulgando hiciese penitencia hasta su muerte; y que al fin dejaría su riqueza a los religiosos del Convento de la Compañía, para la propagación de la fe.

La terrible farsa acabó cuando la campana mayor de la Catedral, llamada "María Angola", comenzó a sonar avisando que eran las 4 de la mañana.

De repente, la Capilla oscureció. Manos invisibles empujaron al aterrorizado Zulenque y cerraron la puerta de la Capilla.

Don Juan Amadeo de Zulenque fue presa de una enfermedad que no pudieron curar los físicos; y algunos días después un padre jesuita apellidado Campos lo confesó atrapando la fortuna como herencia de La Compañía, cumpliéndose aquel dicho jesuita: "El fin justifica los medios."


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