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Los misterios de Ángel Carreño: entrevista a su biógrafo Flavio Hermoza Espinoza

Ángel Carreño es uno de los cuerpos celestes más radiantes y al mismo tiempo más enigmáticos en el firmamento de la literatura cusqueña. Sus obras de mayor fama -Tradiciones cusqueñas y El origen de los nombres de las calles del Cusco- han sido lecturas favoritas desde la infancia para varias generaciones. Últimamente, con el auge de redes sociales, las han ido desarmando en citas, extractos y resúmenes, que siguen gozando de una enorme popularidad. Se ha vuelto habitual compararlo con Ricardo Palma y Clorinda Matto de Turner.

Al mismo tiempo, es un personaje cuya vida ha estado siempre envuelta en un cúmulo de mitos y leyendas. Él mismo se ha convertido en una tradición cusqueña, idea que probablemente le hubiera sonado halagadora. Los misterios empiezan desde su nombre. El nombre completo, Ángel Enrique Valdiglesias Carreño, nunca lo ha usado para firmar sus obras, prefiriendo por alguna razón el apellido materno. Además, manejó toda una colección de seudónimos y alter egos que a veces dificultan la tarea de identificar sus escritos publicados en vida.

El mayor conocedor de la biografía y obra de Ángel Carreño es Flavio Hermoza Espinoza*, cuya familia acogió al envejecido y solitario escritor en sus últimos años. Flavio Hermoza conserva como un gran tesoro el archivo personal de Carreño. Gracias a ello, asumiendo la labor de editor, en 1987 pudo preparar para la publicación, tras un largo período de estudio y compilación, la segunda edición de Tradiciones cusqueñas (mucho más completa que la primera de 1960), junto con El origen de los nombres de las calles del Cusco (cuya primera edición había salido en 1951). Esta nueva versión de Tradiciones está precedida por un nutrido ensayo biográfico de Carreño, escrito por el editor.

En esta entrevista, Flavio Hermoza nos revela algunos detalles desconocidos sobre Ángel Carreño, conservados en el recuerdo y recuperados de su archivo. Y, por supuesto, nos habla sobre la historia, la trascendencia y el futuro de su obra.

CS: ¿Cómo usted llegó a conocer a Ángel Carreño?

FHE: Lo conocí de niño, aproximadamente a los cinco años. Cuando él llegó a nuestra casa, ya era muy anciano y mis padres me hablaron siempre de él como del abuelito que vino a visitarnos y que se iba a quedar en la casa. Esa fue mi primera imagen de él, una persona ya muy mayor, de más de ochenta años. Casi no podía caminar, estaba enjuto, y sin embargo tenía un rostro muy tierno. A mi modo de ver de entonces, era un abuelito muy pobre y desgastado. Necesitaba ayuda incluso para movilizarse. Recuerdo también cómo se sentaba en un sillón de mimbre a tomar sol por las tardes.

No teníamos con él una relación familiar. Prácticamente, mis padres lo tomaron en adopción de manera no oficial. Lo llevaron a la casa y se quedó ahí, creo, por lo menos unos dos o tres años. Se le asignó una habitación, a la que mi padre lo cargaba para hacerlo dormir.

Mi padre, quien trabajaba en la reconstrucción de monumentos, tuvo contacto con él cuando Carreño estaba viviendo en un cuartito de lo que fue, según recuerdo, el Museo Histórico del Cusco, que quedaba en la calle San Agustín, donde actualmente está el Hotel Palacio del Inca. No tenía a nadie, nadie reclamaba por él, ni le llevaba un pan. No tenía descendientes, ni otras personas allegadas. Yo creo que fue por ese motivo que mi padre se compadeció de él y lo llevó a la casa donde estábamos viviendo.

CS: ¿Qué imagen tiene de Carreño como persona y como literato?

FHE: Lo conocí en ese último par de años, guardo la imagen de él como de un hombre de avanzada edad, tranquilo, muy modesto, de rostro amigable. No era un cascarrabias.

Otra cosa es hablar de él como literato. Tuvo más producción literaria de lo que se conoce y de lo que yo he encontrado. Él mismo no se consideraba un escritor. En alguna parte habla de sí mismo como de un "escarbador” y “emborrona-papeles”. Escribía porque le nacía la afición y el deseo de averiguar y anotar las historias que rondaban en esta tierra en su época. Pero no se consideraba literato ni escritor, nada de eso.

Estuvo en diferentes círculos literarios, pero no como una gran personalidad, no creo que haya tenido estudios superiores o formación literaria académica. Pero siempre estaba al tanto de las historias, cuentos, chismes, para trasladarlos al papel desde un punto de vista mágico, místico, un poco espeluznante: todo lo que había escuchado sobre sacerdotes, templos, monjas, aparecidos, fantasmas, el diablo que viene a visitar a una mujer, como en el caso de Olavita. Todo ese mundo místico le fascinaba, y eso es lo que ha plasmado en sus tradiciones.

Buscaba, entre otras cosas, el porqué de los nombres de las calles del Cusco: Purgatorio, Ataúd, Siete Angelitos, Siete Diablitos, todo eso forma parte del folklore de nuestra ciudad y es donde él ha ido apuntando. Pero también le ponía un poco de misticismo, y su producción literaria contempla muchos aspectos emotivos, sentimentales, rescata lo que en el verbo popular se hablaba por entonces.

CS: ¿Cómo nació la segunda edición de Tradiciones Cusqueñas en 1987?

FHE: Cuando yo descubrí en la casa de mis padres todo el conjunto de papeles, libros y anotaciones de Carreño, todo celosamente guardado, me llamó mucho la atención y dije: "Esto se tiene que difundir, este legado debe tener una consecuencia". Me enfrasqué en la investigación, comencé a hurgar en sus apuntes y descubrí ese mundo maravilloso, al que él había dedicado toda su vida.

Así nació mi interés, porque nosotros, los cusqueños, tenemos una fuerte inclinación por nuestra historia. Y las tradiciones de Carreño alimentaron ese mi deseo de conocer la historia del Cusco. Me comprometí a sacar a la luz las tradiciones completas, porque el segundo tomo seguía inédito, antes se había impreso solamente el primero. He compilado ese segundo tomo con todos los materiales disponibles que él había dejado. Hice la tarea de organizar, catalogar, corregir los textos, tomando en cuenta todos los detalles minúsculos.

Después, en conversaciones con el alcalde Daniel Estrada, quien tenía una buena visión cusqueñista, llegamos a un acuerdo para enviar toda esa redacción que yo había hecho a Lima para su publicación.

Cuando terminó el periodo de Daniel Estrada, la publicación estaba aún en proyecto. Ingresó a la alcaldía Carlos Chacón Galindo, y él culminó la edición con el trabajo de imprenta.

Y así fue como salió el libro en el año 87, con el primer y el segundo tomo y, además, como anexo, El origen de los nombres de las calles del Cusco.

El trabajo preparativo llevó bastante tiempo, yo creo que por lo menos unos seis a siete años, porque no era una labor de dedicación exclusiva. Fueron años de investigación, de remover los papeles, de visitar los lugares que él menciona en sus tradiciones, verificar cada detalle que escribía. Y eso se ve en las notas de pie de página, que contienen comentarios y aclaraciones del editor sobre lo que se cuenta en las tradiciones.

CS: ¿Cuál es el valor y la importancia de la obra literaria de Ángel Carreño?

FHE: Él no fue un historiador, ni un antropólogo, ni un arqueólogo. No fue un investigador académico. Hay bastantes investigadores en esos campos, y muy buenos. Pero él, a través de esa su pasión, nos trae el concepto de leyendas históricas, de narraciones misteriosas, de fácil entendimiento para la gente. Pese a que él supuestamente participaba, como dije, en círculos literarios, siempre estuvo un poco al margen. Lo conocían como “el tradicionalista”, a imitación de Ricardo Palma y Clorinda Matto. De una manera alegre, divertida, misteriosa, fantástica, relata los hechos cotidianos, de lo que pasaba en la ciudad, y en alguna tradición, se presupone, hasta predice el futuro. Pero hay también un trabajo indirectamente antropológico en su obra.

Carreño vivió en una época en la que la presión religiosa todavía era muy fuerte y el catolicismo era muy influyente, pero él en sus historias muy disimuladamente ha mantenido una posición anticlerical.

CS: ¿Qué se sabe sobre la biografía de Ángel Carreño?

FHE: Era un artesano que arreglaba pianos, pianolas y órganos, el oficio que había aprendido en Italia, según demuestran algunos documentos que he podido revisar. Gracias a esa labor de reparar pianos, tenía entrada en los círculos de la alta sociedad, porque no cualquiera tenía un piano. Entonces, se llevaba de muy buena manera con las familias importantes de la ciudad.

Además, según he podido rastrear, su padre fue abogado. Tanto socialmente como económicamente él tuvo una vida, se puede decir, muy acomodada, que le permitió vivir holgadamente. Habla de ello el hecho de que haya viajado a Europa, haya estado en Argentina y en otros países, donde, supuestamente, desarrolló su talento para la música, que redirigió a la restauración y reparación de instrumentos de tecla.

Claro, los intelectuales lo tenían hacia un lado, porque no era un académico, pero tampoco era una persona que viviera en la necesidad o pobreza. Quizás eso haya cambiado en sus últimos años, cuando ya no tenía parientes, ni hermanos, ni descendencia. Eso tal vez haya llevado a muchos a pensar que él era una persona cuasi marginal. Hay todavía mucho por investigar. Yo tengo aún bastante material que no he podido revisar, de su puño y letra.

CS: ¿Qué nos falta todavía conocer sobre Ángel Carreño y qué proyecciones hay a futuro respecto a su legado?

FHE: De todas maneras, tengo la intención de dar a conocer más, develar algunos secretos y documentos inéditos. Una parte de esa información ya está en la introducción a la segunda edición de Tradiciones Cusqueñas, en la biografía que he hecho de Ángel Carreño, pero hay también otra documentación original.

Yo tengo preparadas y digitalizadas todas sus obras. Lo que más se conoce hoy son las tradiciones, junto con El origen de los nombres de las calles del Cusco. Yo he leído cada tradición como cincuenta veces, para descubrir algo más de lo que cuenta la historia.

Pero también están Esa plaga de tinterillos, que es una obra de teatro, al igual que El rapto de Olavita, cuyos ejemplares originales los tengo muy bien guardados. Todo eso se podría retomar y hacer una publicación, está listo para entrar a imprenta. Esa plaga de tinterillos todavía sigue vigente en nuestros días, y la palabra “tinterillo” se maneja hasta ahora. En El rapto de Olavita Carreño habla desde un punto de vista religioso y místico sobre la lucha del bien y del mal, el Dios y el demonio, según las costumbres  de esa época.

Carreño también escribió poesía y fue inventor. Hay un invento suyo que se llama “breque de retén”, que es una herramienta mecánica para trenes, un freno de emergencia. Son detalles muy interesantes de su personalidad.

CS: ¿Qué influencia ha tenido en la vida de usted la figura de Ángel Carreño?

FHE: Desde muy niño, yo he sido una persona muy inquieta. Me ha gustado siempre construir algo. Muchas veces algo que encontraba lo desarmaba y lo volvía a armar. Me gustaba dibujar, en mi barrio era conocido como dibujante y todos me buscaban para que les hiciera sus trabajos de dibujo.

Gracias a Carreño, también se me ha despertado la idea de escribir. He estado escribiendo desde muy joven, eran pequeños cuentos sobre mi familia, sobre las mascotas que teníamos y cosas así. En los años posteriores seguía cultivando el arte y la literatura. Actualmente ya no, desde hace muchísimos años lo dejé debido a la carrera que ejerzo. Soy ingeniero electricista, estoy muy metido en las matemáticas. El trabajo me ha desviado, se puede decir, de ese hobby, de esa pasión que yo tenía antes.

Tengo una formación científica, he estudiado en Alemania mis primeros años. He viajado por muchos sitios, he recorrido más de medio mundo. He visitado lugares muy extraños, muy diferentes. Muy adelantados y también muy deprimidos. Actualmente manejo una asociación de ayuda a los niños con cáncer en la región del Cusco y en el sureste del Perú, y eso me permite visitar pueblos y comunidades campesinas, ver sus problemas de todo tipo y atender también a niños en situación de vulnerabilidad y familias que viven en extrema pobreza, llevándoles ayuda. Y quizá en parte esa voluntad de servicio, de atención, de apoyo a los más necesitados, también viene desde la época de Carreño, porque él me ha permitido conocer diferentes aspectos de la sociedad. Siempre una cosa está concatenada con otra.

Ahora tengo un tiempo bastante recargado, porque tengo otras responsabilidades. Y sin embargo, yo creo que siempre hay un tiempo para dedicarse a una u otra cosa. Solo hay que darle la paciencia y la motivación necesaria. Y se puede ganar ese espacio que le permita a uno encontrarse consigo mismo.

Imágenes de archivo: cortesía de Flavio Hermoza Espinoza.

*Flavio Hermoza Espinoza es ingeniero electricista por la Universidad Nacional de San Antonio Abad; cónsul honorario de la República de Austria en Cusco; cofundador de la Asociación Cultural Peruano-Alemana Región Inca (ACUPARI); y presidente fundador de la Asociación Peruano-Alemana de Lucha contra el Cáncer Infantil en la Macrorregión Sureste del Perú.

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