Cuando se habla del día de Garcilaso en el contexto de la literatura
universal, encontramos marcado en el calendario el día veintitrés de abril, por
ser la fecha en que se conmemora la muerte de tres insignes escritores. La
leyenda cuenta que el veintitrés de abril de 1616 partieron a la eternidad William
Shakespeare, Miguel de Cervantes Saavedra y el Inca Garcilaso de la Vega, todos el mismo día.
Los expertos discrepan y dan razones de peso para rebatir esta efeméride.
En el caso de Shakespeare, padre de la literatura inglesa, señalan como cierta esa
fecha, pero debemos aclarar que en aquel tiempo en Inglaterra era vigente el
calendario juliano, lo que crea una diferencia de casi diez días con el
calendario gregoriano que ya se usaba en España. En el caso del creador del
Quijote, si bien lo enterraron el veintitrés, habría muerto el día veintidós. Lo
que sí es indudable es que en la fecha señalada como día de las letras falleció
nuestro primer cronista mestizo cusqueño, y de él queremos hablar de nuevo en
este artículo.
Antes de los Comentarios Reales
Muchos hemos
tenido referencias escolares y nos hemos acercado a la obra y la vida del Inca
Garcilaso a través de sus Comentarios Reales, presentados como un tratado
magistral sobre nuestros antepasados incas. Fue un texto muy celebrado en los
años posteriores a su publicación, trascendental para construir el legado
simbólico del Cusco, a tal punto que luego de la gran rebelión de Tupac Amaru
II fue prohibido por el virreinato español en sus últimos años. Es una obra
fundamental que nos da referencias para entender al Tawantinsuyu y cómo éste se
transformó en el Perú colonial tras la llegada de los españoles. Es, sin duda
alguna, literatura histórica que funda nuestra identidad.
Sin
embargo, tenemos que recordar que antes de los Comentarios Reales Garcilaso
escribió La Florida del Inca, y lo hizo con una calidad narrativa
extraordinaria y una visión literaria superlativa. En estas líneas queremos
acercarnos a esa obra para comprender su relevancia en el contexto de la
literatura épica en español, en una época marcada por grandes escritores y por
un contexto que enaltecía las acciones de los conquistadores en el Nuevo Mundo.
La idea es desentrañar las motivaciones y referencias que empujaron al Inca en
esta dirección para ensayar su mirada y pluma de cronista historiador.
Del Cusco a Norteamérica
La Florida cuenta las
hazañas militares y desventuras de la expedición de Hernando de Soto en su
intento de conquistar la península cercana a Cuba, que hoy en día es una de las
puertas de entrada a los Estados Unidos de Norteamérica. Desde nuestra perspectiva
actual, esta historia no parece tener mucha cercanía con los incas o el Cusco,
o al menos así parecería a la distancia de casi cinco siglos. En estas líneas buscaremos
el vínculo en cuestión.
Hernando
de Soto llegó al Perú con la expedición de Pizarro en 1532, fue parte de los
sucesos de Cajamarca que llevaron a la captura de Atahuallpa. Desde Cajamarca
fue enviado hacia el Norte y luego en una avanzada al Cusco como parte del plan
de la conquista del territorio andino. Cuentan algunos testimonios que Soto fue
uno de los españoles que mejor relación entabló con el soberano Inca, y que la
decisión de alejarlo de Cajamarca respondía a la sospecha de que, llegado el
momento de su ejecución, éste se opondría.
Hernando
de Soto, en su paso por el Perú, disputó arduas batallas contra las huestes de
Quisquís, general de Atahuallpa, en diversos puntos de los Andes. En una de
esas batallas Soto tuvo que ser auxiliado por Diego de Almagro antes de llegar
a nuestra Ciudad Imperial. Una primera aproximación nos esboza a Soto como
compañero de armas del capitán Sebastián Garcilaso de la Vega, padre de nuestro
cronista, durante la conquista del Perú y, con seguridad, una figura relevante
en la gesta épica de la sujeción del Imperio Inca.
Posterior
a la caída del Tawantinsuyo, en 1537, Soto decidió regresar a España con la
jugosa parte del botín de los incas que le correspondía. En Sevilla contrajo
nupcias con doña Inés de Bobadilla, una acomodada aristócrata de Castilla con conexiones
familiares en la corte del rey Carlos.
El militar
español había tenido conocimiento de la fracasada aventura de Pánfilo de Narváez
en pos de la conquista de la Florida y estaba decidido a retomar esa empresa
con el fin de hacerse un nombre como Cortés y Pizarro. Sus influencias ante el
emperador le permitieron obtener el título de gobernador de Cuba para partir desde
ahí en la expedición a la Florida.
En mayo
de 1539 dejó Cuba junto a 600 hombres, desembarcando donde se encuentra hoy la
ciudad de Bradenton. Desde ahí continuarían a caballo en lo que significaría un
recorrido por los montes Apalaches que comprendería los territorios de los
actuales estados de Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte y Tennessee.
Batallas y escaramuzas con los naturales marcaron un difícil camino en busca de
una ciudad comparable en esplendor con Cusco o Tenochtitlan, destino que nunca
encontraron.
Hernando
de Soto perdió la vida a la orilla del río Misisipi el 21 de mayo de 1542 a
causa de una fiebre fulminante. Fue su voluntad la de dejar a cargo de su
misión al adelantado Luis de Moscoso, quien en corto tiempo y sin éxitos
aparentes dio por concluida la expedición.
Las fuentes de La Florida
Los sobrevivientes
de ese periplo recularon en México. Algunos regresaron a España, otros vinieron
al Perú. Uno de ellos sería Gonzalo Silvestre, principal informante del Inca
Garcilaso. Nuestro cronista lo habría conocido en el Cusco en 1553, a la edad
de 14 años, y de este personaje recibió las primeras noticias de la aventura
norteamericana.
La Florida del Inca narra
con gran detalle y precisión las peripecias de esa gesta
conquistadora. Tal grado de minuciosidad se logró gracias a que Garcilaso contó,
además, con el testimonio de Alonso de Carmona, otro sobreviviente de la expedición
capitaneada por Soto, autor de un texto denominado Peregrinaciones, que
el Inca recibiría en 1591, ya afincado en Córdoba. Pero no fueron solo estos
dos testimonios los que marcaron la decisión de Garcilaso de escribir La
Florida, hay también una razón familiar y otra política.
Los parentescos
Era una
costumbre que los conquistadores del Perú se emparentasen con la nobleza inca a
través de alianzas con sus descendientes femeninas. Esas uniones, de hecho, elevaban
el estatus de los forasteros en el panorama local y tuvieron como fruto a los
primeros mestizos, entre ellos estaba el Inca Garcilaso.
Hernando
de Soto no fue ajeno a esta política de alianzas. De su enlace con una noble
viuda llamada Curicuillor (conocida también como Tocto Chimbu) nació en el Perú
doña Leonor de Soto, que tenía cierto grado de parentesco con nuestro cronista,
al ser también nieta de Huayna Cápac. Podemos encontrar esta referencia en la Miscelánea
Antártica de Miguel Cabello Valboa.
La hija
de Hernando de Soto luego de la partida de su padre y la muerte de su madre
contrajo matrimonio con García Carrillo, un español que vivía en el Cusco, con
quien tuvo descendencia en nuestra ciudad.
Una epopeya geopolítica
Explicados
los motivos del parentesco con Hernando de Soto, vamos a delinear la dimensión
política. Norteamérica a principios del siglo XVII ya era pretendida por el Imperio
Británico y por Francia que se habían lanzado al Atlántico en busca de nuevos territorios
de ultramar.
El
contexto competitivo hacía necesaria una evidencia cronística de las incursiones
españolas en esos territorios. Al libro del Inca se le suma una serie de textos
que dan cuenta de la expedición de Hernando de Soto como el de Luis Hernández
de Biedma, el del Fidalgo de Elvas y el de Rodrigo Ranjel, secretario del propio conquistador, cuyo testimonio fue recogido por el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo.
Todos
ellos pretendían asentar el precedente de que esos territorios habían ya sido
reclamados desde la experiencia colonizadora y evangelizadora de España.
El valor literario de La Florida
Conocidos
ya los motivos y las fuentes que dieron vida a La Florida del Inca, vamos
a matizar ahora algunos aspectos de la forma en que fue escrita.
Sylvia
Lyn Hilton, destacada historiadora americanista de la Universidad Complutense
de Madrid, responsable de tres ediciones críticas de La Florida que
salieron en los años 1982, 1986 y el 2002, menciona lo siguiente:
La Florida del Inca se ensalza y se lee
hoy con sumo placer, por su limpia y reluciente belleza literaria, pues es, sin
duda, la más perfectamente construida y la más poética de las obras del Inca
Garcilaso.
Por su
parte, Carmen de Mora Valcárcel, catedrática de literatura hispanoamericana de
la Universidad de Sevilla, cuya edición de La Florida mereció el
Premio José Vasconcelos de México, dice lo siguiente:
Desde el punto de vista formal, La Florida del Inca es el libro más logrado del Inca
Garcilaso. Estamos frente a un prodigio literario que engloba la figura del
mestizaje armónico en una visión total de su tiempo. (Ver el video completo aquí.)
Ricardo
González Vigil, responsable de la última edición de La Florida del Inca
a cargo de la Universidad Garcilaso de la Vega en 2013, sostiene:
La obra posee una textura narrativa más
fluida, dosificada y artísticamente “redonda” (favorecida porque abarca un
tiempo muy breve, de pocos años, con el nítido protagonismo de Hernando de
Soto, mientras que Comentarios Reales comprende siglos
y un copioso elenco de Incas y conquistadores).
La Florida del Inca reflejando su tiempo
La
profunda erudición de estos especialistas, quienes estudiaron al cronista
mestizo en sus textos introductorios, nos da claves para reconocer algunos
elementos fundamentales en La Florida.
El heroísmo
épico es parte de la estética de la época determinada por la literatura de
conquistas imperiales, inspirada en la Ilíada o la Eneida. Garcilaso
no solo narra una serie de hechos cronológicos, sino que los eleva al nivel de
la literatura clásica. Presenta a Hernando de Soto como un héroe cristiano,
valiente y magnánimo, que se aventura a una conquista evangelizadora, moldeando
así una política imperial y canalizando los designios divinos.
Por
otro lado, Garcilaso idealiza a los nativos norteamericanos, a diferencia de
muchas otras crónicas que deshumanizaban al indígena. Describe a los caciques
locales como guerreros valientes con principios y juicio moral, dignos
adversarios de una cruzada civilizadora.
El Inca
se sitúa como un intérprete no solo de lenguas sino de realidades. Interpreta
las versiones de otros cronistas que no entendían la psicología del indígena, sintiéndose
involucrado y aludido. Intenta demostrar que el honor y la nobleza son valores universales
que residen tanto en españoles como en nativos.
Historia y ficción
Garcilaso
no fue testigo directo de los acontecimientos, se basó en los testimonios de
Gonzalo Silvestre y en los textos de Alonso de Carmona. Esto le permite usar
técnicas de la novela de caballería para rellenar vacíos. Los personajes a
menudo pronuncian discursos largos y elegantes que parecen salidos de una
tragedia clásica, lo que añade dramatismo a la narración.
El
escenario en el que se desarrolla La Florida del Inca, más que un lugar
geográfico concreto, es un espacio idealizado, peligroso y lleno de misterios,
con muchas contradicciones, ya que se configura como una tierra fértil y rica,
pero donde los expedicionarios mueren de hambre y desesperación.
Finalmente,
este es un viaje melancólico que describe un fracaso, agregando una capa de
humanidad al relato.
Los
invitamos a descubrir este maravilloso libro de Garcilaso que abre una
dimensión mayor de su horizonte cronístico, y los dejamos con este pasaje que
refiere el triste final del gobernador Hernando de Soto:
Por lo cual acordaron enterrarlo de noche,
con centinelas puestas, para que los indios no lo viesen ni supiesen dónde
quedaba. Eligieron para sepultura una de las hoyas grandes y anchas que cerca
del pueblo había en un llano, enterraron al famoso adelantado Hernando de Soto con
muchas lágrimas de los sacerdotes y caballeros que a sus tristes obsequias se
hallaron.
Y el día siguiente para disimular el lugar donde
quedaba el cuerpo y encubrir la tristeza que ellos tenían, echaron nueva por
los indios que el gobernador estaba mejor de salud, y con esta nueva subieron a
sus caballos e hicieron muestras de mucha fiesta y regocijo corriendo por el
llano y trayendo galopes por las hoyas, cosas bien diferentes y contrarias de
las que en sus corazones tenían, que deseando poner en el mausoleo o en la
aguja de Julio Cesar al que tanto amaban y estimaban, lo hoyasen ellos mismos
para mayor dolor suyo.
Capítulo VIII del libro
quinto de La Florida Del Inca
LEAN Y DESCARGUEN AQUÍ “LA FLORIDA DEL INCA” (SEGUNDA EDICIÓN, 1723).
Literatura recomendada:
Cabello Valboa, Miguel. Miscelánea
Antártica, una historia del Perú antiguo. Lima: Instituto de Etnología de
la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1951.
Chang-Rodríguez, Raquel. Franqueando
fronteras: Garcilaso de la Vega y “La Florida del Inca”. Lima: Fondo Editorial
PUCP, 2006.
Garcilaso de la Vega. La Florida del Inca.
Edición, introducción y notas de Sylvia-Lyn Hilton. Madrid: Fundación
Universitaria Española, 1982.
Garcilaso de la Vega, Inca. La Florida del
Inca. Lima: Fondo Editorial de la Universidad Garcilaso de la Vega, 2013.