Corría
el año 1949. En las centenarias calles del Cusco, irradiando destellos plateados,
de pronto apareció un vehículo jamás visto por estos lares. Hacía mucho tiempo
que automóviles dejaron de ser una novedad en la Ciudad Imperial, pero un auto
de esta forma y procedencia se veía por primera vez. Se trataba de un Tatra 87,
oriundo de Checoslovaquia.
El
Tatra arribó al Cusco ya un tanto desportillado y lesionado, pues en los meses
anteriores había cruzado todo el continente africano, de norte a sur, y la
mitad de Sudamérica, atravesando Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y
Bolivia. A pesar de todos los aprietos y exigencias del tan largo recorrido, el
valiente automóvil aguantaba estoicamente las accidentadas subidas y bajadas
por los adoquines cusqueños, manteniendo el inquebrantable espíritu y la buena
presencia en espera de una próxima reparación.
Al
interior del Tatra viajaban dos jóvenes checos: Jirí Hanzelka y Miroslav Zikmund.
A
mediados del siglo XX, la antigua capital inca ya estaba habituada a recibir
visitas de extranjeros de todas las partes del mundo. Pero checos (pobladores
de la parte checa de la entonces República de Checoslovaquia) no contaban entre
sus huéspedes más frecuentes. Recientemente liberada de la ocupación alemana, Checoslovaquia
a fines de los años 40 recobraba fuerzas, reconstruía su economía y pretendía
entablar relaciones de cooperación y comercio con distintas regiones del globo.
El
principal motivo, y el propósito oficial, de la audaz travesía de Hanzelka y
Zikmund no era turismo o publicidad periodística. Su tarea era actuar como
embajadores oficiales de la empresa automovilística Tatra, conocida y reputada
en Europa, pero con relativamente pocas conexiones fuera de ese continente. Los
dos jóvenes tenían como objetivo extender sus lazos y hacer contratos con entidades
públicas y privadas en distintos países del mundo para la exportación de sus
productos. En otras palabras, su misión principal (en teoría) era la de una
delegación de negocios. La historia, como veremos a continuación, les deparaba
otro destino.
Miroslav
Zikmund, el mayor de los dos, nacido en 1919, y Jirí Hanzelka (su nombre de
pila se lee “Yirshi”, la versión checa de “Jorge”), un año más joven, se
conocieron en 1938 en la Escuela de Negocios en Praga. De inmediato se hicieron
grandes amigos, pues ambos compartían una pasión por los viajes y una
inagotable curiosidad por conocer otras latitudes, más allá de las fronteras de
su país. Los dos optaron por la carrera de ingenieros comerciales, que abría ante
ellos la posibilidad de recorrer el mundo. Para su frustración, la Segunda
Guerra Mundial puso en pausa por varios años sus estudios y planes. Mientras
duró ese período de opresión e incertidumbre, leían sobre las tierras lejanas
de sus sueños y trazaban unas rutas imaginarias en los mapas.
Una
vez terminado el conflicto bélico y levantada la ocupación alemana, retomaron
sus estudios, graduándose en 1946, y empezaron a pensar seriamente en
materializar sus ambiciosos proyectos. Con un grueso expediente bajo el brazo, un
portafolio lleno de mapas, datos geográficos y estadísticas económicas,
abordaron a la empresa Tatra, proponiéndole oficiar de sus representantes en
una gira comercial alrededor del mundo. Los directivos de Tatra quedaron tan
impresionados por el minucioso trabajo previo y la metódica planificación de la
propuesta que accedieron a prestarles a los jóvenes ingenieros, a pesar de su
corta edad y escasa experiencia (ninguno de los dos había cumplido 30 años), un
Tatra 87 plateado, su modelo estrella, que servía como la mejor tarjeta de
presentación de la compañía ante cualquier potencial mercado.
Alentados
por este éxito, Hanzelka y Zikmund consiguieron fondos adicionales para su
prometedor recorrido de larga duración, que iba a llevar varios años. El
principal aporte monetario venía del Banco de Checoslovaquia, dinero que luego
fue recuperado gracias a los contratos firmados. Entre los recursos obtenidos
estaban equipos de fotografía y filmación, pues el registro de los viajes se
planteaba como una tarea complementaria, que inicialmente debía fungir de herramienta
publicitaria.
Así,
el 22 de abril de 1947 comenzó su épica aventura geográfica, que duró hasta
noviembre de 1950 y los llevó a través de 44 países en Europa, África y ambas
Américas, cubriendo la distancia total de 111,000 kilómetros.
La
primera prueba de resistencia, que los esperaba en Libia, fue una irremediable
avería del auto. No obstante, eso no desanimó a los amigos, tampoco disuadió a
la empresa. La compañía Tatra decidió sustituir el carro inhabilitado por otro,
que, a la sazón, se encontraba en un local comercial relativamente cerca.
Pensando
generar un impacto en los medios, los viajeros habían hecho un acuerdo con la
Radio Checoslovaca de Praga para presentar un programa semanal, dedicado especialmente
a sus experiencias. Dado que no tenían posibilidades de transmitir audios en
vivo de cada lugar de su trayecto, escribían los guiones y los enviaban por
correo postal a Praga. En la radio, sus narraciones eran leídas por dos actores.
Durante todo el viaje, redactaron 702 reportajes radiales.
Ya
llegando a Argentina, pasado más de un año desde el inicio de su travesía, Jirí y Miroslav se enteraron del verdadero efecto
mediático de sus misivas. La Radio Checoslovaca les envió a través del
Atlántico una copiosa colección de cartas escritas por sus maravillados oyentes,
quienes seguían con emoción sus pasos, esperando con ansias cada nueva edición
del programa. Aunque las negociaciones comerciales seguían siendo su prioridad,
los dos embajadores de Tatra empezaron a prestar más atención al aspecto periodístico
de su labor, descubriendo su auténtico valor y peso.
De
sus guiones radiales y diarios de campo salieron en los años posteriores siete
libros: tres tomos sobre África y cuatro sobre América Latina: Detrás del
río está Argentina (sobre Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil), Cruzando
cordilleras (norte de Argentina, Bolivia y Perú), A los cazadores de
cabezas (Ecuador) y Entre dos océanos (Centroamérica y México). En
el segundo de estos libros, que se llama Cruzando cordilleras (Pres
Kordillery), encontramos unos capítulos que hablan sobre su paso por el sur
del Perú y el Cusco, donde tuvieron una estadía breve pero nutrida de vivencias
y recuerdos. Citaremos a continuación algunos párrafos de este libro.
Los
apuntes de Hanzelka y Zikmund llevan una inconfundible impronta de bocetos de
viaje, directos y espontáneos, fijados por escrito poco tiempo después de
vivida la experiencia. Su mirada es empática y emotiva, llena de frescura y sensibilidad
propias de la juventud. Es una visión, sin duda, matizada por la postura
política compartida de los dos amigos, una óptica de la izquierda liberal
europea de corte socialdemócrata, que caracterizaba el período de posguerra,
cuando su idealismo aún no había marchitado bajo el mortífero hálito de la
dictadura.
Un
segmento significativo de la sociedad ilustrada de Checoslovaquia, país
liberado de la invasión nazi por las tropas soviéticas, al principio abrazó con
euforia los lemas de igualdad y justicia social, promovidos por el Partido
Comunista checoslovaco y sus aliados. De ese sincero entusiasmo juvenil está
teñida la narrativa de Hanzelka y Zikmund, que muestra un ángulo distinto al de
otros autores extranjeros que escribían sobre el Perú en la misma época. También
se percibe el evidente afán por sensaciones extremas y detalles exóticos, natural
para alguien que por primera vez recorre un continente lejano.
Aunque
su prioridad eran los acuerdos comerciales para Tatra, los checos se esmeraron
en repasar algunas fuentes bibliográficas sobre geografía, historia y cultura
de cada lugar en su trayecto. En los países andinos, obviamente, los atraía la
mágica y poderosa fama del Imperio Inca. Sus lecturas deben haber sido
escogidas más o menos al azar: eran los libros que habían logrado conseguir en
su patria, a los que probablemente se sumaron unos cuantos leídos durante el
viaje.
Por
ejemplo, se sabe con certeza que tomaron datos de la magistral obra La épica
de América Latina (The Epic of Latin America) del estadounidense John
Armstrong Crow, profesor de la Universidad de California en los Ángeles, volumen
que había salido por primera vez poco antes, en 1946. Otro libro que mencionan
es Indígenas de las Américas (Indians of the Americas, 1947) de John
Collier, ex comisario de Asuntos Indígenas en el gobierno de EE.UU.
(1933-1945), científico social y activista. Previsiblemente, en su lista
bibliográfica no podía faltar el clásico opus Conquista del Perú de
William Prescott. Como vemos, a pesar de su apasionada perspectiva
anticapitalista, la mayoría de los autores citados por ellos eran de origen
estadounidense.
Una
excepción en este catálogo de nombres es un autor, quizás menos docto en las
sutilezas de la historia sudamericana, pero definitivamente más cercano a
nuestros héroes: Josef Korenský, educador, viajero y escritor checo. Korenský murió
en 1938, año en que Hanzelka y Zikmund se conocieron. Hizo viajes alrededor del
mundo, pero nunca estuvo en el Perú personalmente. Entre sus numerosos tratados
está uno titulado América, que se publicó todavía en 1899, con un
panorama sumamente esquemático e idealizado de la cultura inca, en el que
traslucen claramente unos destellos de Garcilaso de la Vega. Hanzelka y Zikmund
incluyeron en su libro una extensa cita de esa obra, aun reconociendo en ella
algunos evidentes lapsus.
Así
se presentaba la sociedad inca ante los ojos de los jóvenes ingenieros a partir
del exhaustivo hervor de los ingredientes arriba enumerados:
Los incas lograron
adoptar y enriquecer la antigua cultura que heredaron de estas tierras
(Altiplano). Su capacidad organizativa fue notable; no menos asombrosa fue su
comprensión del gobierno justo. Fueron los primeros en crear un gran imperio
que no esclavizó a los pueblos subordinados. Los incas se convirtieron en
ciudadanos plenos y, al mismo tiempo, comunes, de las tierras anexadas, cuyos
habitantes, a su vez, recibieron igualdad de derechos en la metrópoli. Una red
de caminos se extendió por todo el territorio inca, conectando incluso regiones
a las que las civilizaciones del siglo XX, con su tecnología altamente
desarrollada, no lograron llegar. Los incas demostraron ser maestros,
implementando la producción agrícola en las condiciones más difíciles. Sus
sistemas de irrigación han sobrevivido a los siglos, y sus campos en terrazas,
reforzados en laderas empinadas con bastiones de piedra, aún sirven como fuente
de sustento para los indígenas de la sierra. Los incas eran igualmente hábiles
cirujanos, matemáticos, arquitectos, agrimensores y astrónomos. No conocían el
concepto de dinero. En su imperio, todos trabajaban lo mejor que podían y
recibían lo que necesitaban. El oro y la plata eran considerados metales
sagrados, regalos de los dioses Sol y Luna. Se utilizaban para decorar los
templos y no poseían valor monetario.
Este
pasaje da una ilustración perfecta del utópico “socialismo inca”, aderezado con
la romántica fe en el “buen imperio” o “imperio sin imperialismo”.
Ya
en las tierras del antiguo Tawantinsuyu, acercándose a la frontera peruana
desde Bolivia, por la ruta de Desaguadero, sintieron en carne propia el
contraste entre la legendaria alta ingeniería vial inca y el patético estado de
las carreteras que les tocaba transitar:
En casi todos los países
sudamericanos, las carreteras cerca de la frontera están en tales condiciones
que pareciera que más allá de los puestos fronterizos se acaba el mundo. Claro,
nadie quiere traspasar el fin del mundo, así que ¿para qué construir carreteras
decentes que lleven a esos puestos? Baches tras baches, surcos profundos,
bordes de la carretera desmoronados. Tenemos que conducir a paso de tortuga. Aun
así, temblamos, temiendo por los bajos del coche. “Qué tal bienvenida para los
conductores que llegan a Bolivia desde Perú”, pensamos tres horas después, tras
recorrer los primeros diez kilómetros por las tierras peruanas.
Así
se produjo la entrada de esta pequeña expedición al Perú, país cuyo territorio
equivalía a diez Checoslovaquias y aún quedaba un saldito.
La
indudable ventaja de viaje por tierra con auto propio tenía también sus lados
negativos. El pobre Tatra ya había sufrido serios daños en Bolivia y pedía a
gritos el cambio de algunos repuestos, problema que les causaba a sus
conductores no pocos dolores de cabeza. Al cruzar la frontera peruana, la
carretera mejoró sustancialmente, pero en su lugar surgió otro inconveniente,
tal vez de peso mayor para quienes venían de la Checoslovaquia socialista.
En
1949 el Perú se encontraba en los primeros años del gobierno de Odría, empeñado
en erradicar todo lo que olía a ideas de izquierda. No es de sorprenderse que
Hanzelka y Zikmund no se hayan sentido muy a gusto en ese ambiente. Así
describen sus primeras experiencias en los caminos peruanos:
En ninguno de los casi
treinta países que visitamos nos habíamos encontrado con una situación similar:
tras el primer control aduanero, militar y policial en la frontera, las mismas autoridades
competentes estatales, con obtusidad y sin ninguna razón lógica aparente, cada
vez exigían a los visitantes nuevas dosis de paciencia durante una tediosa
revisión del equipaje, repitiendo sin cesar todo el procedimiento como una
máquina de relojería.
“Eso significa que no
confían en sus propias instituciones, que ya hicieron este trabajo apenas unos
kilómetros antes que ustedes”, - no pudimos evitar comentar durante la octava
inspección, idéntica al control fronterizo. “Ese es nuestro problema”, - espetó
el jefe de policía.
Al final de nuestro
primer día en la República del Perú, habíamos comprendido el sentido de la
advertencia que nos había estado inquietando durante mucho tiempo: “Van a
viajar a un país en el que hace dos años se instaló el estado de sitio”, - nos
decían en Bolivia y Argentina con manifiesto sarcasmo.
Los
pueblos ubicados a lo largo de la carretera Puno – Cusco les causaron una
impresión francamente deprimente. En sus apuntes,
contraponen la miseria de los pequeños poblados a la supuesta prístina pureza
del campo, haciendo unas anotaciones muy causticas sobre los alojamientos en
esos pueblos, que no vamos a reproducir aquí. En cambio, según ellos, el
hipotético “hombre rural”, una versión mejorada del “buen salvaje”, habitaba en
una especie de paraíso primigenio, donde no había que perturbar su pureza. La decadencia
y la pobreza nacían cuando ese entorno virginal se veía contaminado por la
maligna influencia de la civilización:
Aunque estos pueblos sirven como puestos de avanzada de
la civilización en el interior del Perú, se convierten finalmente en refugios
insalubres y empobrecidos para quienes han perdido la oportunidad de vivir
entre campos agrícolas y pastizales. Además, acuden aquí personas que no han
encontrado medios de subsistencia o que no se han ganado la
"benevolencia" de las fuerzas del orden en la costa civilizada. Pero
apenas uno abandona las calles deterioradas de un pueblo provinciano, ingresa
de inmediato en las tierras de los indígenas —pastores y agricultores— espacio
de aire puro, montañas puras y gente pura.
La tan llorada y soñada pureza del
hombre andino, la encontraron nuestros checos en el valle del Vilcanota, que
por aquellos años no se había convertido aún en el hub turístico de hoy:
El valle del río sagrado es muy diferente de todos los
demás lugares habitados por indígenas que hemos encontrado hasta ahora. La
gente que vive aquí es también distinta. No son como los nativos demacrados por
el hambre, las enfermedades, el alcohol y la coca, que viven en estado de decadencia
en el altiplano boliviano, ni como los pastores empobrecidos de las laderas de
la Cordillera Oriental. Tampoco son como los mineros esclavizados de Potosí y
Oruro, ni como los pobladores subyugados de la región de Cochabamba. Hay algo
cautivador e indomable en los indígenas del valle del río Vilcanota. Son personas
libres e invictas, altas y fuertes, silenciosas, llenas de desconfianza y un
desprecio apenas disimulado hacia los extranjeros. Todavía visten sus trajes
tradicionales: los hombres llevan chaquetas coloridas y las mujeres faldas de
tela fina.
¿Qué hubieran dicho los dos
viajeros al ver hoy la metamorfosis acontecida con este valle y sus habitantes
en las décadas transcurridas? Pero en aquel momento, ante sus miradas
maravilladas y desde su imaginario nutrido por los escritos novelados de Korenský, los campesinos de la cuenca de Vilcanota personificaban
a la cultura autóctona genuina, una rareza en peligro de extinción:
Los indígenas de este valle y de toda la región montañosa
circundante a Cusco nunca se sometieron por completo a los invasores europeos.
Aquí existió un centro de resistencia heroica durante más de doscientos años.
Solo la última generación de indígenas del Valle de Vilcanota presenció la
verdadera penetración de los blancos en su tierra. El antiguo camino inca fue
ensanchado y adaptado para el tránsito de automóviles. Sin embargo, a pesar de
ello, los carros son raros en esta zona.
Cabe notar que en este párrafo
Hanzelka y Zikmund, al parecer, confunden las zonas de Vilcanota y Vilcabamba
(lugar que no llegaron a visitar), retratando la primera de ellas como el
bastión inexpugnable de la resistencia indígena contra el malvado hombre
blanco, portador del contagioso germen de la modernidad. La escasa presencia
del transporte moderno en el valle en la década de 1940 es, sin embargo, un
detalle bastante verosímil.
La idea del conflicto entre el
virtuoso y sabio mundo indígena y el cínico y codicioso colonizador llega en el
libro a su punto culminante cuando nuestros héroes llegan al Cusco. Lo llaman
“ciudad de los dioses”, pero es, al mismo tiempo, la máxima expresión de la
tragedia histórica, la metáfora viva de esta lucha sanguinaria y desigual:
He aquí, ante nosotros, el Cusco. El corazón del gran
país de los incas. En corazón sin sangre. El corazón de un cuerpo estrangulado,
roído por los parásitos.
Y en otro párrafo:
Los educados incas los saludaron a los españoles con la
mano extendida; los españoles se la cortaron y le arrancaron el oro.
Es difícil imaginar una imagen más
gráfica y dramática. La antigua cultura, de incomparable grandeza, yace en
ruinas, y sobre sus tristes restos pululan los descendientes de los maléficos
conquistadores, ejerciendo su poder y dominación, mientras los nietos de los
incas, venidos a menos, corrompidos por la lepra de la modernidad, son una
pálida sombra de las glorias perdidas de sus ancestros.
Pasados veinte años de la
publicación de El nuevo indio de Uriel García, este esquema se ve
bastante anacrónico, pero la narrativa de esa índole aún conservaba una gran
vitalidad tanto en la percepción externa del Cusco y el Perú como en el discurso
construido “desde adentro” y orientado “para exportación”, siendo recibido con
avidez por el emergente y pujante turismo.
El Cusco se presenta ante Hanzelka
y Zilmund como una ciudad congelada en el tiempo, sumamente arcaica, tanto en
sus formas arquitectónicas como en sus costumbres y el ritmo de su vida
cotidiana:
En ninguna otra ciudad de Latinoamérica, con la excepción
de Potosí, se percibe una atmósfera tan vívida de la época de los primeros
colonizadores del continente americano como en Cusco. Si uno pasea por las
calles de esta antigua capital de la sierra y se asoma por las ventanas y
puertas de las viviendas, tiendecitas y talleres de artesanos, a la penumbra de
iglesias y monasterios, mira los rostros de la gente, parecen desvanecerse los
carteles publicitarios, los letreros de neón, los cables telefónicos y demás
elementos del siglo XX. De repente, uno se encuentra entre las antiguas casas
de patricios españoles de los siglos XVI y XVII.
Por los comentarios de Hanzelka y
Zikmund, se hace evidente que sus guías y anfitriones, a quienes no nombran
directamente, desplegaron ante ellos todo su arsenal de folclore histórico y
leyendas urbanas. Pero sus pasajes más intuitivos y conmovedores son aquellos
que describen las experiencias directas y las situaciones concretas vividas por
los checos en la Ciudad Imperial. En sus páginas encontramos unos bocetos
espontáneos y agudos como este:
¿Cómo es el Cusco hoy? Uno recorre sus callecitas
sinuosas, de tienda en tienda. Muchas están repletas de parafernalia religiosa,
montones de estampas, crucifijos, libros de oraciones, rosarios, candelabros y
estatuillas baratas. Los pasillos están llenos de velas ricamente decoradas,
hechas de cera multicolor, con escenas de la vida de santos; las velas están
cubiertas de imágenes y cintas de papel aluminio con colores festivos. Entras
en una tienda y te quedas paralizado de asombro. Es como entrar en una cueva
escasamente iluminada, con innumerables estalactitas colgando del techo. ¿Son
depósitos de piedra caliza? Claro que no. Son velas que compran los burgueses
adinerados para poner en las iglesias a sus santos benefactores, según el
rango.
—¿Cuánto cuesta una vela así?— No pudimos resistir la
tentación de preguntar por el precio de una bendición recibida a cambio de un
tronco de cera de dos metros de largo y veinte centímetros de ancho en la base.
Los eclesiásticos apagan estas velas igual que las demás,
sin dejar que se consuman, y las devuelven a los mismos comerciantes a cambio
de un precio por peso.
—Doscientos soles—, responde el vendedor, haciendo una
reverencia y ofreciéndonos velas a elegir.
Nos dirigimos en silencio hacia la salida. Esta suma
equivale a seis meses de salario para los porteadores indígenas que caminan en
fila por la vereda de enfrente, llevando cada uno cien kilos de cargamento.
Aquí cabe mencionar que, tanto Jirí
como Miroslav, dominaban varios idiomas aún antes de embarcarse en sus viajes.
Gracias a su feliz talento para aprender lenguas extranjeras, iban agregando
nuevos conocimientos durante todo su recorrido y, al parecer, llegaron al Cusco
hablando español con bastante fluidez, lo que les permitió captar mejor los
matices y pormenores de las escenas urbanas. Así narran su primer domingo en la
ciudad, que recibieron en un hotel frente a la Plaza de Armas:
“Oye, ¿qué pasa afuera?” - “Ya llevo unos minutos escuchando.
Disparos, como en Cochabamba.” - “¿Y a qué viene entonces la banda de música?
¿Una revolución con acompañamiento musical?”
Así nos despertamos en Cusco nuestro primer domingo en el
Perú. Una mirada por la ventana confirmó que no había ocurrido nada fuera de lo
común. Una banda militar tocaba en la plaza frente a la catedral, rodeada de
gente. En las escaleras de la catedral, unos niños traviesos lanzaban cohetones
de su propia fabricación. Y en el campanario, alrededor de las campanas, como a
la entrada de una colmena, se amontonaba otro grupo de niños. Tañían las
campanas frenéticamente a todo dar, y los más fuertes agitaban los badajos como
si trataran de sacar la gota de oro que los maestros fundidores habían añadido
al metal siglos atrás. Resulta que en Cusco todos los domingos y días festivos
se celebran de esta manera. Si a los muchachos les quedan unos centavos de su
dinero del domingo, los cohetones frente al templo continúan sonando hasta bien
entrada la madrugada del día siguiente.
Bajo las ventanas se oye cada vez más el chapoteo de pies
descalzos de los indígenas. Se apresuran a la plaza, no vaya a ser que se pierdan
el placer de la música. Después de todo, para ellos es la única alegría que
esperan con ansias durante toda la semana. Se abren paso con insistencia hasta
la primera fila de oyentes, que forman un semicírculo alrededor de los músicos,
para captar cada sonido. Cansados e indiferentes otros días, ahora no apartan
la vista del director de la banda. Un anciano arrugado se mueve al ritmo de un
bailecito peruano detrás de los demás.
¡Benditos músicos, Dejaron de tocar justo en la parte más
emocionante! "¡Otra tocada más, caramba!" suplica el anciano, y no
cede hasta que los músicos retoman sus instrumentos.
Dos horas después, cuando la flor y nata de la sociedad
local se ha acomodado en las bancas de la iglesia para asistir a la misa
solemne, este anciano se encuentra bajo las arquerías de la plaza cercana.
Carga a la espalda cuatro sacos de harina, un total de casi cien kilogramos.
Con los pasos cortos, típicos de los indígenas de la sierra, se apresura hacia
la plaza superior, donde está el mercado. Su rostro muestra de nuevo una
máscara inexpresiva de indiferencia.
El primer domingo que pasaron los
ingenieros checos en Cusco les dejó una impresión fuerte y duradera, llena de
pequeños pero significativos detalles:
Antes del mediodía, multitudes vuelven a congregarse en
la plaza. Indígenas descalzos visten pantalones cortos de lona o lana, atados
debajo de las rodillas, sombreros de ala ancha y el omnipresente poncho sobre
los hombros. Junto a ellos hay soldados y estudiantes, frailes y comerciantes,
mendigos, vidrieros, vendedores ambulantes, policías con cinturones y fundas
blancas para revólveres, turistas y guías. En medio de esta muchedumbre, uno se
da cuenta de repente de que el 95% de los indígenas que aún viven en América
caminan por las selvas tropicales del Amazonas, cruzan los glaciares en las
cumbres de las cordilleras y recorren las aceras de la capital arqueológica de
Sudamérica, ya sea descalzos o con sandalias hechas de neumáticos viejos.
Aquí tomamos nota de la existencia
en Cusco, ya en el año 1949, de turistas, guías y ojotas de llanta.
Con especial interés describen Hanzelka
y Zikmund el mercado de artesanías al aire libre:
El mercado dominical de Cusco es un verdadero desfile de
arte popular. No es un mercado habitual con montañas de yuca y camote, verduras
y queso de oveja. Todo esto se vende entre semana. El domingo pertenece al arte
tradicional, al arte ancestral de los indígenas, así como a las artesanías
nacidas del mal gusto de los turistas. Fajas de lana coloridas, arneses y cinturones
largos, tejidos a mano. Gorros de lana, propios de la sierra, puntiagudos y con
adornos incas. Ponchos ligeros, con rayas azules y verdes sobre un fondo rojo
oscuro. Una increíble variedad de canastas pintadas con colores brillantes y
cerámica con diseños tradicionales. Flautas de pastores finamente talladas.
Chaquetas bordadas para hombres y faldas para niñas, joyas de plata martillada.
Montículos de tesoros del arte indígena, colocados sobre el pavimento. Y junto
a ellos, montañas aún mayores de objetos que imitan ciertos diseños
tradicionales, decorados por doquier con inscripciones chillonas: CUZCO. Tienen
demanda entre los turistas elegantes, y los nativos se ven obligados, en última
instancia, a producir lo que se vende.
De estas líneas se hace claro que ya
a mediados del siglo pasado en la artesanía cusqueña se sentía una brecha entre
lo visto como “auténtico” y “legítimo”, por un lado, y la producción comercial
masiva de suvenires para turistas, por el otro. En términos generales, existe
una fuerte creencia de que el turismo en el Cusco es el signo de las últimas
décadas. Pero, si leemos con atención los relatos de viajeros de distintos
momentos, nos daremos cuenta de que muchos de los fenómenos económicos, sociales
y culturales relacionados con el turismo ya estaban aflorando en la ciudad por
lo menos desde la década de 1910, catalizados sin duda por la súbita fama de
Machu Picchu. En los últimos treinta años se ha visto un crecimiento
exponencial de esos rasgos, pero sus raíces se extienden lejos hacia el pasado.
La visita de los checos a Machu
Picchu abarca en su libro varios acápites. Más que sus admiradas exclamaciones
ante el majestuoso monumento inca, merece atención en el contexto histórico su
relato sobre la ruta hacia el legendario sitio, que muestra el estado en que se
encontraba la infraestructura y la conectividad de la joya arqueológica de
Sudamérica en aquellos años. Sus apuntes aclaran también que el servicio
turístico de transporte ferroviario ya estaba encaminado, aunque se encontraba
en sus inicios: la vía de tren había alcanzado Machu Picchu pueblo (Aguas
Calientes) veinte años antes de esa fecha. Escuchemos el testimonio de Hanzelka
y Zikmund:
Hace veinticinco años, esto era un pequeño autobús. Luego
le quitaron las ruedas, aseguraron los controles, sacaron el volante y lo
colocaron sobre las angostas vías del ferrocarril que va de Cusco a Machu
Picchu. Dos veces al día, trota de un lado a otro por estos lares como un
caballo salvaje. No hay otra que soportar tres horas de ese viaje, salvo si uno
opta por hacer la travesía de 120 kilómetros al Valle de Urubamba a pie o en
burro.
De hecho, el recorrido no resulta aburrido. A solo unos
kilómetros del Cusco, se presenta la oportunidad de conocer el primer
atractivo, por cierto, de carácter puramente técnico. La vía asciende
abruptamente, pero los acantilados ofrecen poco espacio para curvas. A medida
que sube, el tren llega a un punto ciego que termina en un precipicio. Entonces,
se acciona un interruptor y la dirección se invierte durante un kilómetro,
luego el interruptor se acciona nuevamente y así el ascenso continúa.
Como bien se sabe, este sistema de
subida en zigzag por la ladera del cerro aún está en funcionamiento a la salida
del tren desde la antigua estación de San Pedro hacia Ollantaytambo, aunque su
uso se ha vuelto menos frecuente con la implementación de la nueva estación de
embarque y desembarque en Poroy.
Hanzelka y Zikmund, con su inquieto
espíritu de crítica social, tomaron nota de los aspectos del viaje que otros
visitantes, seguramente, hubieran visto con un lente distinto o simplemente
pasado por alto:
En el autocarril —el vagón de tren— van sentadas tres
mujeres mayores y dos jóvenes, vestidas más para un té de media tarde que para
una excursión a las montañas. Son turistas estadounidenses. Ayer cenaron en el
Hotel Bolívar de Lima; hoy, acompañadas por un guía profesional, visitarán los
monumentos incas; y mañana ya estarán en Buenos Aires. Hay que saber viajar.
¡Ni que hablar de automóviles!
Una suiza de edad, sentada a nuestro lado, observa en
silencio el paisaje de la carretera y a los pasajeros. Por un tiempo, los tres
nos olvidamos de nuestras ruidosas compañeras de viaje. Nos acercamos al punto
más alto del camino. A ambos lados, los picos nevados de Salcantay y Humantay
se alzan majestuosamente, sus coronas blancas brillando bajo los rayos del sol
matutino. Es imposible apartar la vista de aquel mágico paisaje montañoso.
“¿Qué es esto? ¿Un pueblo?”, pregunta una de las turistas
señalando por la ventana y volviéndose casualmente hacia el guía. “Sí”,
confirma este con la cortesía pagada por adelantado, “Un pueblo. Aquí viven los
descendientes de los antiguos incas”. Una oleada de admiración se extiende: “¡Oh,
qué maravilla! ¡Qué bonito! ¿Un idilio, verdad?” Los superlativos abundan.
Se trata de unas pocas chozas medio vacías, construidas
con ramas, pasto seco y barro. Y ninguna de estas turistas, por muy entusiastas
que fueran, se habría imaginado siquiera cómo se sentirían si se instalaran en
una vivienda así. No se les ocurrió que allí durmieran niños semidesnudos sobre
un montón de harapos en noches heladas, que los indígenas de la sierra se
sacrifican por cada patata en un trozo de campo rocoso del tamaño mísero.
¡Cabañas hechas de mimbre y barro! ¡Vaya, esto es algo que no se ve en Chicago!
Al minuto siguiente, exclamaciones de horror resonaron
por todo el vagón: “¡Por Dios, paren! ¡Los van a atropellar! ¡Los van a matar!
¡Por Dios!”. Delante del vagón sobre las vías habían aparecido sin prisa dos
patos. Las mujeres estadounidenses informaron emocionadas a los pasajeros que
todo había salido bien. “¡Pobres criaturas, imaginen si los hubieran
atropellado!”.
Una hora más tarde, en la estación de Ollantaytambo, las
susceptibles turistas apartaban la mirada con evidente repugnancia de unos niños harapientos. Aquí la
compasión flaqueó. Los niños estaban tan sucios, tal vez incluso enfermos.
Cuidado, no hay que acercarse, tal vez sean contagiosos…
Nuestra vecina suiza, que había vivido entre los
indígenas sudamericanos durante dos décadas, permaneció en silencio. Había
conocido a los habitantes de este continente, y no lo hizo desde la ventanilla
de un avión. Conocía su realidad. Los veía como personas. Su rostro también
expresaba un evidente disgusto y desprecio. Pero no iba dirigido al grupo de
niños indígenas que estaban en el andén, ofreciendo en silencio fruta y agua a
los pasajeros.
El capítulo dedicado a este
episodio se titula Turistas voladores. Para atenuar un poco la incisiva
ironía de los checos dirigida a las acaudaladas turistas norteamericanas, hay
que decir que, si bien viajar en avión en la década de los 40 era un lujo
accesible a pocos, viajar en auto propio, transportándolo en barco a través del
Atlántico, era un lujo mayor aún. Es cierto que los dos jóvenes en sus
travesías se exponían a peligros extremos y prescindían de comodidades
habituales para ciudadanos europeos, pero también es necesario recordar que su
megaempresa expedicionaria solo se hizo posible gracias a un jugoso auspicio,
que abrió ante ellos unas posibilidades infinitamente mayores frente a las que podían
soñar hasta los más exigentes de los “turistas voladores”.
Otra pincelada al cuadro es la
descripción de la subida desde la estación de Aguas Calientes, lugar que se
había formalizado recientemente como centro poblado, hasta el sitio
arqueológico:
La mirada abarca ocho kilómetros de la carretera que
serpentea vertiginosamente a 500 metros de altitud entre el fondo del
desfiladero y la bóveda de nubes. “Hace seis meses hubieran tenido que subir a
lomo de mula o burro. O estirar la pata antes incluso de llegar arriba. La
cumbre de Machu Picchu está justo por encima de estas nubes”, nos aseguró el
guía. “La carretera de un solo sentido tardó varios años en construirse. Nadie
tenía claro cómo trazarla. Pero de alguna manera se encontró la solución. Las
curvas son tan cerradas que ni siquiera un auto pequeño puede con ellas sin dar
marcha atrás”. Una hora después, cuando el viento disipó la capa de nubes,
bajamos del auto en la cumbre.
De uno de los reportajes
biográficos de Zikmund, publicado muchos años después, sabemos que pernoctaron
en Machu Picchu con bolsas de dormir, una libertad que en aquellos tiempos
estaba permitida a los que se atrevían a hacerlo. Antes ya habían pasado una
noche en la cima de la Gran Pirámide de Guiza.
Además de Machu Picchu, Hanzelka y
Zikmund llegaron a visitar Tambomachay y Puka Pukara, que les recordó el
monumento conocido como Gran Zimbabue en África, cuyas fechas coinciden
aproximadamente con las del auge del Estado Inca en el Perú. Examinaron
detenidamente Qenqo, donde fotografiaron el famoso canal en forma de serpiente,
especulando sobre su posible función. Estuvieron en Saqsaywaman, expresando el
usual asombro ante el tamaño de sus monolitos. En el camino a Machu Picchu
vieron Ollantaytambo.
En el libro no se especifica
cuánto tiempo se quedaron los checos en el Cusco, pero su estadía no debe haber
sido muy larga. Desde la capital inca salieron rumbo a Abancay. Su última
impresión del Cusco fue el célebre geoglifo moderno que hasta el día de hoy corona
el paisaje:
El sol trepó por la ladera cubierta de eucaliptos y saltó
a los cerros del lado opuesto que se elevaban sobre la ciudad, iluminando una
inscripción gigante marcada con cal sobre el verdor fresco:
¡VIVA EL PERÚ! B. I. 9.
“Eso lo pintaron los soldados del Batallón de Infantería
Nueve. Les costó mucho llegar hasta allí”, nos explicó un anciano arrugado al
lado de la gasolinera. “Hasta hace poco, había una enorme figura de hoz y
martillo, pero a los soldados los obligaron a pintarlo encima cuando el
gobierno militar de Odría llegó al poder. Nadie quería hacerlo…”
Muchos cusqueños creen hoy que la hoz
y el martillo existieron en el cerro “Viva el Perú” en los tiempos del gobierno
militar de Velasco. Este párrafo deja constancia de que la historia data de una
época anterior.
El sufrido Tatra 87, que aún no
había recibido un servicio mecánico adecuado, continuó andando a duras penas
por las accidentadas carreteras de la sierra. Pero esta arriesgada ruta puso en
su camino unas experiencias y unos encuentros impensables para el estandarizado
turismo formal. Encuentros como este:
Un camión averiado está parado en medio de la carretera.
El barbudo conductor sonríe y rechaza nuestra oferta de ayuda, agua y comida. —
"Gracias, todavía tengo provisiones para unos días. Llevo cuatro días
atascado aquí: se rompió el eje derecho, ¿lo ve? Bueno, aquí estamos
acostumbrados. A veces te quedas así una semana hasta que llegue la ayuda..."
Fue uno de esos casos que en Europa podrían haber llamado
la atención de periodistas y quizás servido de argumento para novelas
dramáticas y guiones de cine. Aquí, en los Andes peruanos, es parte de la vida
cotidiana de un hombre que vive de la carretera, parte de la vida de miles de
hombres cuyo heroísmo pasa desapercibido: es demasiado común y generalizado, se
ha convertido en una condición indispensable de su existencia.
Otro de los encuentros les recordó
una vez más sobre la controversial realidad política del país:
Al doblar una curva, vimos de repente un trapo rojo
ondeando. Todo un tramo de la carretera que teníamos delante se había hundido
en el río embravecido. Un rostro amigable se asomó por la ventanilla.
“Ingeniero Morales, subdirector de construcción. Tendrán que esperar un poco;
estábamos dinamitando esa roca de allá, y ahora los muchachos están retirando
los escombros. Tenemos que abrir un nuevo tramo de carretera en la roca para
evitar que el agua la arrastre de nuevo.”
Nos presentamos. “¿Checos? ¡Saludos! Este es el encuentro
más grato que he tenido en esta carretera. ¿Cuándo salieron de Checoslovaquia?
¿Y qué hay de nuevo por ahí? ¿Cómo va la industria nacionalizada?” Las
preguntas llovieron. No lográbamos seguirlas. Después de hablar con él un rato,
comprobamos que su amabilidad era sincera. “En realidad, llevo dos años
viviendo aquí en el exilio, a mil kilómetros de mi casa, de Lima. Y solo porque
estuve involucrado en el movimiento obrero durante mucho tiempo. Estuve preso
unos meses y luego me echaron de Lima... Escuchen, fíjense bien en todo lo que
vean y cuéntenles a sus amigos en casa cómo vive aquí la gente que no tiene más
que sus manos para trabajar. Y tengan cuidado.”
Un hombre con sombrero de ala ancha apareció detrás de un
montón de piedras enormes al borde del nuevo tramo de carretera. “Es el jefe de
obra, el diablo lo trae por aquí”, susurró Morales y puso una cara desabrida. “¿Van
a viajar hasta Lima? Han elegido un camino interesante, pero difícil.”
El camino que habían elegido
realmente era difícil. Optaron por llegar a Lima pasando por Abancay, Huamanga,
Huancayo, La Oroya y bajando a la costa por la famosa abra Ticlio (o Anticona)
a casi cinco mil metros de altura. Desde Lima dieron una vuelta breve por la
costa sur, haciendo unos registros fotográficos y fílmicos únicos de las islas
guaneras. Volviendo a Lima, ya con mayor comodidad, se dirigieron al norte por
la carretera panamericana, llegando al Ecuador. Ahí se aventuraron a la selva
del pueblo shuar, atraídos por las leyendas sobre cabezas reducidas. Al no
obtener permiso de ingreso a Colombia, se trasladaron en barco hasta Panamá,
atravesaron los países de Centroamérica y recorrieron buena parte de México, de
donde retornaron a Europa.
Ya al año siguiente de su estadía
en el Perú, se enteraron apenados del gran terremoto del Cusco:
Poco después de nuestra partida, Cusco sufrió una
catástrofe aún mayor, que desfiguró su rostro hasta hacerlo irreconocible. La
mayoría de los templos se cayeron a causa de un devastador terremoto sin precedentes.
Muchas viviendas se derrumbaron como castillos de naipes a raíz del desastre.
Esta vez incluso algunos restos de estructuras incas, que antes solo habían
sufrido leves daños por el paso del tiempo y la acción destructiva del hombre,
no lograron mantenerse en pie. Cusco murió por segunda vez.
Así, las notas de viaje de
Hanzelka y Zikmund y sus registros fotográficos adquirieron un valor adicional,
al haber documentado la Ciudad Imperial en la víspera del fatídico suceso que
marcó un punto de quiebre en su historia.
El libro Cruzando cordilleras
se publicó en Praga, en la lengua checa, en 1957. Fue traducido a varios
idiomas, mas, al parecer, nunca tuvo una traducción oficial al castellano y,
lamentablemente, no llegó al lector latinoamericano.
Aquí por lógica correspondería
poner el punto final a este ensayo, dejando a los jóvenes checos en la ruta
hacia el norte y agradeciendo su contribución a la polifónica historia del
Cusco. Sin embargo, para entender mejor la escala de su impacto y resonancia, la
huella que dejaron sus vidas y obras, hace falta contar en breves palabras
sobre lo que pasó con ellos después.
Cuando Hanzelka y Zikmund estaban
todavía en el continente africano, en febrero de 1948 acontecieron en su patria
unos importantes cambios. Contraviniendo los legítimos procesos democráticos,
el Partido Comunista dio un golpe de Estado y monopolizó el poder en sus manos,
incorporando a Checoslovaquia de manera definitiva en la zona de influencia de
la Unión Soviética y culminando el cierre del telón de acero que dividió Europa
y el mundo entero.
Las noticias sobre lo sucedido,
que alcanzaban a los dos amigos por partes en distintos puntos de su ruta, poco
a poco les hicieron entender la seriedad de la situación. Como para oscurecer
aún más el panorama, cayó en sus manos durante el viaje la recién publicada
novela distópica 1984 de George Orwell. Su situación les abría la
posibilidad de quedarse en alguno de los países visitados o emigrar a otro
lugar del mundo. Estando en Ecuador, los dos tuvieron una conversación decisiva
al respecto y finalmente concluyeron que al cabo de la gira iban a asumir los
riesgos y retornar a su tierra.
Volviendo a Checoslovaquia en 1950,
se dieron cuenta de que estaban en un país que no conocían. Su misión comercial
había obtenido notables resultados, pero muchos de los contratos concertados
para Tatra por sumas millonarias quedaron truncos por las nuevas políticas del
gobierno o la incompetencia de sus flamantes funcionarios. El emblemático
modelo 87 de Tatra, que tanto les había servido en el viaje a Jirí y Miroslav,
el mismo año fue sacado de producción.
Sin embargo, el nuevo gobierno los
recibió con brazos abiertos, como triunfadores y personajes meritorios. Y eso
se debía en gran medida a su éxito mediático. En primer lugar, el llamado
“bando socialista” necesitaba una representación política en los países “en
desarrollo” para expandir su órbita de influencia. Hanzelka y Zikmund, sin
pensarlo, habían contribuido a esa estrategia.
Por otro lado, en los países
denominados “socialistas” se imponían fuertes restricciones de salida para sus
ciudadanos. Eso afectaba especialmente los viajes a aquellos Estados que no
pertenecían directamente a la esfera de influencia soviética. Vetada la
posibilidad de desplazarse libremente, los checos y eslovacos “de a pie” podían
tener un cierto resquicio de desfogue, un premio consuelo, escuchando, leyendo
y viendo historias sobre viajes de otros. En esa situación, Hanzelka y Zikmund,
ya reconocidos como héroes nacionales gracias a sus reportajes radiales, se convirtieron
en figuras de culto.
Los años de nomadismo y aventuras
cedieron lugar a casi una década de vida relativamente sedentaria. Aprovechando
ese prolongado período de fama y estabilidad económica, ambos contrajeron
matrimonios y tuvieron hijos. Parecía que nada iba a perturbar su popularidad
mediática y su bienestar personal.
Se dedicaban a charlas públicas,
redacción de libros y colaboración en producción de películas, un intenso y
paciente trabajo de difusión. Sus tres tomos sobre África salieron de imprenta
en 1952. Sin embargo, sus cuatro libros sobre América Latina tuvieron que
esperar algunos años más y vieron luz entre 1956 y 1959.
En esos cuatro años el mundo
cambió. En 1953 murió Stalin. A muchos adeptos y beneficiarios de su dictadura
ese quiebre significó el fin de su poder, prosperidad, e incluso vida. Para
otros fue una ráfaga de aire fresco, aunque breve. El régimen tambaleó, pero
aguantó el golpe. En 1955, para prevenir el desmoronamiento del “bando socialista”,
se firmó el llamado Pacto de Varsovia, que ataba a los países de Europa del
Este a la URSS a través de un compromiso militar, acto destinado a contrapesar
la creciente influencia de la OTAN.
Finalmente, en febrero 1956, se
llevó a cabo el famoso XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética,
que condenó a Stalin y dio un inicio formal a lo que se llamó “la época del
deshielo” de Nikita Jruschov. Se aflojó la censura, se detuvieron las
represalias contra los disidentes, se introdujeron algunas reformas e incluso
se empezaron a restablecer tímidos contactos culturales con el mundo exterior.
Todos esos cambios tuvieron repercusión directa en el “bloque del Este” y, por
lo tanto, en Checoslovaquia.
Fue en ese clima de frágil
optimismo en que los lectores checoslovacos leyeron por primera vez la
tetralogía latinoamericana de Hanzelka y Zikmund. Lo que hoy puede parecer una
narrativa un tanto inocente de jóvenes idealistas con una mirada politizada, en
su patria y en su época debe haber sido una verdadera revelación. Es probable
que, incluso pocos años antes, muchos pasajes de esos libros hubieran sido
censurados. Como ejemplo se podría tomar su relato sobre los sucesos que habían
presenciado en Cochabamba, Bolivia.
Para su buena o mala suerte, en
Cochabamba les tocó ser testigos del levantamiento, conocido como la Guerra
Civil Boliviana de 1949. Sa sublevación fue iniciada por el Movimiento
Nacionalista Revolucionario (MNR) contra el gobierno conservador de Mamerto Urriolagoitía,
se extendió a varias ciudades, pero en un corto tiempo fue reprimida. Sin
embargo, tres años después, en 1952, MNR finalmente llegó al poder tras la
célebre Revolución Nacional Boliviana. Su líder, Víctor Paz Estenssoro, fue tío
abuelo del actual presidente de Bolivia Rodrigo Paz.
Hanzelka y Zikmund describen los
acontecimientos del 27 de agosto del 49 en Cochabamba con un tono abiertamente
caricaturesco, como una especie de parodia a revolución:
Las "revoluciones" sudamericanas tienen sus
propias tradiciones. Mucho se ha escrito y hablado sobre ellas. Y, sin embargo,
encontrarse en el centro mismo de un acontecimiento así resulta curioso: hay
mucho de que sorprenderse.
Y luego:
Cualquier "revolución" aquí es como un domingo.
En momentos así, es muy interesante apostar por cómo acabará todo.
Los capítulos dedicados a ese
episodio están salpicados de comentarios como este:
"El gobierno está perdiendo la capacidad de
controlar la situación", se escucha en las ondas de radio en decenas de
idiomas diferentes, y el nombre de la ciudad de Cochabamba, en guiones y puntos
de código Morse, se expande en círculos concéntricos por todo el mundo, solo
para perderse en algún lugar de la periferia de los acontecimientos mundiales y
hundirse irrevocablemente en la eternidad, como una efímera o un cohete quemado.
Es por eso que, días después, en
su primer domingo en Cusco, al escuchar cohetones combinados con música, Jirí y
Miroslav se acordaron de Cochabamba y se preguntaban: “¿Es una revolución con
acompañamiento musical?”
El fracaso del levantamiento no
les despertó ni la más mínima compasión. Su veredicto final fue bastante duro:
Llegó a su fin una de las innumerables aventuras
políticas que en América Latina se disfrazan de “revoluciones”. Solo sirven
para nublar el juicio de la gente, debilitar la fortaleza económica de los
Estados, profundizar su dependencia y elevar a la cima de un poder dudoso a
quienes se suceden en las precarias sillas de la dictadura.
Aquí hay que poner una nota al margen:
la escasa simpatía de los autores hacia el Movimiento Nacionalista
Revolucionario tenía sus motivos de peso. En sus inicios, esta fuerza política
boliviana mostraba una clara predilección por el nacionalsocialismo alemán, afinidad
que, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, el MNR trató de borrar de su
historial con todos los medios posibles, pero que nunca fue olvidada por
completo. Es obvio que, para unos ciudadanos de Checoslovaquia, país que había
sido desmembrado y sometido por la Alemania nazi tan solo algunos años antes,
ese antecedente no pudo pasar desapercibido, opacando por completo los
apasionados eslóganes y la encendida retórica de los insurrectos.
Algo en sus palabras que deja un
sinsabor es la idea de que todas las revoluciones latinoamericanas (o
alzamientos, o rebeliones, llámense como sea) han sido unos espectáculos
igualmente vacuos y caóticos, carentes de rumbo definido y sin frutos
medianamente significativos. La historia probó lo contrario.
Además, cabe mencionar que la
Guerra Civil boliviana del 49 dejó tras sí, en diferentes localidades del país,
varios cientos de muertos y heridos. Muchas revoluciones y otros
acontecimientos históricos trascendentes, en el momento podrían parecer una pobre
farsa con modesto elenco y poca utilería, si uno los observa desde la ventana.
Llama poderosamente la atención en
esos capítulos del libro el trato irónico que se le da a la palabra
“revolución”. En la URSS de los tiempos de Stalin, satirizar esa palabra
públicamente hubiera sido más o menos lo mismo que hacer bromas alrededor de la
virginidad de María en España de la época del Santo Oficio. En el código penal
soviético existía el macabro artículo 58 dedicado a los “delitos de
contrarrevolución” que estigmatizaban cualquier mención mínimamente sospechosa.
Esos “crímenes” se castigaban por lo general con fusilamiento y expropiación de
bienes a favor del Estado. En los recién sometidos países de Europa del Este,
las normas eran algo más laxas, aun así, tales comentarios difícilmente hubieran
pasado el filtro de la censura. En cambio, durante el “deshielo” de Jruschov se
entreabrió una rendija para opiniones críticas, aunque, como veremos, ese
espejismo de la libertad resultó efímero.
El gobierno checoslovaco seguía
engriendo a Hanzelka y Zikmund y decidió aprovechar su duradera fama de
embajadores abanderados, organizando y financiando su nuevo viaje. Era un
proyecto más caro, más aparatoso y de una mayor duración: se prolongó desde
1959 hasta 1964. Se hizo en dos minibuses de la misma empresa Tatra, con dos
integrantes más en el equipo -un médico y un mecánico- y con un mejor
equipamiento. Esta vez la travesía abarcó los países de Asia y Oceanía. Como
parte culminante estaba previsto atravesar todo el inmenso territorio de la
Unión Soviética, de este a oeste.
Durante su paso por Japón, los dos
amigos, ilusionados por las expectativas de prontos cambios radicales y nuevos tiempos
de libertad, pensando aportar a los destinos de su país, presentaron solicitudes
en la Embajada Checoslovaca para unirse al Partido Comunista, ente corporativo
que seguía monopolizando toda la agencia política. Además, ese acto simbólico
debía facilitarles la presencia en las regiones de la URSS donde extranjeros
normalmente no estaban admitidos. Su pedido de membrecía en el partido fue
gustosamente aceptado. Como veremos, ambos muy pronto se arrepentirían de esa decisión.
La URSS, el crisol del socialismo,
resultó una sorpresa para ellos. Congeniaban perfectamente con los ciudadanos
soviéticos comunes en los lugares que visitaban. En muchos de esos parajes
alejados y aislados eran los primeros extranjeros jamás vistos. Sin embargo,
fue un gran choque para los viajeros checos ver la pobreza, las condiciones de
vida deplorables, la decadencia económica, el abandono y la negligencia de las
autoridades. Al cabo de su largo viaje, presentaron un informe con sus honestas
apreciaciones de lo visto y vivido.
Mientras tanto, aconteció otro
cambio de ciclos políticos: en octubre 1964 fue destituido de su cargo Nikita
Jruschov (quien, se dice, contaba los libros de Hanzelka y Zikmund entre sus
lecturas preferidas), y en su sillón en el Kremlin se instaló Leonid Brezhnev, iniciando
una larga era de viscoso estancamiento y totalitarismo subrepticio. Las
esperanzas de un futuro mejor empezaron a desvanecer.
Un resumen del poco halagador
Informe Especial Nº4, escrito por Hanzelka y Zikmund sobre la URSS, fue depositado
sobre el escritorio del secretario general. El informe fue leído. El informe no
gustó. Cuando se trataba de denunciar en voz alta las miserias de niños
peruanos en el camino a Machu Picchu, era un clamor legítimo. Pero reconocer
las mismas miserias en la cuna de la revolución socialista ere impensable. El
informe no solo no llegó a publicarse, sino que fue conservado como un documento
confidencial hasta el año 1990, cuando por fin salió a la luz tras la caída del
telón de acero.
Al regreso de Hanzelka y Zikmund a
su patria de este segundo viaje, su buena estrella empezó a eclipsar. Por unos
años aún conservaban su estatus y prestigio. Seguían publicando y dando
conferencias. En los 60s llegaron a salir tres libros sobre su segunda
expedición (un fruto escueto a comparación con los siete volúmenes del primer
viaje, que era más breve).
El cataclismo final llegó en el
año 68, con la tristemente famosa Primavera de Praga. Siendo ambos miembros del
Partido Comunista, Jirí y
Miroslav se sumaron a su ala reformista, encabezada por el flamante líder del
partido Alexander Dubcek, en su intento de instaurar un
“socialismo con rostro humano”. Por lo visto, el rostro humano no le sentaba
bien al socialismo. Los tanques de la Unión Soviética y sus aliados entraron a
las calles de Praga y el esfuerzo por apartarse del lado del “hermano mayor”
fue sofocado, dejando el saldo de más de cien muertos. ¿Se habrán acordado los dos
amigos en ese trágico momento de la revolución fallida de Cochabamba?
Ambos se pronunciaron públicamente
contra la intervención de las tropas extranjeras. Miroslav Zikmund llegó a dirigir
una desgarradora misiva desde una de las pocas radioemisoras libres de Praga el
último día que su transmisión saliera al aire. No lo hizo para hablar a sus
compatriotas. Se dirigió en ruso, lengua que había aprendido todavía en sus
años de estudios, a los ciudadanos soviéticos, apelando a su sentido de
hermandad y justicia, rememorando los gratos encuentros y amistades germinadas
durante el viaje por su tierra y cultivadas en los años posteriores. Quería
llegar a los corazones de los intelectuales y literatos soviéticos a quienes
conocía en persona. Y tal vez pensaba mover las consciencias de los soldados y
oficiales rusos que participaban en la operación militar:
Tras cuatro días de ocupación forzosa, la nación entera
escribe sobre carreteras asfaltadas, casas y autobuses: “Padres libertadores,
hijos invasores. Su fuerza son los tanques, nuestra fuerza es la idea.” Les
pido con urgencia: exijan a sus líderes —a Leonid Brezhnev y a los demás
miembros del Politburó— que cesen de inmediato la ocupación de mi patria.
Exijan una explicación por esta traición sin precedentes a sus jefes del
Estado, quienes sacrificaron la idea del socialismo a los intereses
imperialistas.
Miroslav logró conservar esta
grabación durante todos los años posteriores de incertidumbre y adversidades. Y
las adversidades no se hicieron esperar.
De un momento a otro, los dos
héroes nacionales dejaron de ser celebridades. Fueron expulsados del partido. Sus
nombres fueron silenciosamente, sin escándalo ni condena oficial, borrados de los
espacios mediáticos y de toda la vida pública. No solo no se les permitía
publicar nuevas obras, sino que sus libros ya impresos, tan queridos y
solicitados por los lectores, empezaron a desaparecer de librerías y
bibliotecas.
Por suerte, se habían vendido
tantos ejemplares de sus escritos que era técnicamente imposible sacarlos de
circulación. Estaban en una multitud de bibliotecas privadas de cientos de miles
de personas, no solo en Checoslovaquia sino también en otros países del “bloque
socialista”, donde se habían difundido con gran éxito las traducciones de sus
relatos. Las generaciones criadas y formadas tras muros fronterizos se habían
acostumbrado a ver el mundo a través de los ojos de Hanzelka y Zikmund, y no
era posible erradicar esa herencia. Se calcula que se vendieron en total cerca
de 6,5 millones ejemplares de sus libros, tanto en checo como traducidos a otros
once idiomas.
La dimensión práctica de ese boicot
político y social llevó a que ninguno de los dos podía encontrar trabajo. Se
cortaron todos sus lazos con el mundo periodístico, editorial y educativo que
les proveía ingresos en los años anteriores. Y, obviamente, nuevos
viajes quedaron fuera de su alcance.
Para ese entonces, ya estaba en
marcha el proyecto de su nuevo libro: Ceilán: un paraíso sin ángeles. El
trabajo editorial fue cortado abruptamente sin mayores explicaciones. Pero los
autores no se rindieron: el libro finalmente salió en una edición de Samizdat.
Así se llamaban bajo los regímenes socialistas las redes de pequeños talleres
artesanales, financiados con aportes voluntarios de sus lectores, que
publicaban clandestinamente la literatura censurada. Por lo general, eran
textos mecanografiados con papel carbón o copiados con algún otro método
sencillo que se hallaba a la mano.
Miroslav Zikmund, el más
pragmático de los dos, manejó con una mayor prudencia los recursos ahorrados en
los tiempos de bonanza. Optó por retirarse a la pequeña ciudad de Zlín en
Moravia, donde años antes había adquirido una casa, y se dedicó a la
investigación archivística de la historia de su familia. Su casa durante esos
años de exilio se convirtió en un lugar de reuniones de la disidencia
intelectual.
En esa misma casa, Zikmund se esmeró
por conservar el valiosísimo acervo de materiales documentales de sus travesías.
Gracias a ello, una gruesa parte de los registros escritos y gráficos de la
monumental labor suya y de su compañero de viajes llegó a nuestros días.
Más complicada resultó la
situación de su amigo. Jirí Hanzelka
no había hecho previsiones para una posible época de vacas flacas y tuvo que
vender muchos de sus bienes para sobrevivir. A pesar del ostracismo que ya
pesaba sobre él, se atrevió a firmar la famosa Carta 77 en defensa de los
derechos humanos y cívicos, lo cual empeoró las cosas para él. Solo en 1983
logró conseguir un empleo formal como jardinero en el Jardín del Seminario, famoso
parque público en Praga. Poco a poco su salud vino abajo y algunos años después
se mudó a un pequeño pueblo en Bohemia, para llevar una vida más tranquila y
pausada.
Como
suele suceder, la tortilla dio la vuelta de nuevo, llegó el año 1989. Cayó el
muro de Berlín, y con él se desmoronó en tiempo récord el enclenque “bloque
socialista”. En Checoslovaquia se dio la Revolución de Terciopelo, resucitó la
largamente anhelada democracia y el país se dividió en dos -la República Checa
y la República Eslovaca- sin mayor dolor ni conflicto.
La
sociedad checa, que nunca olvidó a sus paladines, quienes le permitieron
conocer los continentes lejanos en la época del forzoso aislamiento, pudo de
nuevo pronunciar sus nombres en voz alta.
Su
merecida fama fue restablecida después de más de veinte años de silencio.
Volvieron a las bibliotecas sus libros, fueron recuperadas y restauradas
algunas de las películas documentales que ellos habían filmado. Ya no se
trataba solo de devolver al ámbito público sus propios escritos; empezó a
aparecer un gran volumen de publicaciones sobre ellos, donde no eran autores
sino protagonistas. Salieron innumerables entrevistas, reportajes y
documentales que contaban su increíble historia. Llovieron sobre ellos premios,
reconocimientos y medallas. Felizmente, ambos amigos vivieron para ver ese
feliz momento de su merecido retorno y disfrutar de él.
Cuando
desapareció el impedimento de salida del país, Miroslav Zikmund volvió a viajar
por el mundo. Visitó algunos lugares nuevos: aun le faltaba Australia para
completar la lista de los cinco continentes. Revisitó algunos de los países
donde ya había estado antes. Sin embargo, nunca regresó a América Latina.
Desafortunadamente, su antiguo camarada en armas ya no pudo acompañarlo en esas
ocasiones, pues su salud no se lo permitía.
El 30 de noviembre de 1996 en el
Museo del Sudeste de Moravia se inauguró la gran muestra fotográfica Cinco
Continentes con los ingenieros Hanzelka y Zikmund, que luego se convirtió en una exposición
permanente, trasladándose de un espacio a otro de cuando en cuando. En Zlín se
conserva en su totalidad el ampuloso archivo documental, fotográfico,
fonográfico y audiovisual: cerca de 120,000 negativos y diapositivas, alrededor
de 50,000 fotos positivadas y contactos, más de 1,200 grabaciones de reportajes
radiales y 150 películas. Todos esos tesoros tuvieron la fortuna de perdurar a
través del largo período de calamidades.
Los registros dedicados al Perú
aún esperan ser estudiados a fondo en algún momento propicio. En una
entrevista, poco antes de cumplir 100 años, Zikmund lamentaba el no haber
tomado más fotos durante su travesía peruana.
Otro sobreviviente, el legendario
Tatra 87, fiel compañero del primer viaje de Hanzelka y Zikmund, cuyas llantas
tocaron en 1949 las calles empedradas del Cusco, hoy forma parte de la
colección del Museo Técnico Nacional de Praga. Limpiado y restaurado, luce como
nuevo. Viéndolo es difícil imaginar las penurias que le tocó padecer en las accidentadas
carreteras de los Andes. En 2005 el auto fue declarado Patrimonio de la Nación
por la República Checa.
En marzo de 2013, en el Teatro
Municipal de Zlín se presentó una producción teatral titulada Bitácora de
Hanzelka y Zikmund, que narraba su historia. Para ese momento, Hanzelka ya
había dejado este mundo. Zikmund recibió el homenaje con gratitud e incluso dio
algunos aportes para el texto de la obra.
Jirí
Hanzelka falleció en 2003 a los 82 años. Miroslav Zikmund vivió hasta el 2021 y
llegó a la venerable edad de 102, manteniéndose lúcido y activo hasta el final.
Su legado es preservado y difundido por la asociación que lleva su nombre (se
puede visitar su website AQUÍ)
***
Para finalizar este ensayo, es
necesario remarcar lo importante que es viajar para cualquier ser humano. Viajar
en vivo, recorriendo el globo o, si las finanzas, la salud o la situación
política lo impiden, en la dimensión mental: leyendo, viendo películas y
reportajes, conversando con la gente. Poder ver distintos paisajes, conocer
distintas culturas, oír la melodía de distintas lenguas y tratar de entender
distintas formas de razonar es un recurso cognitivo invaluable, una vía de
aprendizaje indispensable para la formación de un pensamiento abierto y
versátil, para la construcción de un horizonte amplio y diverso.
Viajando por aire, tierra, mar o
páginas de un libro, uno aprende a observar y escuchar sin acuñar juicios
prematuros, a comparar sin construir jerarquías, a ponerse en los zapatos del
otro y tratar de ver el mundo a través de sus ojos. El trotamundos se encuentra
a sí mismo en el mapa y se vuelve consciente de su pequeño pero significativo
rol en el gran universo. Se acostumbra a comprender y dialogar, superando los
estereotipos anquilosados.
Hanzelka y Zikmund acercaron los
países y continentes lejanos a la población de Europa del Este en el momento
histórico en el que su gente más lo necesitaba. Con sus relatos, tal vez sesgados
en muchos aspectos, pero directos, espontáneos y llenos de vida, trazaron una
cartografía vasta y sorprendente, encendieron la chispa de curiosidad, el deseo
de conocer más y de primera mano. Para muchos de sus lectores, los pasajes del
libro Cruzando cordilleras fueron el primer contacto con el Cusco, el Perú,
los Andes y los incas.
Ese
camino de aprendizaje y conocimiento nunca es vía de un solo carril. Hoy
tenemos la oportunidad de devolver los apuntes sobre el Cusco, tomados hace más
de setenta años por estos dos lúcidos e inquisitivos viajeros checos, a la
tierra que inspiró sus palabras.
***
Las citas del libro Cruzando
cordilleras de Jirí Hanzelka y Miroslav Zikmund que incluimos aquí son
traducciones de la versión rusa de su obra, publicada en la Unión Soviética en
1960. De la misma edición provienen las fotografías del Cusco y los Andes que
acompañan este texto.
LECTURAS RECOMENDADAS
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Breve historia de Jirí Hanzelka y Miroslav Zikmund, 2017: https://ct24.ceskatelevize.cz/clanek/veda/na-prvni-cestu-jsme-vyrazeli-jako-byznysmeni-vypravel-miroslav-zikmund-v-hyde-parku-civilizace-86607
(en checo)
Obituario de Jirí
Hanzelka, 2003: https://english.radio.cz/famous-czech-explorer-jiri-hanzelka-dies-age-82-8070949#0 (en inglés)
Entrevista a Miroslav Zikmund en la exposición
fotográfica, 2005: https://english.radio.cz/legendary-traveller-author-and-filmmaker-miroslav-zikmund-opens-prague-castle-8096759
(en inglés)
Entrevista a Miroslav Zikmund por su centenario, 2019: https://english.radio.cz/when-we-returned-we-were-amazed-how-popular-we-were-legendary-traveller-miroslav-8138642 (en inglés)
Obituario de Miroslav Zikmund, 2021: https://www.irozhlas.cz/zpravy-domov/umrti-cestovatel-miroslav-zikmund_2112021117_voj
(en checo)
Sobre el libro Cruzando cordilleras, 2011: https://www.jalopnik.com/the-two-czechs-who-drove-across-the-world-in-a-tatra-5822618/
(en inglés)
Sobre el Tatra 87 reconocido como Patrimonio Nacional de
la República Checa, 2005: https://english.radio.cz/zikmund-and-hanzelkas-legendary-tatra-87-car-added-cultural-heritage-list-8624343#0
(en inglés)
Sobre el Tatra 87, 2019: https://www.idnes.cz/ostrava/zpravy/zikmund-sto-let-serial-hanzelka-cestovatele.A190218_458353_ostrava-zpravy_woj
(en checo)
Documental De Argentina a México, 1953 (se recomienda activar los subtítulos automáticos con traducción al español): https://www.youtube.com/watch?v=Md5Lt92XEZ4&t=2233s