Cusco Social
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Dos checos intrépidos en busca de la utopía inca: Hanzelka y Zikmund
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Corría el año 1949. En las centenarias calles del Cusco, irradiando destellos plateados, de pronto apareció un vehículo jamás visto por estos lares. Hacía mucho tiempo que automóviles dejaron de ser una novedad en la Ciudad Imperial, pero un auto de esta forma y procedencia se veía por primera vez. Se trataba de un Tatra 87, oriundo de Checoslovaquia.

El Tatra arribó al Cusco ya un tanto desportillado y lesionado, pues en los meses anteriores había cruzado todo el continente africano, de norte a sur, y la mitad de Sudamérica, atravesando Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. A pesar de todos los aprietos y exigencias del tan largo recorrido, el valiente automóvil aguantaba estoicamente las accidentadas subidas y bajadas por los adoquines cusqueños, manteniendo el inquebrantable espíritu y la buena presencia en espera de una próxima reparación.

Al interior del Tatra viajaban dos jóvenes checos: Jirí Hanzelka y Miroslav Zikmund.

A mediados del siglo XX, la antigua capital inca ya estaba habituada a recibir visitas de extranjeros de todas las partes del mundo. Pero checos (pobladores de la parte checa de la entonces República de Checoslovaquia) no contaban entre sus huéspedes más frecuentes. Recientemente liberada de la ocupación alemana, Checoslovaquia a fines de los años 40 recobraba fuerzas, reconstruía su economía y pretendía entablar relaciones de cooperación y comercio con distintas regiones del globo.

El principal motivo, y el propósito oficial, de la audaz travesía de Hanzelka y Zikmund no era turismo o publicidad periodística. Su tarea era actuar como embajadores oficiales de la empresa automovilística Tatra, conocida y reputada en Europa, pero con relativamente pocas conexiones fuera de ese continente. Los dos jóvenes tenían como objetivo extender sus lazos y hacer contratos con entidades públicas y privadas en distintos países del mundo para la exportación de sus productos. En otras palabras, su misión principal (en teoría) era la de una delegación de negocios. La historia, como veremos a continuación, les deparaba otro destino.

Miroslav Zikmund, el mayor de los dos, nacido en 1919, y Jirí Hanzelka (su nombre de pila se lee “Yirshi”, la versión checa de “Jorge”), un año más joven, se conocieron en 1938 en la Escuela de Negocios en Praga. De inmediato se hicieron grandes amigos, pues ambos compartían una pasión por los viajes y una inagotable curiosidad por conocer otras latitudes, más allá de las fronteras de su país. Los dos optaron por la carrera de ingenieros comerciales, que abría ante ellos la posibilidad de recorrer el mundo. Para su frustración, la Segunda Guerra Mundial puso en pausa por varios años sus estudios y planes. Mientras duró ese período de opresión e incertidumbre, leían sobre las tierras lejanas de sus sueños y trazaban unas rutas imaginarias en los mapas.

Una vez terminado el conflicto bélico y levantada la ocupación alemana, retomaron sus estudios, graduándose en 1946, y empezaron a pensar seriamente en materializar sus ambiciosos proyectos. Con un grueso expediente bajo el brazo, un portafolio lleno de mapas, datos geográficos y estadísticas económicas, abordaron a la empresa Tatra, proponiéndole oficiar de sus representantes en una gira comercial alrededor del mundo. Los directivos de Tatra quedaron tan impresionados por el minucioso trabajo previo y la metódica planificación de la propuesta que accedieron a prestarles a los jóvenes ingenieros, a pesar de su corta edad y escasa experiencia (ninguno de los dos había cumplido 30 años), un Tatra 87 plateado, su modelo estrella, que servía como la mejor tarjeta de presentación de la compañía ante cualquier potencial mercado.

Alentados por este éxito, Hanzelka y Zikmund consiguieron fondos adicionales para su prometedor recorrido de larga duración, que iba a llevar varios años. El principal aporte monetario venía del Banco de Checoslovaquia, dinero que luego fue recuperado gracias a los contratos firmados. Entre los recursos obtenidos estaban equipos de fotografía y filmación, pues el registro de los viajes se planteaba como una tarea complementaria, que inicialmente debía fungir de herramienta publicitaria.

Así, el 22 de abril de 1947 comenzó su épica aventura geográfica, que duró hasta noviembre de 1950 y los llevó a través de 44 países en Europa, África y ambas Américas, cubriendo la distancia total de 111,000 kilómetros.

La primera prueba de resistencia, que los esperaba en Libia, fue una irremediable avería del auto. No obstante, eso no desanimó a los amigos, tampoco disuadió a la empresa. La compañía Tatra decidió sustituir el carro inhabilitado por otro, que, a la sazón, se encontraba en un local comercial relativamente cerca.

Pensando generar un impacto en los medios, los viajeros habían hecho un acuerdo con la Radio Checoslovaca de Praga para presentar un programa semanal, dedicado especialmente a sus experiencias. Dado que no tenían posibilidades de transmitir audios en vivo de cada lugar de su trayecto, escribían los guiones y los enviaban por correo postal a Praga. En la radio, sus narraciones eran leídas por dos actores. Durante todo el viaje, redactaron 702 reportajes radiales.

Ya llegando a Argentina, pasado más de un año desde el inicio de su travesía, Jirí y Miroslav se enteraron del verdadero efecto mediático de sus misivas. La Radio Checoslovaca les envió a través del Atlántico una copiosa colección de cartas escritas por sus maravillados oyentes, quienes seguían con emoción sus pasos, esperando con ansias cada nueva edición del programa. Aunque las negociaciones comerciales seguían siendo su prioridad, los dos embajadores de Tatra empezaron a prestar más atención al aspecto periodístico de su labor, descubriendo su auténtico valor y peso.

De sus guiones radiales y diarios de campo salieron en los años posteriores siete libros: tres tomos sobre África y cuatro sobre América Latina: Detrás del río está Argentina (sobre Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil), Cruzando cordilleras (norte de Argentina, Bolivia y Perú), A los cazadores de cabezas (Ecuador) y Entre dos océanos (Centroamérica y México). En el segundo de estos libros, que se llama Cruzando cordilleras (Pres Kordillery), encontramos unos capítulos que hablan sobre su paso por el sur del Perú y el Cusco, donde tuvieron una estadía breve pero nutrida de vivencias y recuerdos. Citaremos a continuación algunos párrafos de este libro.

Los apuntes de Hanzelka y Zikmund llevan una inconfundible impronta de bocetos de viaje, directos y espontáneos, fijados por escrito poco tiempo después de vivida la experiencia. Su mirada es empática y emotiva, llena de frescura y sensibilidad propias de la juventud. Es una visión, sin duda, matizada por la postura política compartida de los dos amigos, una óptica de la izquierda liberal europea de corte socialdemócrata, que caracterizaba el período de posguerra, cuando su idealismo aún no había marchitado bajo el mortífero hálito de la dictadura.

Un segmento significativo de la sociedad ilustrada de Checoslovaquia, país liberado de la invasión nazi por las tropas soviéticas, al principio abrazó con euforia los lemas de igualdad y justicia social, promovidos por el Partido Comunista checoslovaco y sus aliados. De ese sincero entusiasmo juvenil está teñida la narrativa de Hanzelka y Zikmund, que muestra un ángulo distinto al de otros autores extranjeros que escribían sobre el Perú en la misma época. También se percibe el evidente afán por sensaciones extremas y detalles exóticos, natural para alguien que por primera vez recorre un continente lejano. 

Aunque su prioridad eran los acuerdos comerciales para Tatra, los checos se esmeraron en repasar algunas fuentes bibliográficas sobre geografía, historia y cultura de cada lugar en su trayecto. En los países andinos, obviamente, los atraía la mágica y poderosa fama del Imperio Inca. Sus lecturas deben haber sido escogidas más o menos al azar: eran los libros que habían logrado conseguir en su patria, a los que probablemente se sumaron unos cuantos leídos durante el viaje.

Por ejemplo, se sabe con certeza que tomaron datos de la magistral obra La épica de América Latina (The Epic of Latin America) del estadounidense John Armstrong Crow, profesor de la Universidad de California en los Ángeles, volumen que había salido por primera vez poco antes, en 1946. Otro libro que mencionan es Indígenas de las Américas (Indians of the Americas, 1947) de John Collier, ex comisario de Asuntos Indígenas en el gobierno de EE.UU. (1933-1945), científico social y activista. Previsiblemente, en su lista bibliográfica no podía faltar el clásico opus Conquista del Perú de William Prescott. Como vemos, a pesar de su apasionada perspectiva anticapitalista, la mayoría de los autores citados por ellos eran de origen estadounidense.

Una excepción en este catálogo de nombres es un autor, quizás menos docto en las sutilezas de la historia sudamericana, pero definitivamente más cercano a nuestros héroes: Josef Korenský, educador, viajero y escritor checo. Korenský murió en 1938, año en que Hanzelka y Zikmund se conocieron. Hizo viajes alrededor del mundo, pero nunca estuvo en el Perú personalmente. Entre sus numerosos tratados está uno titulado América, que se publicó todavía en 1899, con un panorama sumamente esquemático e idealizado de la cultura inca, en el que traslucen claramente unos destellos de Garcilaso de la Vega. Hanzelka y Zikmund incluyeron en su libro una extensa cita de esa obra, aun reconociendo en ella algunos evidentes lapsus.

Así se presentaba la sociedad inca ante los ojos de los jóvenes ingenieros a partir del exhaustivo hervor de los ingredientes arriba enumerados:

Los incas lograron adoptar y enriquecer la antigua cultura que heredaron de estas tierras (Altiplano). Su capacidad organizativa fue notable; no menos asombrosa fue su comprensión del gobierno justo. Fueron los primeros en crear un gran imperio que no esclavizó a los pueblos subordinados. Los incas se convirtieron en ciudadanos plenos y, al mismo tiempo, comunes, de las tierras anexadas, cuyos habitantes, a su vez, recibieron igualdad de derechos en la metrópoli. Una red de caminos se extendió por todo el territorio inca, conectando incluso regiones a las que las civilizaciones del siglo XX, con su tecnología altamente desarrollada, no lograron llegar. Los incas demostraron ser maestros, implementando la producción agrícola en las condiciones más difíciles. Sus sistemas de irrigación han sobrevivido a los siglos, y sus campos en terrazas, reforzados en laderas empinadas con bastiones de piedra, aún sirven como fuente de sustento para los indígenas de la sierra. Los incas eran igualmente hábiles cirujanos, matemáticos, arquitectos, agrimensores y astrónomos. No conocían el concepto de dinero. En su imperio, todos trabajaban lo mejor que podían y recibían lo que necesitaban. El oro y la plata eran considerados metales sagrados, regalos de los dioses Sol y Luna. Se utilizaban para decorar los templos y no poseían valor monetario.

Este pasaje da una ilustración perfecta del utópico “socialismo inca”, aderezado con la romántica fe en el “buen imperio” o “imperio sin imperialismo”.

Ya en las tierras del antiguo Tawantinsuyu, acercándose a la frontera peruana desde Bolivia, por la ruta de Desaguadero, sintieron en carne propia el contraste entre la legendaria alta ingeniería vial inca y el patético estado de las carreteras que les tocaba transitar:

En casi todos los países sudamericanos, las carreteras cerca de la frontera están en tales condiciones que pareciera que más allá de los puestos fronterizos se acaba el mundo. Claro, nadie quiere traspasar el fin del mundo, así que ¿para qué construir carreteras decentes que lleven a esos puestos? Baches tras baches, surcos profundos, bordes de la carretera desmoronados. Tenemos que conducir a paso de tortuga. Aun así, temblamos, temiendo por los bajos del coche. “Qué tal bienvenida para los conductores que llegan a Bolivia desde Perú”, pensamos tres horas después, tras recorrer los primeros diez kilómetros por las tierras peruanas.

Así se produjo la entrada de esta pequeña expedición al Perú, país cuyo territorio equivalía a diez Checoslovaquias y aún quedaba un saldito.

La indudable ventaja de viaje por tierra con auto propio tenía también sus lados negativos. El pobre Tatra ya había sufrido serios daños en Bolivia y pedía a gritos el cambio de algunos repuestos, problema que les causaba a sus conductores no pocos dolores de cabeza. Al cruzar la frontera peruana, la carretera mejoró sustancialmente, pero en su lugar surgió otro inconveniente, tal vez de peso mayor para quienes venían de la Checoslovaquia socialista.

En 1949 el Perú se encontraba en los primeros años del gobierno de Odría, empeñado en erradicar todo lo que olía a ideas de izquierda. No es de sorprenderse que Hanzelka y Zikmund no se hayan sentido muy a gusto en ese ambiente. Así describen sus primeras experiencias en los caminos peruanos:

En ninguno de los casi treinta países que visitamos nos habíamos encontrado con una situación similar: tras el primer control aduanero, militar y policial en la frontera, las mismas autoridades competentes estatales, con obtusidad y sin ninguna razón lógica aparente, cada vez exigían a los visitantes nuevas dosis de paciencia durante una tediosa revisión del equipaje, repitiendo sin cesar todo el procedimiento como una máquina de relojería.

“Eso significa que no confían en sus propias instituciones, que ya hicieron este trabajo apenas unos kilómetros antes que ustedes”, - no pudimos evitar comentar durante la octava inspección, idéntica al control fronterizo. “Ese es nuestro problema”, - espetó el jefe de policía.

Al final de nuestro primer día en la República del Perú, habíamos comprendido el sentido de la advertencia que nos había estado inquietando durante mucho tiempo: “Van a viajar a un país en el que hace dos años se instaló el estado de sitio”, - nos decían en Bolivia y Argentina con manifiesto sarcasmo.

Los pueblos ubicados a lo largo de la carretera Puno – Cusco les causaron una impresión francamente deprimente. En sus apuntes, contraponen la miseria de los pequeños poblados a la supuesta prístina pureza del campo, haciendo unas anotaciones muy causticas sobre los alojamientos en esos pueblos, que no vamos a reproducir aquí. En cambio, según ellos, el hipotético “hombre rural”, una versión mejorada del “buen salvaje”, habitaba en una especie de paraíso primigenio, donde no había que perturbar su pureza. La decadencia y la pobreza nacían cuando ese entorno virginal se veía contaminado por la maligna influencia de la civilización:

Aunque estos pueblos sirven como puestos de avanzada de la civilización en el interior del Perú, se convierten finalmente en refugios insalubres y empobrecidos para quienes han perdido la oportunidad de vivir entre campos agrícolas y pastizales. Además, acuden aquí personas que no han encontrado medios de subsistencia o que no se han ganado la "benevolencia" de las fuerzas del orden en la costa civilizada. Pero apenas uno abandona las calles deterioradas de un pueblo provinciano, ingresa de inmediato en las tierras de los indígenas —pastores y agricultores— espacio de aire puro, montañas puras y gente pura.

La tan llorada y soñada pureza del hombre andino, la encontraron nuestros checos en el valle del Vilcanota, que por aquellos años no se había convertido aún en el hub turístico de hoy:

El valle del río sagrado es muy diferente de todos los demás lugares habitados por indígenas que hemos encontrado hasta ahora. La gente que vive aquí es también distinta. No son como los nativos demacrados por el hambre, las enfermedades, el alcohol y la coca, que viven en estado de decadencia en el altiplano boliviano, ni como los pastores empobrecidos de las laderas de la Cordillera Oriental. Tampoco son como los mineros esclavizados de Potosí y Oruro, ni como los pobladores subyugados de la región de Cochabamba. Hay algo cautivador e indomable en los indígenas del valle del río Vilcanota. Son personas libres e invictas, altas y fuertes, silenciosas, llenas de desconfianza y un desprecio apenas disimulado hacia los extranjeros. Todavía visten sus trajes tradicionales: los hombres llevan chaquetas coloridas y las mujeres faldas de tela fina.

¿Qué hubieran dicho los dos viajeros al ver hoy la metamorfosis acontecida con este valle y sus habitantes en las décadas transcurridas? Pero en aquel momento, ante sus miradas maravilladas y desde su imaginario nutrido por los escritos novelados de Korenský, los campesinos de la cuenca de Vilcanota personificaban a la cultura autóctona genuina, una rareza en peligro de extinción:

Los indígenas de este valle y de toda la región montañosa circundante a Cusco nunca se sometieron por completo a los invasores europeos. Aquí existió un centro de resistencia heroica durante más de doscientos años. Solo la última generación de indígenas del Valle de Vilcanota presenció la verdadera penetración de los blancos en su tierra. El antiguo camino inca fue ensanchado y adaptado para el tránsito de automóviles. Sin embargo, a pesar de ello, los carros son raros en esta zona.

Cabe notar que en este párrafo Hanzelka y Zikmund, al parecer, confunden las zonas de Vilcanota y Vilcabamba (lugar que no llegaron a visitar), retratando la primera de ellas como el bastión inexpugnable de la resistencia indígena contra el malvado hombre blanco, portador del contagioso germen de la modernidad. La escasa presencia del transporte moderno en el valle en la década de 1940 es, sin embargo, un detalle bastante verosímil.

La idea del conflicto entre el virtuoso y sabio mundo indígena y el cínico y codicioso colonizador llega en el libro a su punto culminante cuando nuestros héroes llegan al Cusco. Lo llaman “ciudad de los dioses”, pero es, al mismo tiempo, la máxima expresión de la tragedia histórica, la metáfora viva de esta lucha sanguinaria y desigual:

He aquí, ante nosotros, el Cusco. El corazón del gran país de los incas. En corazón sin sangre. El corazón de un cuerpo estrangulado, roído por los parásitos.

Y en otro párrafo:

Los educados incas los saludaron a los españoles con la mano extendida; los españoles se la cortaron y le arrancaron el oro.

Es difícil imaginar una imagen más gráfica y dramática. La antigua cultura, de incomparable grandeza, yace en ruinas, y sobre sus tristes restos pululan los descendientes de los maléficos conquistadores, ejerciendo su poder y dominación, mientras los nietos de los incas, venidos a menos, corrompidos por la lepra de la modernidad, son una pálida sombra de las glorias perdidas de sus ancestros.

Pasados veinte años de la publicación de El nuevo indio de Uriel García, este esquema se ve bastante anacrónico, pero la narrativa de esa índole aún conservaba una gran vitalidad tanto en la percepción externa del Cusco y el Perú como en el discurso construido “desde adentro” y orientado “para exportación”, siendo recibido con avidez por el emergente y pujante turismo.

El Cusco se presenta ante Hanzelka y Zilmund como una ciudad congelada en el tiempo, sumamente arcaica, tanto en sus formas arquitectónicas como en sus costumbres y el ritmo de su vida cotidiana:

En ninguna otra ciudad de Latinoamérica, con la excepción de Potosí, se percibe una atmósfera tan vívida de la época de los primeros colonizadores del continente americano como en Cusco. Si uno pasea por las calles de esta antigua capital de la sierra y se asoma por las ventanas y puertas de las viviendas, tiendecitas y talleres de artesanos, a la penumbra de iglesias y monasterios, mira los rostros de la gente, parecen desvanecerse los carteles publicitarios, los letreros de neón, los cables telefónicos y demás elementos del siglo XX. De repente, uno se encuentra entre las antiguas casas de patricios españoles de los siglos XVI y XVII.

Por los comentarios de Hanzelka y Zikmund, se hace evidente que sus guías y anfitriones, a quienes no nombran directamente, desplegaron ante ellos todo su arsenal de folclore histórico y leyendas urbanas. Pero sus pasajes más intuitivos y conmovedores son aquellos que describen las experiencias directas y las situaciones concretas vividas por los checos en la Ciudad Imperial. En sus páginas encontramos unos bocetos espontáneos y agudos como este:

¿Cómo es el Cusco hoy? Uno recorre sus callecitas sinuosas, de tienda en tienda. Muchas están repletas de parafernalia religiosa, montones de estampas, crucifijos, libros de oraciones, rosarios, candelabros y estatuillas baratas. Los pasillos están llenos de velas ricamente decoradas, hechas de cera multicolor, con escenas de la vida de santos; las velas están cubiertas de imágenes y cintas de papel aluminio con colores festivos. Entras en una tienda y te quedas paralizado de asombro. Es como entrar en una cueva escasamente iluminada, con innumerables estalactitas colgando del techo. ¿Son depósitos de piedra caliza? Claro que no. Son velas que compran los burgueses adinerados para poner en las iglesias a sus santos benefactores, según el rango.

—¿Cuánto cuesta una vela así?— No pudimos resistir la tentación de preguntar por el precio de una bendición recibida a cambio de un tronco de cera de dos metros de largo y veinte centímetros de ancho en la base.

Los eclesiásticos apagan estas velas igual que las demás, sin dejar que se consuman, y las devuelven a los mismos comerciantes a cambio de un precio por peso.

—Doscientos soles—, responde el vendedor, haciendo una reverencia y ofreciéndonos velas a elegir.

Nos dirigimos en silencio hacia la salida. Esta suma equivale a seis meses de salario para los porteadores indígenas que caminan en fila por la vereda de enfrente, llevando cada uno cien kilos de cargamento.

Aquí cabe mencionar que, tanto Jirí como Miroslav, dominaban varios idiomas aún antes de embarcarse en sus viajes. Gracias a su feliz talento para aprender lenguas extranjeras, iban agregando nuevos conocimientos durante todo su recorrido y, al parecer, llegaron al Cusco hablando español con bastante fluidez, lo que les permitió captar mejor los matices y pormenores de las escenas urbanas. Así narran su primer domingo en la ciudad, que recibieron en un hotel frente a la Plaza de Armas:

“Oye, ¿qué pasa afuera?” - “Ya llevo unos minutos escuchando. Disparos, como en Cochabamba.” - “¿Y a qué viene entonces la banda de música? ¿Una revolución con acompañamiento musical?”

Así nos despertamos en Cusco nuestro primer domingo en el Perú. Una mirada por la ventana confirmó que no había ocurrido nada fuera de lo común. Una banda militar tocaba en la plaza frente a la catedral, rodeada de gente. En las escaleras de la catedral, unos niños traviesos lanzaban cohetones de su propia fabricación. Y en el campanario, alrededor de las campanas, como a la entrada de una colmena, se amontonaba otro grupo de niños. Tañían las campanas frenéticamente a todo dar, y los más fuertes agitaban los badajos como si trataran de sacar la gota de oro que los maestros fundidores habían añadido al metal siglos atrás. Resulta que en Cusco todos los domingos y días festivos se celebran de esta manera. Si a los muchachos les quedan unos centavos de su dinero del domingo, los cohetones frente al templo continúan sonando hasta bien entrada la madrugada del día siguiente.

Bajo las ventanas se oye cada vez más el chapoteo de pies descalzos de los indígenas. Se apresuran a la plaza, no vaya a ser que se pierdan el placer de la música. Después de todo, para ellos es la única alegría que esperan con ansias durante toda la semana. Se abren paso con insistencia hasta la primera fila de oyentes, que forman un semicírculo alrededor de los músicos, para captar cada sonido. Cansados e indiferentes otros días, ahora no apartan la vista del director de la banda. Un anciano arrugado se mueve al ritmo de un bailecito peruano detrás de los demás.

¡Benditos músicos, Dejaron de tocar justo en la parte más emocionante! "¡Otra tocada más, caramba!" suplica el anciano, y no cede hasta que los músicos retoman sus instrumentos.

Dos horas después, cuando la flor y nata de la sociedad local se ha acomodado en las bancas de la iglesia para asistir a la misa solemne, este anciano se encuentra bajo las arquerías de la plaza cercana. Carga a la espalda cuatro sacos de harina, un total de casi cien kilogramos. Con los pasos cortos, típicos de los indígenas de la sierra, se apresura hacia la plaza superior, donde está el mercado. Su rostro muestra de nuevo una máscara inexpresiva de indiferencia.

El primer domingo que pasaron los ingenieros checos en Cusco les dejó una impresión fuerte y duradera, llena de pequeños pero significativos detalles:

Antes del mediodía, multitudes vuelven a congregarse en la plaza. Indígenas descalzos visten pantalones cortos de lona o lana, atados debajo de las rodillas, sombreros de ala ancha y el omnipresente poncho sobre los hombros. Junto a ellos hay soldados y estudiantes, frailes y comerciantes, mendigos, vidrieros, vendedores ambulantes, policías con cinturones y fundas blancas para revólveres, turistas y guías. En medio de esta muchedumbre, uno se da cuenta de repente de que el 95% de los indígenas que aún viven en América caminan por las selvas tropicales del Amazonas, cruzan los glaciares en las cumbres de las cordilleras y recorren las aceras de la capital arqueológica de Sudamérica, ya sea descalzos o con sandalias hechas de neumáticos viejos.

Aquí tomamos nota de la existencia en Cusco, ya en el año 1949, de turistas, guías y ojotas de llanta.

Con especial interés describen Hanzelka y Zikmund el mercado de artesanías al aire libre:

El mercado dominical de Cusco es un verdadero desfile de arte popular. No es un mercado habitual con montañas de yuca y camote, verduras y queso de oveja. Todo esto se vende entre semana. El domingo pertenece al arte tradicional, al arte ancestral de los indígenas, así como a las artesanías nacidas del mal gusto de los turistas. Fajas de lana coloridas, arneses y cinturones largos, tejidos a mano. Gorros de lana, propios de la sierra, puntiagudos y con adornos incas. Ponchos ligeros, con rayas azules y verdes sobre un fondo rojo oscuro. Una increíble variedad de canastas pintadas con colores brillantes y cerámica con diseños tradicionales. Flautas de pastores finamente talladas. Chaquetas bordadas para hombres y faldas para niñas, joyas de plata martillada. Montículos de tesoros del arte indígena, colocados sobre el pavimento. Y junto a ellos, montañas aún mayores de objetos que imitan ciertos diseños tradicionales, decorados por doquier con inscripciones chillonas: CUZCO. Tienen demanda entre los turistas elegantes, y los nativos se ven obligados, en última instancia, a producir lo que se vende.

De estas líneas se hace claro que ya a mediados del siglo pasado en la artesanía cusqueña se sentía una brecha entre lo visto como “auténtico” y “legítimo”, por un lado, y la producción comercial masiva de suvenires para turistas, por el otro. En términos generales, existe una fuerte creencia de que el turismo en el Cusco es el signo de las últimas décadas. Pero, si leemos con atención los relatos de viajeros de distintos momentos, nos daremos cuenta de que muchos de los fenómenos económicos, sociales y culturales relacionados con el turismo ya estaban aflorando en la ciudad por lo menos desde la década de 1910, catalizados sin duda por la súbita fama de Machu Picchu. En los últimos treinta años se ha visto un crecimiento exponencial de esos rasgos, pero sus raíces se extienden lejos hacia el pasado.

La visita de los checos a Machu Picchu abarca en su libro varios acápites. Más que sus admiradas exclamaciones ante el majestuoso monumento inca, merece atención en el contexto histórico su relato sobre la ruta hacia el legendario sitio, que muestra el estado en que se encontraba la infraestructura y la conectividad de la joya arqueológica de Sudamérica en aquellos años. Sus apuntes aclaran también que el servicio turístico de transporte ferroviario ya estaba encaminado, aunque se encontraba en sus inicios: la vía de tren había alcanzado Machu Picchu pueblo (Aguas Calientes) veinte años antes de esa fecha. Escuchemos el testimonio de Hanzelka y Zikmund:

Hace veinticinco años, esto era un pequeño autobús. Luego le quitaron las ruedas, aseguraron los controles, sacaron el volante y lo colocaron sobre las angostas vías del ferrocarril que va de Cusco a Machu Picchu. Dos veces al día, trota de un lado a otro por estos lares como un caballo salvaje. No hay otra que soportar tres horas de ese viaje, salvo si uno opta por hacer la travesía de 120 kilómetros al Valle de Urubamba a pie o en burro.

De hecho, el recorrido no resulta aburrido. A solo unos kilómetros del Cusco, se presenta la oportunidad de conocer el primer atractivo, por cierto, de carácter puramente técnico. La vía asciende abruptamente, pero los acantilados ofrecen poco espacio para curvas. A medida que sube, el tren llega a un punto ciego que termina en un precipicio. Entonces, se acciona un interruptor y la dirección se invierte durante un kilómetro, luego el interruptor se acciona nuevamente y así el ascenso continúa.

Como bien se sabe, este sistema de subida en zigzag por la ladera del cerro aún está en funcionamiento a la salida del tren desde la antigua estación de San Pedro hacia Ollantaytambo, aunque su uso se ha vuelto menos frecuente con la implementación de la nueva estación de embarque y desembarque en Poroy.

Hanzelka y Zikmund, con su inquieto espíritu de crítica social, tomaron nota de los aspectos del viaje que otros visitantes, seguramente, hubieran visto con un lente distinto o simplemente pasado por alto:

En el autocarril —el vagón de tren— van sentadas tres mujeres mayores y dos jóvenes, vestidas más para un té de media tarde que para una excursión a las montañas. Son turistas estadounidenses. Ayer cenaron en el Hotel Bolívar de Lima; hoy, acompañadas por un guía profesional, visitarán los monumentos incas; y mañana ya estarán en Buenos Aires. Hay que saber viajar. ¡Ni que hablar de automóviles!

Una suiza de edad, sentada a nuestro lado, observa en silencio el paisaje de la carretera y a los pasajeros. Por un tiempo, los tres nos olvidamos de nuestras ruidosas compañeras de viaje. Nos acercamos al punto más alto del camino. A ambos lados, los picos nevados de Salcantay y Humantay se alzan majestuosamente, sus coronas blancas brillando bajo los rayos del sol matutino. Es imposible apartar la vista de aquel mágico paisaje montañoso.

“¿Qué es esto? ¿Un pueblo?”, pregunta una de las turistas señalando por la ventana y volviéndose casualmente hacia el guía. “Sí”, confirma este con la cortesía pagada por adelantado, “Un pueblo. Aquí viven los descendientes de los antiguos incas”. Una oleada de admiración se extiende: “¡Oh, qué maravilla! ¡Qué bonito! ¿Un idilio, verdad?” Los superlativos abundan.

Se trata de unas pocas chozas medio vacías, construidas con ramas, pasto seco y barro. Y ninguna de estas turistas, por muy entusiastas que fueran, se habría imaginado siquiera cómo se sentirían si se instalaran en una vivienda así. No se les ocurrió que allí durmieran niños semidesnudos sobre un montón de harapos en noches heladas, que los indígenas de la sierra se sacrifican por cada patata en un trozo de campo rocoso del tamaño mísero. ¡Cabañas hechas de mimbre y barro! ¡Vaya, esto es algo que no se ve en Chicago!

Al minuto siguiente, exclamaciones de horror resonaron por todo el vagón: “¡Por Dios, paren! ¡Los van a atropellar! ¡Los van a matar! ¡Por Dios!”. Delante del vagón sobre las vías habían aparecido sin prisa dos patos. Las mujeres estadounidenses informaron emocionadas a los pasajeros que todo había salido bien. “¡Pobres criaturas, imaginen si los hubieran atropellado!”.

Una hora más tarde, en la estación de Ollantaytambo, las susceptibles turistas apartaban la mirada con evidente repugnancia de unos niños harapientos. Aquí la compasión flaqueó. Los niños estaban tan sucios, tal vez incluso enfermos. Cuidado, no hay que acercarse, tal vez sean contagiosos…

Nuestra vecina suiza, que había vivido entre los indígenas sudamericanos durante dos décadas, permaneció en silencio. Había conocido a los habitantes de este continente, y no lo hizo desde la ventanilla de un avión. Conocía su realidad. Los veía como personas. Su rostro también expresaba un evidente disgusto y desprecio. Pero no iba dirigido al grupo de niños indígenas que estaban en el andén, ofreciendo en silencio fruta y agua a los pasajeros.

El capítulo dedicado a este episodio se titula Turistas voladores. Para atenuar un poco la incisiva ironía de los checos dirigida a las acaudaladas turistas norteamericanas, hay que decir que, si bien viajar en avión en la década de los 40 era un lujo accesible a pocos, viajar en auto propio, transportándolo en barco a través del Atlántico, era un lujo mayor aún. Es cierto que los dos jóvenes en sus travesías se exponían a peligros extremos y prescindían de comodidades habituales para ciudadanos europeos, pero también es necesario recordar que su megaempresa expedicionaria solo se hizo posible gracias a un jugoso auspicio, que abrió ante ellos unas posibilidades infinitamente mayores frente a las que podían soñar hasta los más exigentes de los “turistas voladores”.

Otra pincelada al cuadro es la descripción de la subida desde la estación de Aguas Calientes, lugar que se había formalizado recientemente como centro poblado, hasta el sitio arqueológico:

La mirada abarca ocho kilómetros de la carretera que serpentea vertiginosamente a 500 metros de altitud entre el fondo del desfiladero y la bóveda de nubes. “Hace seis meses hubieran tenido que subir a lomo de mula o burro. O estirar la pata antes incluso de llegar arriba. La cumbre de Machu Picchu está justo por encima de estas nubes”, nos aseguró el guía. “La carretera de un solo sentido tardó varios años en construirse. Nadie tenía claro cómo trazarla. Pero de alguna manera se encontró la solución. Las curvas son tan cerradas que ni siquiera un auto pequeño puede con ellas sin dar marcha atrás”. Una hora después, cuando el viento disipó la capa de nubes, bajamos del auto en la cumbre.

De uno de los reportajes biográficos de Zikmund, publicado muchos años después, sabemos que pernoctaron en Machu Picchu con bolsas de dormir, una libertad que en aquellos tiempos estaba permitida a los que se atrevían a hacerlo. Antes ya habían pasado una noche en la cima de la Gran Pirámide de Guiza.

Además de Machu Picchu, Hanzelka y Zikmund llegaron a visitar Tambomachay y Puka Pukara, que les recordó el monumento conocido como Gran Zimbabue en África, cuyas fechas coinciden aproximadamente con las del auge del Estado Inca en el Perú. Examinaron detenidamente Qenqo, donde fotografiaron el famoso canal en forma de serpiente, especulando sobre su posible función. Estuvieron en Saqsaywaman, expresando el usual asombro ante el tamaño de sus monolitos. En el camino a Machu Picchu vieron Ollantaytambo.

En el libro no se especifica cuánto tiempo se quedaron los checos en el Cusco, pero su estadía no debe haber sido muy larga. Desde la capital inca salieron rumbo a Abancay. Su última impresión del Cusco fue el célebre geoglifo moderno que hasta el día de hoy corona el paisaje:

El sol trepó por la ladera cubierta de eucaliptos y saltó a los cerros del lado opuesto que se elevaban sobre la ciudad, iluminando una inscripción gigante marcada con cal sobre el verdor fresco:

¡VIVA EL PERÚ! B. I. 9.

“Eso lo pintaron los soldados del Batallón de Infantería Nueve. Les costó mucho llegar hasta allí”, nos explicó un anciano arrugado al lado de la gasolinera. “Hasta hace poco, había una enorme figura de hoz y martillo, pero a los soldados los obligaron a pintarlo encima cuando el gobierno militar de Odría llegó al poder. Nadie quería hacerlo…”

Muchos cusqueños creen hoy que la hoz y el martillo existieron en el cerro “Viva el Perú” en los tiempos del gobierno militar de Velasco. Este párrafo deja constancia de que la historia data de una época anterior.

El sufrido Tatra 87, que aún no había recibido un servicio mecánico adecuado, continuó andando a duras penas por las accidentadas carreteras de la sierra. Pero esta arriesgada ruta puso en su camino unas experiencias y unos encuentros impensables para el estandarizado turismo formal. Encuentros como este:

Un camión averiado está parado en medio de la carretera. El barbudo conductor sonríe y rechaza nuestra oferta de ayuda, agua y comida. — "Gracias, todavía tengo provisiones para unos días. Llevo cuatro días atascado aquí: se rompió el eje derecho, ¿lo ve? Bueno, aquí estamos acostumbrados. A veces te quedas así una semana hasta que llegue la ayuda..."

Fue uno de esos casos que en Europa podrían haber llamado la atención de periodistas y quizás servido de argumento para novelas dramáticas y guiones de cine. Aquí, en los Andes peruanos, es parte de la vida cotidiana de un hombre que vive de la carretera, parte de la vida de miles de hombres cuyo heroísmo pasa desapercibido: es demasiado común y generalizado, se ha convertido en una condición indispensable de su existencia.

Otro de los encuentros les recordó una vez más sobre la controversial realidad política del país:

Al doblar una curva, vimos de repente un trapo rojo ondeando. Todo un tramo de la carretera que teníamos delante se había hundido en el río embravecido. Un rostro amigable se asomó por la ventanilla. “Ingeniero Morales, subdirector de construcción. Tendrán que esperar un poco; estábamos dinamitando esa roca de allá, y ahora los muchachos están retirando los escombros. Tenemos que abrir un nuevo tramo de carretera en la roca para evitar que el agua la arrastre de nuevo.”

Nos presentamos. “¿Checos? ¡Saludos! Este es el encuentro más grato que he tenido en esta carretera. ¿Cuándo salieron de Checoslovaquia? ¿Y qué hay de nuevo por ahí? ¿Cómo va la industria nacionalizada?” Las preguntas llovieron. No lográbamos seguirlas. Después de hablar con él un rato, comprobamos que su amabilidad era sincera. “En realidad, llevo dos años viviendo aquí en el exilio, a mil kilómetros de mi casa, de Lima. Y solo porque estuve involucrado en el movimiento obrero durante mucho tiempo. Estuve preso unos meses y luego me echaron de Lima... Escuchen, fíjense bien en todo lo que vean y cuéntenles a sus amigos en casa cómo vive aquí la gente que no tiene más que sus manos para trabajar. Y tengan cuidado.”

Un hombre con sombrero de ala ancha apareció detrás de un montón de piedras enormes al borde del nuevo tramo de carretera. “Es el jefe de obra, el diablo lo trae por aquí”, susurró Morales y puso una cara desabrida. “¿Van a viajar hasta Lima? Han elegido un camino interesante, pero difícil.”

El camino que habían elegido realmente era difícil. Optaron por llegar a Lima pasando por Abancay, Huamanga, Huancayo, La Oroya y bajando a la costa por la famosa abra Ticlio (o Anticona) a casi cinco mil metros de altura. Desde Lima dieron una vuelta breve por la costa sur, haciendo unos registros fotográficos y fílmicos únicos de las islas guaneras. Volviendo a Lima, ya con mayor comodidad, se dirigieron al norte por la carretera panamericana, llegando al Ecuador. Ahí se aventuraron a la selva del pueblo shuar, atraídos por las leyendas sobre cabezas reducidas. Al no obtener permiso de ingreso a Colombia, se trasladaron en barco hasta Panamá, atravesaron los países de Centroamérica y recorrieron buena parte de México, de donde retornaron a Europa.

Ya al año siguiente de su estadía en el Perú, se enteraron apenados del gran terremoto del Cusco:

Poco después de nuestra partida, Cusco sufrió una catástrofe aún mayor, que desfiguró su rostro hasta hacerlo irreconocible. La mayoría de los templos se cayeron a causa de un devastador terremoto sin precedentes. Muchas viviendas se derrumbaron como castillos de naipes a raíz del desastre. Esta vez incluso algunos restos de estructuras incas, que antes solo habían sufrido leves daños por el paso del tiempo y la acción destructiva del hombre, no lograron mantenerse en pie. Cusco murió por segunda vez.

Así, las notas de viaje de Hanzelka y Zikmund y sus registros fotográficos adquirieron un valor adicional, al haber documentado la Ciudad Imperial en la víspera del fatídico suceso que marcó un punto de quiebre en su historia.

El libro Cruzando cordilleras se publicó en Praga, en la lengua checa, en 1957. Fue traducido a varios idiomas, mas, al parecer, nunca tuvo una traducción oficial al castellano y, lamentablemente, no llegó al lector latinoamericano.

Aquí por lógica correspondería poner el punto final a este ensayo, dejando a los jóvenes checos en la ruta hacia el norte y agradeciendo su contribución a la polifónica historia del Cusco. Sin embargo, para entender mejor la escala de su impacto y resonancia, la huella que dejaron sus vidas y obras, hace falta contar en breves palabras sobre lo que pasó con ellos después.

Cuando Hanzelka y Zikmund estaban todavía en el continente africano, en febrero de 1948 acontecieron en su patria unos importantes cambios. Contraviniendo los legítimos procesos democráticos, el Partido Comunista dio un golpe de Estado y monopolizó el poder en sus manos, incorporando a Checoslovaquia de manera definitiva en la zona de influencia de la Unión Soviética y culminando el cierre del telón de acero que dividió Europa y el mundo entero.

Las noticias sobre lo sucedido, que alcanzaban a los dos amigos por partes en distintos puntos de su ruta, poco a poco les hicieron entender la seriedad de la situación. Como para oscurecer aún más el panorama, cayó en sus manos durante el viaje la recién publicada novela distópica 1984 de George Orwell. Su situación les abría la posibilidad de quedarse en alguno de los países visitados o emigrar a otro lugar del mundo. Estando en Ecuador, los dos tuvieron una conversación decisiva al respecto y finalmente concluyeron que al cabo de la gira iban a asumir los riesgos y retornar a su tierra.

Volviendo a Checoslovaquia en 1950, se dieron cuenta de que estaban en un país que no conocían. Su misión comercial había obtenido notables resultados, pero muchos de los contratos concertados para Tatra por sumas millonarias quedaron truncos por las nuevas políticas del gobierno o la incompetencia de sus flamantes funcionarios. El emblemático modelo 87 de Tatra, que tanto les había servido en el viaje a Jirí y Miroslav, el mismo año fue sacado de producción.

Sin embargo, el nuevo gobierno los recibió con brazos abiertos, como triunfadores y personajes meritorios. Y eso se debía en gran medida a su éxito mediático. En primer lugar, el llamado “bando socialista” necesitaba una representación política en los países “en desarrollo” para expandir su órbita de influencia. Hanzelka y Zikmund, sin pensarlo, habían contribuido a esa estrategia.

Por otro lado, en los países denominados “socialistas” se imponían fuertes restricciones de salida para sus ciudadanos. Eso afectaba especialmente los viajes a aquellos Estados que no pertenecían directamente a la esfera de influencia soviética. Vetada la posibilidad de desplazarse libremente, los checos y eslovacos “de a pie” podían tener un cierto resquicio de desfogue, un premio consuelo, escuchando, leyendo y viendo historias sobre viajes de otros. En esa situación, Hanzelka y Zikmund, ya reconocidos como héroes nacionales gracias a sus reportajes radiales, se convirtieron en figuras de culto.

Los años de nomadismo y aventuras cedieron lugar a casi una década de vida relativamente sedentaria. Aprovechando ese prolongado período de fama y estabilidad económica, ambos contrajeron matrimonios y tuvieron hijos. Parecía que nada iba a perturbar su popularidad mediática y su bienestar personal.

Se dedicaban a charlas públicas, redacción de libros y colaboración en producción de películas, un intenso y paciente trabajo de difusión. Sus tres tomos sobre África salieron de imprenta en 1952. Sin embargo, sus cuatro libros sobre América Latina tuvieron que esperar algunos años más y vieron luz entre 1956 y 1959.

En esos cuatro años el mundo cambió. En 1953 murió Stalin. A muchos adeptos y beneficiarios de su dictadura ese quiebre significó el fin de su poder, prosperidad, e incluso vida. Para otros fue una ráfaga de aire fresco, aunque breve. El régimen tambaleó, pero aguantó el golpe. En 1955, para prevenir el desmoronamiento del “bando socialista”, se firmó el llamado Pacto de Varsovia, que ataba a los países de Europa del Este a la URSS a través de un compromiso militar, acto destinado a contrapesar la creciente influencia de la OTAN.

Finalmente, en febrero 1956, se llevó a cabo el famoso XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, que condenó a Stalin y dio un inicio formal a lo que se llamó “la época del deshielo” de Nikita Jruschov. Se aflojó la censura, se detuvieron las represalias contra los disidentes, se introdujeron algunas reformas e incluso se empezaron a restablecer tímidos contactos culturales con el mundo exterior. Todos esos cambios tuvieron repercusión directa en el “bloque del Este” y, por lo tanto, en Checoslovaquia.

Fue en ese clima de frágil optimismo en que los lectores checoslovacos leyeron por primera vez la tetralogía latinoamericana de Hanzelka y Zikmund. Lo que hoy puede parecer una narrativa un tanto inocente de jóvenes idealistas con una mirada politizada, en su patria y en su época debe haber sido una verdadera revelación. Es probable que, incluso pocos años antes, muchos pasajes de esos libros hubieran sido censurados. Como ejemplo se podría tomar su relato sobre los sucesos que habían presenciado en Cochabamba, Bolivia.

Para su buena o mala suerte, en Cochabamba les tocó ser testigos del levantamiento, conocido como la Guerra Civil Boliviana de 1949. Sa sublevación fue iniciada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) contra el gobierno conservador de Mamerto Urriolagoitía, se extendió a varias ciudades, pero en un corto tiempo fue reprimida. Sin embargo, tres años después, en 1952, MNR finalmente llegó al poder tras la célebre Revolución Nacional Boliviana. Su líder, Víctor Paz Estenssoro, fue tío abuelo del actual presidente de Bolivia Rodrigo Paz.

Hanzelka y Zikmund describen los acontecimientos del 27 de agosto del 49 en Cochabamba con un tono abiertamente caricaturesco, como una especie de parodia a revolución:

Las "revoluciones" sudamericanas tienen sus propias tradiciones. Mucho se ha escrito y hablado sobre ellas. Y, sin embargo, encontrarse en el centro mismo de un acontecimiento así resulta curioso: hay mucho de que sorprenderse.

Y luego:

Cualquier "revolución" aquí es como un domingo. En momentos así, es muy interesante apostar por cómo acabará todo.

Los capítulos dedicados a ese episodio están salpicados de comentarios como este:

"El gobierno está perdiendo la capacidad de controlar la situación", se escucha en las ondas de radio en decenas de idiomas diferentes, y el nombre de la ciudad de Cochabamba, en guiones y puntos de código Morse, se expande en círculos concéntricos por todo el mundo, solo para perderse en algún lugar de la periferia de los acontecimientos mundiales y hundirse irrevocablemente en la eternidad, como una efímera o un cohete quemado.

Es por eso que, días después, en su primer domingo en Cusco, al escuchar cohetones combinados con música, Jirí y Miroslav se acordaron de Cochabamba y se preguntaban: “¿Es una revolución con acompañamiento musical?”

El fracaso del levantamiento no les despertó ni la más mínima compasión. Su veredicto final fue bastante duro:

Llegó a su fin una de las innumerables aventuras políticas que en América Latina se disfrazan de “revoluciones”. Solo sirven para nublar el juicio de la gente, debilitar la fortaleza económica de los Estados, profundizar su dependencia y elevar a la cima de un poder dudoso a quienes se suceden en las precarias sillas de la dictadura.

Aquí hay que poner una nota al margen: la escasa simpatía de los autores hacia el Movimiento Nacionalista Revolucionario tenía sus motivos de peso. En sus inicios, esta fuerza política boliviana mostraba una clara predilección por el nacionalsocialismo alemán, afinidad que, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, el MNR trató de borrar de su historial con todos los medios posibles, pero que nunca fue olvidada por completo. Es obvio que, para unos ciudadanos de Checoslovaquia, país que había sido desmembrado y sometido por la Alemania nazi tan solo algunos años antes, ese antecedente no pudo pasar desapercibido, opacando por completo los apasionados eslóganes y la encendida retórica de los insurrectos.

Algo en sus palabras que deja un sinsabor es la idea de que todas las revoluciones latinoamericanas (o alzamientos, o rebeliones, llámense como sea) han sido unos espectáculos igualmente vacuos y caóticos, carentes de rumbo definido y sin frutos medianamente significativos. La historia probó lo contrario.

Además, cabe mencionar que la Guerra Civil boliviana del 49 dejó tras sí, en diferentes localidades del país, varios cientos de muertos y heridos. Muchas revoluciones y otros acontecimientos históricos trascendentes, en el momento podrían parecer una pobre farsa con modesto elenco y poca utilería, si uno los observa desde la ventana.

Llama poderosamente la atención en esos capítulos del libro el trato irónico que se le da a la palabra “revolución”. En la URSS de los tiempos de Stalin, satirizar esa palabra públicamente hubiera sido más o menos lo mismo que hacer bromas alrededor de la virginidad de María en España de la época del Santo Oficio. En el código penal soviético existía el macabro artículo 58 dedicado a los “delitos de contrarrevolución” que estigmatizaban cualquier mención mínimamente sospechosa. Esos “crímenes” se castigaban por lo general con fusilamiento y expropiación de bienes a favor del Estado. En los recién sometidos países de Europa del Este, las normas eran algo más laxas, aun así, tales comentarios difícilmente hubieran pasado el filtro de la censura. En cambio, durante el “deshielo” de Jruschov se entreabrió una rendija para opiniones críticas, aunque, como veremos, ese espejismo de la libertad resultó efímero.

El gobierno checoslovaco seguía engriendo a Hanzelka y Zikmund y decidió aprovechar su duradera fama de embajadores abanderados, organizando y financiando su nuevo viaje. Era un proyecto más caro, más aparatoso y de una mayor duración: se prolongó desde 1959 hasta 1964. Se hizo en dos minibuses de la misma empresa Tatra, con dos integrantes más en el equipo -un médico y un mecánico- y con un mejor equipamiento. Esta vez la travesía abarcó los países de Asia y Oceanía. Como parte culminante estaba previsto atravesar todo el inmenso territorio de la Unión Soviética, de este a oeste.

Durante su paso por Japón, los dos amigos, ilusionados por las expectativas de prontos cambios radicales y nuevos tiempos de libertad, pensando aportar a los destinos de su país, presentaron solicitudes en la Embajada Checoslovaca para unirse al Partido Comunista, ente corporativo que seguía monopolizando toda la agencia política. Además, ese acto simbólico debía facilitarles la presencia en las regiones de la URSS donde extranjeros normalmente no estaban admitidos. Su pedido de membrecía en el partido fue gustosamente aceptado. Como veremos, ambos muy pronto se arrepentirían de esa decisión.

La URSS, el crisol del socialismo, resultó una sorpresa para ellos. Congeniaban perfectamente con los ciudadanos soviéticos comunes en los lugares que visitaban. En muchos de esos parajes alejados y aislados eran los primeros extranjeros jamás vistos. Sin embargo, fue un gran choque para los viajeros checos ver la pobreza, las condiciones de vida deplorables, la decadencia económica, el abandono y la negligencia de las autoridades. Al cabo de su largo viaje, presentaron un informe con sus honestas apreciaciones de lo visto y vivido.

Mientras tanto, aconteció otro cambio de ciclos políticos: en octubre 1964 fue destituido de su cargo Nikita Jruschov (quien, se dice, contaba los libros de Hanzelka y Zikmund entre sus lecturas preferidas), y en su sillón en el Kremlin se instaló Leonid Brezhnev, iniciando una larga era de viscoso estancamiento y totalitarismo subrepticio. Las esperanzas de un futuro mejor empezaron a desvanecer.

Un resumen del poco halagador Informe Especial Nº4, escrito por Hanzelka y Zikmund sobre la URSS, fue depositado sobre el escritorio del secretario general. El informe fue leído. El informe no gustó. Cuando se trataba de denunciar en voz alta las miserias de niños peruanos en el camino a Machu Picchu, era un clamor legítimo. Pero reconocer las mismas miserias en la cuna de la revolución socialista ere impensable. El informe no solo no llegó a publicarse, sino que fue conservado como un documento confidencial hasta el año 1990, cuando por fin salió a la luz tras la caída del telón de acero.

Al regreso de Hanzelka y Zikmund a su patria de este segundo viaje, su buena estrella empezó a eclipsar. Por unos años aún conservaban su estatus y prestigio. Seguían publicando y dando conferencias. En los 60s llegaron a salir tres libros sobre su segunda expedición (un fruto escueto a comparación con los siete volúmenes del primer viaje, que era más breve).

El cataclismo final llegó en el año 68, con la tristemente famosa Primavera de Praga. Siendo ambos miembros del Partido Comunista, Jirí y Miroslav se sumaron a su ala reformista, encabezada por el flamante líder del partido Alexander Dubcek, en su intento de instaurar un “socialismo con rostro humano”. Por lo visto, el rostro humano no le sentaba bien al socialismo. Los tanques de la Unión Soviética y sus aliados entraron a las calles de Praga y el esfuerzo por apartarse del lado del “hermano mayor” fue sofocado, dejando el saldo de más de cien muertos. ¿Se habrán acordado los dos amigos en ese trágico momento de la revolución fallida de Cochabamba?

Ambos se pronunciaron públicamente contra la intervención de las tropas extranjeras. Miroslav Zikmund llegó a dirigir una desgarradora misiva desde una de las pocas radioemisoras libres de Praga el último día que su transmisión saliera al aire. No lo hizo para hablar a sus compatriotas. Se dirigió en ruso, lengua que había aprendido todavía en sus años de estudios, a los ciudadanos soviéticos, apelando a su sentido de hermandad y justicia, rememorando los gratos encuentros y amistades germinadas durante el viaje por su tierra y cultivadas en los años posteriores. Quería llegar a los corazones de los intelectuales y literatos soviéticos a quienes conocía en persona. Y tal vez pensaba mover las consciencias de los soldados y oficiales rusos que participaban en la operación militar:

Tras cuatro días de ocupación forzosa, la nación entera escribe sobre carreteras asfaltadas, casas y autobuses: “Padres libertadores, hijos invasores. Su fuerza son los tanques, nuestra fuerza es la idea.” Les pido con urgencia: exijan a sus líderes —a Leonid Brezhnev y a los demás miembros del Politburó— que cesen de inmediato la ocupación de mi patria. Exijan una explicación por esta traición sin precedentes a sus jefes del Estado, quienes sacrificaron la idea del socialismo a los intereses imperialistas.

Miroslav logró conservar esta grabación durante todos los años posteriores de incertidumbre y adversidades. Y las adversidades no se hicieron esperar.

De un momento a otro, los dos héroes nacionales dejaron de ser celebridades. Fueron expulsados del partido. Sus nombres fueron silenciosamente, sin escándalo ni condena oficial, borrados de los espacios mediáticos y de toda la vida pública. No solo no se les permitía publicar nuevas obras, sino que sus libros ya impresos, tan queridos y solicitados por los lectores, empezaron a desaparecer de librerías y bibliotecas.

Por suerte, se habían vendido tantos ejemplares de sus escritos que era técnicamente imposible sacarlos de circulación. Estaban en una multitud de bibliotecas privadas de cientos de miles de personas, no solo en Checoslovaquia sino también en otros países del “bloque socialista”, donde se habían difundido con gran éxito las traducciones de sus relatos. Las generaciones criadas y formadas tras muros fronterizos se habían acostumbrado a ver el mundo a través de los ojos de Hanzelka y Zikmund, y no era posible erradicar esa herencia. Se calcula que se vendieron en total cerca de 6,5 millones ejemplares de sus libros, tanto en checo como traducidos a otros once idiomas.

La dimensión práctica de ese boicot político y social llevó a que ninguno de los dos podía encontrar trabajo. Se cortaron todos sus lazos con el mundo periodístico, editorial y educativo que les proveía ingresos en los años anteriores. Y, obviamente, nuevos viajes quedaron fuera de su alcance.

Para ese entonces, ya estaba en marcha el proyecto de su nuevo libro: Ceilán: un paraíso sin ángeles. El trabajo editorial fue cortado abruptamente sin mayores explicaciones. Pero los autores no se rindieron: el libro finalmente salió en una edición de Samizdat. Así se llamaban bajo los regímenes socialistas las redes de pequeños talleres artesanales, financiados con aportes voluntarios de sus lectores, que publicaban clandestinamente la literatura censurada. Por lo general, eran textos mecanografiados con papel carbón o copiados con algún otro método sencillo que se hallaba a la mano.

Miroslav Zikmund, el más pragmático de los dos, manejó con una mayor prudencia los recursos ahorrados en los tiempos de bonanza. Optó por retirarse a la pequeña ciudad de Zlín en Moravia, donde años antes había adquirido una casa, y se dedicó a la investigación archivística de la historia de su familia. Su casa durante esos años de exilio se convirtió en un lugar de reuniones de la disidencia intelectual.

En esa misma casa, Zikmund se esmeró por conservar el valiosísimo acervo de materiales documentales de sus travesías. Gracias a ello, una gruesa parte de los registros escritos y gráficos de la monumental labor suya y de su compañero de viajes llegó a nuestros días.

Más complicada resultó la situación de su amigo. Jirí Hanzelka no había hecho previsiones para una posible época de vacas flacas y tuvo que vender muchos de sus bienes para sobrevivir. A pesar del ostracismo que ya pesaba sobre él, se atrevió a firmar la famosa Carta 77 en defensa de los derechos humanos y cívicos, lo cual empeoró las cosas para él. Solo en 1983 logró conseguir un empleo formal como jardinero en el Jardín del Seminario, famoso parque público en Praga. Poco a poco su salud vino abajo y algunos años después se mudó a un pequeño pueblo en Bohemia, para llevar una vida más tranquila y pausada.

Como suele suceder, la tortilla dio la vuelta de nuevo, llegó el año 1989. Cayó el muro de Berlín, y con él se desmoronó en tiempo récord el enclenque “bloque socialista”. En Checoslovaquia se dio la Revolución de Terciopelo, resucitó la largamente anhelada democracia y el país se dividió en dos -la República Checa y la República Eslovaca- sin mayor dolor ni conflicto.

La sociedad checa, que nunca olvidó a sus paladines, quienes le permitieron conocer los continentes lejanos en la época del forzoso aislamiento, pudo de nuevo pronunciar sus nombres en voz alta.

Su merecida fama fue restablecida después de más de veinte años de silencio. Volvieron a las bibliotecas sus libros, fueron recuperadas y restauradas algunas de las películas documentales que ellos habían filmado. Ya no se trataba solo de devolver al ámbito público sus propios escritos; empezó a aparecer un gran volumen de publicaciones sobre ellos, donde no eran autores sino protagonistas. Salieron innumerables entrevistas, reportajes y documentales que contaban su increíble historia. Llovieron sobre ellos premios, reconocimientos y medallas. Felizmente, ambos amigos vivieron para ver ese feliz momento de su merecido retorno y disfrutar de él.

Cuando desapareció el impedimento de salida del país, Miroslav Zikmund volvió a viajar por el mundo. Visitó algunos lugares nuevos: aun le faltaba Australia para completar la lista de los cinco continentes. Revisitó algunos de los países donde ya había estado antes. Sin embargo, nunca regresó a América Latina. Desafortunadamente, su antiguo camarada en armas ya no pudo acompañarlo en esas ocasiones, pues su salud no se lo permitía.

El 30 de noviembre de 1996 en el Museo del Sudeste de Moravia se inauguró la gran muestra fotográfica Cinco Continentes con los ingenieros Hanzelka y Zikmund, que luego se convirtió en una exposición permanente, trasladándose de un espacio a otro de cuando en cuando. En Zlín se conserva en su totalidad el ampuloso archivo documental, fotográfico, fonográfico y audiovisual: cerca de 120,000 negativos y diapositivas, alrededor de 50,000 fotos positivadas y contactos, más de 1,200 grabaciones de reportajes radiales y 150 películas. Todos esos tesoros tuvieron la fortuna de perdurar a través del largo período de calamidades.

Los registros dedicados al Perú aún esperan ser estudiados a fondo en algún momento propicio. En una entrevista, poco antes de cumplir 100 años, Zikmund lamentaba el no haber tomado más fotos durante su travesía peruana.

Otro sobreviviente, el legendario Tatra 87, fiel compañero del primer viaje de Hanzelka y Zikmund, cuyas llantas tocaron en 1949 las calles empedradas del Cusco, hoy forma parte de la colección del Museo Técnico Nacional de Praga. Limpiado y restaurado, luce como nuevo. Viéndolo es difícil imaginar las penurias que le tocó padecer en las accidentadas carreteras de los Andes. En 2005 el auto fue declarado Patrimonio de la Nación por la República Checa.

En marzo de 2013, en el Teatro Municipal de Zlín se presentó una producción teatral titulada Bitácora de Hanzelka y Zikmund, que narraba su historia. Para ese momento, Hanzelka ya había dejado este mundo. Zikmund recibió el homenaje con gratitud e incluso dio algunos aportes para el texto de la obra.

Jirí Hanzelka falleció en 2003 a los 82 años. Miroslav Zikmund vivió hasta el 2021 y llegó a la venerable edad de 102, manteniéndose lúcido y activo hasta el final. Su legado es preservado y difundido por la asociación que lleva su nombre (se puede visitar su website AQUÍ)

***

Para finalizar este ensayo, es necesario remarcar lo importante que es viajar para cualquier ser humano. Viajar en vivo, recorriendo el globo o, si las finanzas, la salud o la situación política lo impiden, en la dimensión mental: leyendo, viendo películas y reportajes, conversando con la gente. Poder ver distintos paisajes, conocer distintas culturas, oír la melodía de distintas lenguas y tratar de entender distintas formas de razonar es un recurso cognitivo invaluable, una vía de aprendizaje indispensable para la formación de un pensamiento abierto y versátil, para la construcción de un horizonte amplio y diverso.

Viajando por aire, tierra, mar o páginas de un libro, uno aprende a observar y escuchar sin acuñar juicios prematuros, a comparar sin construir jerarquías, a ponerse en los zapatos del otro y tratar de ver el mundo a través de sus ojos. El trotamundos se encuentra a sí mismo en el mapa y se vuelve consciente de su pequeño pero significativo rol en el gran universo. Se acostumbra a comprender y dialogar, superando los estereotipos anquilosados.

Hanzelka y Zikmund acercaron los países y continentes lejanos a la población de Europa del Este en el momento histórico en el que su gente más lo necesitaba. Con sus relatos, tal vez sesgados en muchos aspectos, pero directos, espontáneos y llenos de vida, trazaron una cartografía vasta y sorprendente, encendieron la chispa de curiosidad, el deseo de conocer más y de primera mano. Para muchos de sus lectores, los pasajes del libro Cruzando cordilleras fueron el primer contacto con el Cusco, el Perú, los Andes y los incas.

Ese camino de aprendizaje y conocimiento nunca es vía de un solo carril. Hoy tenemos la oportunidad de devolver los apuntes sobre el Cusco, tomados hace más de setenta años por estos dos lúcidos e inquisitivos viajeros checos, a la tierra que inspiró sus palabras.

***

Las citas del libro Cruzando cordilleras de Jirí Hanzelka y Miroslav Zikmund que incluimos aquí son traducciones de la versión rusa de su obra, publicada en la Unión Soviética en 1960. De la misma edición provienen las fotografías del Cusco y los Andes que acompañan este texto. 

LECTURAS RECOMENDADAS

(En las páginas web en idiomas extranjeros se recomienda activar la traducción automática de Google.)

Breve historia de Jirí Hanzelka y Miroslav Zikmund, 2017: https://ct24.ceskatelevize.cz/clanek/veda/na-prvni-cestu-jsme-vyrazeli-jako-byznysmeni-vypravel-miroslav-zikmund-v-hyde-parku-civilizace-86607 (en checo)

Obituario de Jirí Hanzelka, 2003: https://english.radio.cz/famous-czech-explorer-jiri-hanzelka-dies-age-82-8070949#0 (en inglés)

Entrevista a Miroslav Zikmund en la exposición fotográfica, 2005: https://english.radio.cz/legendary-traveller-author-and-filmmaker-miroslav-zikmund-opens-prague-castle-8096759 (en inglés)

Entrevista a Miroslav Zikmund por su centenario, 2019: https://english.radio.cz/when-we-returned-we-were-amazed-how-popular-we-were-legendary-traveller-miroslav-8138642 (en inglés)

Obituario de Miroslav Zikmund, 2021: https://www.irozhlas.cz/zpravy-domov/umrti-cestovatel-miroslav-zikmund_2112021117_voj (en checo)

Sobre el libro Cruzando cordilleras, 2011: https://www.jalopnik.com/the-two-czechs-who-drove-across-the-world-in-a-tatra-5822618/ (en inglés)

Sobre el Tatra 87 reconocido como Patrimonio Nacional de la República Checa, 2005: https://english.radio.cz/zikmund-and-hanzelkas-legendary-tatra-87-car-added-cultural-heritage-list-8624343#0 (en inglés)

Sobre el Tatra 87, 2019: https://www.idnes.cz/ostrava/zpravy/zikmund-sto-let-serial-hanzelka-cestovatele.A190218_458353_ostrava-zpravy_woj (en checo)

Documental De Argentina a México, 1953 (se recomienda activar los subtítulos automáticos con traducción al español): https://www.youtube.com/watch?v=Md5Lt92XEZ4&t=2233s

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