Luis Castro García y su hija, Tania Castro Gonzales, son eminentes representantes de dos generaciones de artes escénicas en el Cusco. Su experiencia conjunta abarca más de seis décadas, a través de cuantiosas puestas en escena, giras, festivales y talleres. Son fundadores y propulsores del grupo Impulso de Teatro y la Asociación Cultural Q’ente, colaborando con muchas otras instituciones y colectivos teatrales.
Cusco
Social invitó a Lucho y Tania a un diálogo familiar, en el que ambos
recuerdan los momentos más significativos y memorables de sus rutas personales
y su trayectoria común.
Tania Castro: En el teatro
lo único prohibido es actuar. ¿Qué opinas de eso?
Luis Castro: Te doy toda
la razón. En el tipo de teatro que practicamos nos entregamos en alma, vida y
corazón. No actuamos, sino que prestamos al personaje nuestro ser, nuestro
espíritu y nuestros sentimientos, adecuándonos a su personalidad.
Tania Castro: ¿Y por qué
nos interesará tanto la memoria? Tú me has heredado eso. ¿Por qué es
imprescindible recordar en vez de simplemente vivir tranquilos, ir hacia
adelante y olvidarnos del pasado?
Luis Castro: Es indispensable, porque quien olvida lo que fue no puede imaginar quién quiere ser. Es fundamental contar con una memoria del teatro cusqueño, para que las nuevas generaciones no tengan la idea de que están inventando el agua tibia. Deben saber que existe un referente pasado que representa el punto de partida, desde el cual pueden continuar.
Nosotros mantenemos relación con quienes vienen. Sin embargo, a veces noto que los jóvenes no asisten a los trabajos de los compañeros de otras generaciones, lo cual considero una irreverencia; hay que conocer la labor colectiva para saber en qué estamos, aprender de lo bueno e incluso de lo equivocado.
Buscamos perfilar un lenguaje propio, que sea
reconocido como nuestro, sin limitarnos a copiar tendencias de Lima o del
mundo. En nuestro caso particular, hemos optado por el teatro testimonial y
comprometido con nuestra historia.
Tania Castro: Es verdad. En las nuevas generaciones cusqueñas suele haber una mirada de estarse comparando, a falta de espacios de formación académica oficiales, con lo que se hace en Lima o en el extranjero. Está bien nutrirse, pero aquí hay una larga data de teatro de otra especie. Por ejemplo, lo que vemos en la peregrinación de Qoyllur Rit'i o en las fiestas de la Mamacha del Carmen, todo es una gran puesta en escena que no obedece a un director individual, sino a la manifestación artística de un pueblo entero. Trae música, danza, bordados y máscaras. Hay una parte densa de tensión dramática y otra parte que nos salva como colectivo: la fiesta, el pukllay, el jugar y criticar los paradigmas.
Aunque estas manifestaciones se han estado comercializando y
exponiendo como eventos pagados, hay algo de fondo muy fuerte que permite
disolver diferencias, reavivar el juego y nos da la cantera para nutrir otras
escenas y resolver las nuevas teatralidades del Cusco. Y a propósito de la
formación académica, ¿qué opinas sobre el debate de la colegiatura?
Luis Castro: ¡Dios mío! Estamos en un diálogo positivo, mejor no toquemos cosas negativas. Pero me alegra escucharte, porque prácticamente hablamos el mismo lenguaje. La teatralidad de nuestro pueblo está a flor de piel.
El Corpus Christi es otra puesta hermosa donde, sin matar la esencia religiosa, la gente se distiende e incluso se vuelve irreverente. También, desde el teatro, creamos el festival de T’anta Wawa. Los jóvenes siempre muestran su creatividad y travesura en esas ocasiones.
Cambiando un poco de tema, quisiera que nos cuentes qué te hizo decidir hacer
teatro, porque al principio renegabas de eso.
Tania Castro: Sí, al
principio yo decía que no me dedicaría a lo mismo que mi padre y que prefería
las letras o la ingeniería. Pero ver el reflejo de realización y vitalidad en
ti y en mi madre me influyó profundamente. Aunque mi madre no estaba
propiamente en el escenario, hizo de nuestra vida un espectáculo y siempre
estuvo al lado jalándonos los ánimos.
Además, el teatro nos permitió componer una gran familia artística, más allá de los lazos sanguíneos. En los momentos difíciles, como cuando sufrí un accidente y la cirugía de mi pierna era impagable, la red que ustedes conformaron estuvo allí para apoyarnos.
Recuerdo a Nicomedes Santa Cruz
recitándome sus Décimas, a Oswaldo Guayasamín, al elenco de la película Túpac
Amaru compartiendo en la casa, a Jaime Guardia, Máximo Damián y Pepita
García Miró. Esa familia del teatro y de la música me hizo sentir útil frente a
los problemas del mundo, permitiéndome aligerar lo que aflige de afuera y
potenciar lo que nos encanta. El teatro comenzó a ser para mí un gran amor y un
espejo. He sobrevivido gracias a él.
Luis Castro: Siempre
hemos dicho que el arte da vida, y particularmente el teatro.
Tania Castro: Tú conociste
a mi madre en el teatro, ustedes me hicieron tras las bambalinas…
Luis Castro: Has estado
en el escenario desde la panza. Aunque no pasaste formalmente por una escuela
de teatro por muchos años, la escuela de la vida y del escenario ha sido la más
formadora. Hemos constituido un ayllu indestructible e intercontinental.
Tania Castro: Es hermoso.
Cuando viajamos a otros países, gracias al teatro encontramos hermanos que nos
reciben. Recuerdo que mi tutor en el colegio desahuciaba mi vocación artística
y me decía que estudiara algo "para comer". Años después, cuando me
preguntó cuánto gastaba en mis viajes, le respondí que ni un centavo: llevaba
recorridos 19 países sin pagar un pasaje, todo gracias al teatro.
La comunidad artística nos sostiene y no nos deja ser
consumidos por nuestro ego. El teatro es un sitio de resistencia que le hace
frente a la destrucción del alma y permite que los sueños tomen la realidad por
asalto. También quiero rescatar que en tu generación los compañeros de arte discrepaban,
pero nunca sembraban odio entre ellos. Yo crecí llamando a los de tu grupo
"papá Guidito", "mamá Zulema", "papá Hugo", eran
una familia extendida.
Volviendo a la memoria, ¿cuándo empezaste formalmente a
hacer teatro?
Luis Castro: Formalmente
empezamos en el año 1964 en el Teatro Universitario. Estábamos Hugo Bonet,
Guido Guevara y yo como cachimbos. Hubo una gestión universitaria muy comprometida,
liderada por Jorge Elías Monzón Pesantes, quien se movió para dar vida al
proyecto. Contratamos a un gran director autodidacta, Enrique Victoria, quien
fue nuestro primer maestro.
Yo ya había empezado a hacer teatro en el colegio de
forma muy modesta, donde nació mi vocación. El teatro virtualmente me salvó del
hambre, pues tuve una infancia muy austera y trabajé desde los 11 años. Me
aproximé al oratorio del colegio Salesiano, un espacio que daba alimentación y
proyectaba películas para niños sin recursos. Allí empecé. Me quedó grabado el
mensaje de Don Bosco: "No den pan por pena ni pan con pena; den pan con
arte". Esa enseñanza me marcó. El teatro ayuda a llenar espiritualmente ese
gran vacío que vive ahora el mundo.
Tania Castro: Nos estabas contando cómo se formaron con Enrique Victoria...
Luis Castro: La primera
obra que hicimos con él fue Amanecer latente, de Gustavo Valcárcel.
Éramos jóvenes audaces y creíamos haber inventado el teatro. Hicimos una gira
internacional a Bolivia, pero se nos acabó el dinero en La Paz y tuvimos que
subsistir gracias al apoyo de la dueña del hotel donde estábamos alojados, y
luego del consulado que nos brindó alimentos.
Al año siguiente continuamos trabajando con Enrique Victoria
en obras como Tierra roja y La zorra y las uvas. Al salir de la
universidad, fundé el grupo Impulso de Teatro, el primer grupo
independiente, y posteriormente Guido Guevara formó Máscara. Hugo Bonet regresó a la universidad y mantuvo el teatro universitario bajo las siglas TEUC
(Teatro Experimental Universitario Cusco).
En los grupos seguimos formando gente nueva en cada
taller y montaje. Además de actuar, éramos productores, boleteros y teloneros,
tuvimos que volvernos también dramaturgos para escribir obras que
correspondieran a nuestra realidad. Hugo ha escrito varios libros; Guido
escribió sobre Garcilaso; y en mi caso, mi tema constante ha sido Túpac Amaru y
recientemente El conquistador arrepentido, basado en el testamento de
Mancio Serra de Leguízamo. Antes habíamos creado otras obras como Los Ayar,
Fundadores del Tahuantinsuyo o Qespiwanka Tinkuy.
Tania Castro: Tú asumiste la dirección del Inti Raymi en 1998 e introdujiste cambios importantes que generaron debates constructivos. Propusiste dejar de armar escenografías falsas que imitaban la piedra inca y utilizaste los baluartes de Sacsaywaman, mejorando el acceso visual del público. Incluiste por primera vez la representación de las momias (mallquis) e integraste música de las cuatro direcciones, a partir de una investigación de Óscar Liendo.
Quisiste
devolverle el sentido original a la fiesta, entendiendo que el Inti Raymi es
una puesta en escena esencialmente espiritual y festiva de la cultura andina,
no un evento de matices militares. Invitaste a delegaciones de diversos pueblos
que vinieron para participar por su propia voluntad y con sus propios recursos.
Llegó completo el espectáculo Cantata al Señor de Sipán. Vinieron
cientos de ayarachis. Participaron curanderos y curanderas de la Amazonía y del
norte.
Luis Castro: Ese es un
tema de gran debate, el Inti Raymi requiere mucha investigación y preparación
de por lo menos un año, idealmente con una escuela dedicada específicamente a
este montaje y espectáculos similares. Por lo general, convocan a los actores
apenas unos dos o tres meses antes, tiempo insuficiente para crear personajes
complejos, como el Inca.
Tania Castro: También
incorporaste el Qorikancha como la parte inicial del recorrido del Inti Raymi. Creo
que ahora es el momento para que repensemos esta fiesta.
Luis Castro: Además,
siento que se cobra un dinero excesivo. Esas sumas el público las paga en otros lugares por unos
espectáculos con técnica y tecnología extraordinarias. Aquí, sin pretender
competir con esa técnica, podemos ofrecerles la sustancia andina, sin falsedad
ni oropel.
Recuerdo que Nivardo Carrillo comenzó a actuar en el Inti
Raymi en la época del alcalde Salízar, cuando nadie quería asumir el papel del
Inca. Pero precisamente en esa época se permitió nueva investigación y libertad
creativa. Se hizo un esfuerzo por democratizar la fiesta, se repartían entre el
público el sancu, hojas de coca, chicha, incluso ocarinas. Fue cuestión
de una decisión política para hacer las cosas bien.
Cuando se hace teatro en esos contextos oficiales,
tenemos que seguir las exigencias impuestas por las autoridades. En nuestros
propios espacios, en cambio, tenemos la plena libertad creativa, pero estamos
ahorcados económicamente. Literalmente, tenemos que sacrificar la olla por
hacer arte.
Tania Castro: ¿Qué montajes
de tu trayectoria recuerdas con especial afecto?
Luis Castro: Recuerdo con
mucho aprecio El animador de Rodolfo Santana, un montaje muy exigente de
solo dos actores, con Pancho León. También El fabricante de deudas, que
impactó mucho a la población. Disfruté los montajes dedicados a la historia del
Perú que integraban música y teatro, como Tinkuy Pacha. Luego, La
controversia de Valladolid, que juntó a varios elencos locales promoviendo
el sentido de comunidad.
Y entre las experiencias más recientes y satisfactorias a
nivel artístico y espiritual está la Oración interconfesional por la paz y
la felicidad humana, que nos valió la invitación para participar
en una ceremonia similar en Japón, al pie del monte Fuji. Lograr que líderes
religiosos andinos, católicos y budistas se unieran en un abrazo a través de la
música y rituales comunes fue una gran muestra de lo que el arte puede hacer.
Tania Castro: Por mi
parte, mi dedicación a los cuentos nació de la dificultad de congregar elencos
numerosos en horarios coincidentes. Veníamos de una experiencia de puestas en
escena colectivas grandes y extenuantes económicamente.
Me inspiró tu madre, quien me contaba historias en las que descubrí una enorme reserva cultural sin que requiriera de escenografías y vestuarios costosos. Así decidí empezar con los cuentos tradicionales. Descubrí que la narración oral fomenta una cocreación directa con el espectador; yo propongo una imagen y el público dibuja el paisaje o los personajes en su propio mundo interior, lo que exige una humildad que el teatro convencional no siempre entrena. He viajado por los cinco continentes compartiendo la memoria sanadora y festiva de los cuentos de tradición oral.
Una obra propia que nos ha dado muchas alegrías fue Cuando suenan los jiwayros, que trabajamos con un enfoque ritual muy profundo, reduciendo la importancia personal para consagrarnos a la memoria que traemos. El año pasado fue seleccionada entre centenares de propuestas para la 21° Fiesta de las Artes Escénicas en Medellín, lo que significó un reconocimiento muy valioso para todo el elenco.
Luis Castro: Es una obra
hermosísima que trabaja directamente con el alma.
Tania Castro: Actualmente
seguimos promoviendo el trabajo intergeneracional en las nuevas conferencias
escénicas que estrenamos, donde participan personas desde los 12 hasta los 93
años. También valoro el espacio de Warmikuna Raymi, desarrollado junto a
compañeras del arte, destinado a visibilizar y refrescar la historia de las
mujeres que lucharon en el pasado, dotando a las nuevas generaciones de
referentes sobre su derecho a gozar la vida en plenitud.
Luis Castro: Para cerrar esta amena charla familiar, agradezco a quienes propician estos espacios de difusión.
He prometido estar en el escenario hasta mi último hálito de vida con
la esperanza de hacer lo que mejor sé hacer: arte, sirviendo a mi pueblo y a la
humanidad. Invito a todos a que lo que hagan, lo hagan bien, conscientes de que
todos formamos parte de una comunidad y de que nuestra vocación histórica es
comunitaria. Debemos saber vivir en comunidad practicando el principio del ayni.
Gracias.
Tania Castro: La
militancia es el amor y la risa, y hay que defenderlos en el hogar y en el
escenario. Termino parafraseando a Tennessee Williams: "No les ofrezco
ilusión bajo la apariencia de la verdad, les ofrezco la verdad bajo el agradable
manto de la ilusión". ¡Que viva el teatro!
Compartimos aquí los breves datos biográficos de ambos
artistas, resumidos por Tania Castro.
JOSÉ LUIS CASTRO GARCÍA
Papá Luchito (José Luis Castro García) es actor de cine y
televisión, pero fundamentalmente de teatro, su principal pasión. Es director
de la Asociación Cultural Q’ente, que promueve la creación artística encaminada
hacia un teatro andino que resignifica la memoria histórica, aunque sin un apego
exclusivo al pasado. Alimenta la educación ciudadana, la defensa del patrimonio
natural y cultural, la investigación y el intercambio con sus pares en el mundo
hacia una cultura de paz y la consciencia espiritual.
Es, además, gestor cultural, periodista cultural,
director teatral, dramaturgo y educador comunitario. Dirige también la escuela
itinerante de teatro quechua. A sus 82 años no ha parado de llevar a escena tanto
obras propias como las escritas por colegas de otras latitudes, entre ellos el
maestro fundador de Théâtre de L’Épée de Bois de Francia, Antonio Díaz
Florián. Comparte la aspiración de la equidad de género con las fundadoras de Warmikuna
Raymi, Encuentro Internacional de Mujeres para la Sanación Social, que
alienta junto a Ana Correa, Débora Correa, Cucha Del Águila, Marisol Zumaeta y
su hija, Tania Castro.
Estrenos recientes: Los Tupac Amaru Viven, de su
autoría, junto a la Orquesta Sinfónica del Cusco (2022); El Mataché,
escrita y dirigida por Antonio Díaz Florián (2023); Mínima Alicia,
dirigida por Aníbal Zamora (2025); El conquistador arrepentido, escrita
por él y Allain Dlugosz y dirigida por este último (2026); Tierra de asilo,
conferencia escénica, con dramaturgia y dirección de Tania Castro a partir de
un trabajo de creación colectiva (por estrenarse).
En 2017 Luis Castro recibió el reconocimiento como
Personalidad Meritoria de la Cultura, otorgado por el Ministerio de Cultura del
Perú.
TANIA CASTRO GONZALES
Educadora comunitaria, narradora oral patrimonial, gestora cultural, poeta, dramaturga, actriz, periodista cultural. Codirige junto a su padre la Asociación Cultural Q’ente y es miembro fundadora del Encuentro Internacional de Mujeres Creadoras para la Sanación Social Warmikuna Raymi, junto a Ana Correa, Débora Correa, Cucha Del Águila y Marisol Zumaeta. Es miembro fundadora del encuentro de mujeres Todas somos, para la resignificación de la memoria histórica hacia la erradicación de la visión y la práctica patriarcal colonialista en el continente, que fundó junto a Ana Correa (Perú) y Patricia Ariza (Colombia); y que hoy comparte con Verónica Moraga (Chile) y Antonieta Muñoz (Chile), Carlina Derks (Ecuador), Ana Woolf (Argentina) y un equipo numeroso de mujeres de Bolivia, Panamá y Brasil. Sus obras de narración oral y de teatro de la memoria han recorrido 21 países de América Latina, Europa y Asia.
Tania dirige el laboratorio internacional de creación a
través de la palabra, Tú Sí Cuentas, integrado por mujeres y varones de
Perú, Ecuador, Argentina, Colombia, Canadá, Italia y Estados Unidos, que cuenta
entre sus miembros a las reconocidas artistas y gestoras Teresa Galimany y
Noelia Navoni (Argentina); Daysi Sánchez, del grupo Malayerba (Ecuador);
y el renombrado dramaturgo peruano César De María.
Es ganadora del premio internacional a la Narración Oral
Patrimonial. En 2025, la obra Cuando suenan los jiwayros, escrita y
dirigida por Tania Castro, fue elegida entre más de 400 proyectos postulantes a
para participar en el prestigioso encuentro internacional Fiesta de las
artes escénicas de la organización Medellín en Escena en Colombia.
Cámara y sonido: Alberto Cavassa; edición y
transcripción: Vera Tyuleneva, para Cusco Social.
Foto retratos de Luis y Tania Castro: Gustavo Vivanco,
para Cusco Social.
Reseñas biográficas: Tania Castro.
Fotografías de archivo: Miguel Gutiérrez, Adriana
Peralta, Tania Castro; cortesía de Tania y Luis Castro.