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Makiwarkuna: Paruro y el brazo de Francisco Túpac Amaru
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En este nuevo relato de viaje, el historiador Charles Walker nos cuenta sobre su visita a Paruro y las tradiciones que unen ese lugar con la Gran Rebelión de Túpac Amaru II.

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Paruro es una localidad clave en la historia de la rebelión de Túpac Amaru. Yo no la había visitado antes: había llegado hasta Yaurisque, pero jamás había completado el trayecto. La investigadora Gabriela Yepes despertó mi interés por ese lugar gracias a unos relatos que ella había escuchado sobre un árbol venerado, el Makiwarkuna (maki: mano; warkuy: colgar), en las afueras de Paruro. Allí, según la tradición oral, se había exhibido el brazo de Francisco Túpac Amaru como parte de los macabros rituales que siguieron a la derrota de la primera fase de la rebelión, en mayo de 1781. Cuando Manuel Fernández Baca, un erudito local, nos invitó a visitar el poblado, aceptamos de inmediato.

Paruro desempeñó un papel singular en la sublevación. Tanto el pueblo como sus alrededores aportaron soldados a ambos bandos: el rebelde y el realista. El 15 de diciembre de 1780, Micaela Bastidas escribió con gran convicción: «tenemos a nuestro favor las provincias de Urubamba, ocho parroquias del Cuzco, Paucartambo, Quispicanchi, Paruro...» (CDIP, 1971-1976, vol. II, t. 2, p. 357, Micaela Bastidas a los señores gobernadores). Al mismo tiempo, existen numerosas referencias a los pobladores de Paruro que combatieron contra los rebeldes. Por ejemplo, en mayo de 1781, «la columna de Paruro» persiguió a Diego Cristóbal Túpac Amaru, primo de José Gabriel Condorcanqui y dirigente de la segunda fase de la rebelión.

Por su cercanía al Cusco —apenas 60 kilómetros—, Paruro y sus alrededores constituían una zona relativamente accesible para el reclutamiento de combatientes a las fuerzas de la Corona. Sin embargo, la presencia de soldados de Paruro en el ejército realista no equivale necesariamente a un apoyo sincero a la causa española. Es importante recordar que el reclutamiento era, por lo general, forzoso, y en ocasiones violento, o respondía a la decisión del kuraka local. Muchos, si no la mayoría, de los soldados «realistas» no estaban allí por voluntad propia. Sabemos que el corregimiento de Chilques y Masques, nombre bajo el cual también se conocía a Paruro en la época colonial, fue escenario de importantes batallas y enfrentamientos durante las distintas fases de la insurrección. Cualquier historia militar del conflicto menciona a Paruro y otros pueblos de ese corregimiento.

Comenzando nuestro viaje, llegamos a Paruro en un colectivo en menos de dos horas. La Plaza de Armas es muy vistosa. Gracias al amable e informado sacerdote, padre Humberto Mamani Cayllahua, pudimos visitar el templo y conocer su historia. Tiene la peculiaridad de que su campanario se encuentra unos 500 metros más arriba, en la ladera del cerro. Constituye un mirador perfecto que domina el pueblo y todo el valle.

Conversando con Manuel Fernández Baca, originario de Paruro y gran promotor cultural, fuimos descubriendo los numerosos atractivos locales. Uno de ellos son los hornos donde se produce un pan tradicional que muchos visitantes llevan de regreso al Cusco. También vimos, frente a la plaza, un hotel de gran tamaño en construcción. Paruro merece una presencia mucho mayor en circuitos turísticos frente a la que tiene actualmente.

El pueblo es acogedor y por momentos sentí que caminaba por el escenario de un cuento de José María Arguedas. Sin embargo, también vimos edificios altos de concreto que han ido reemplazando el encanto de las antiguas construcciones de adobe con techos de teja. Al conversar con los parureños, estos recalcaban la pobreza de la zona y lo que consideran el abandono por parte tanto del Cusco como de Lima. Mencionaban, por ejemplo, los altos índices de anemia.

Al día siguiente nos reunimos con alumnos del Colegio Sagrado Corazón y su director, René Aguayo. Emprendimos con ellos la caminata de unos veinte minutos siguiendo la ribera del río Paruro. A mitad del recorrido, don Manuel nos mostró los restos del chorrillo (taller de tejido) de Muyquiri. Todavía se aprecia claramente el lugar por donde discurría el agua que abastecía este antiguo centro de producción textil. Desde allí continuamos bordeando el río hasta llegar al Makiwarkuna.

El castigo impuesto a Francisco Túpac Amaru, tío y camarada de armas de José Gabriel, está documentado al detalle. Fue uno de los nueve prisioneros llevados el 18 de mayo de 1781 a la plaza del Cusco, encadenados y arrastrados por caballos. Una vez allí, «se le cortó la lengua antes de arrojarlo de la escalera de la horca». El visitador José Antonio de Areche dio instrucciones muy precisas sobre la ejecución y «la distribución de los cuerpos, o sus partes, de los nuevos reos principales de la rebelión». Ordenó que «un brazo de Francisco Túpac Amaru» fuera exhibido en «Chilques y Masques», específicamente en Paruro (Pedro de Angelis, Documentos para la historia de la sublevación de José Gabriel de Tupac-Amaru, 1836, pp. 55-58).

Manuel Fernández Baca nos mostró el árbol, una tara (Caesalpinia spinosa), donde, según se cuenta, tuvo lugar aquella lúgubre ceremonia. Nos preguntamos por qué no se había realizado en la plaza principal. Él explicó que este lugar, hoy de aspecto idílico, había sido un samanapata, un sitio de descanso para los arrieros y comerciantes que entraban y salían del pueblo. La explicación resultó convincente.

Los alumnos del colegio formularon numerosas preguntas y escucharon con atención nuestras explicaciones sobre la rebelión, la historia colonial de Paruro y otros temas relacionados. Fue un verdadero placer ver su interés. Uno de ellos preguntó si el árbol podía tener tantos siglos de antigüedad, y don Manuel respondió que sí. El árbol no es muy alto, pero posee raíces gruesas y robustas que nos hicieron pensar que bien podría haber sobrevivido más de dos siglos.

Regresamos a la Plaza de Armas, disfrutando en el camino de una excelente chicha. Almorzamos en la casa del gran arpista Avelino Ancaipuro, y disfrutamos de la calidez y el cariño de su familia. Después compramos pan y seguimos conversando con varios parureños, quienes insistían en que su pueblo debería formar parte de las rutas turísticas del Cusco. Mencionaron el camino inca o Qhapaq Ñan, Pacaritambo y la ruta de los hermanos Ayar. A este recorrido podrían incorporarse atractivos como las lagunas, el río Apurímac, los restos arqueológicos de Mawk'allaqta, varias cascadas y otros lugares de gran interés. Están convencidos de que, con algo de planificación y apoyo, la provincia de Paruro podría ofrecer a los turistas nacionales y extranjeros una alternativa de enorme valor. Nos convencieron.

La carretera que conecta Paruro con el Cusco está en muy buenas condiciones. Faltaría mejorar el acceso hacia el sur, en dirección de Acos y Acomayo. Con ello podría establecerse un circuito completo que incluyera Sangarará y otros pueblos vinculados a la gesta de Túpac Amaru.

Volvimos al Cusco esperanzados con ese proyecto y profundamente agradecidos por las atenciones recibidas. También nos reafirmamos en la certeza de que hace falta estudiar mucho más el papel de Paruro —o del corregimiento de Chilques y Masques— durante la rebelión de Túpac Amaru, así como aprender más de esta bella y compleja provincia, su pasado y su presente.

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