El
pasado 25 de julio se nos fue Blac Poncho. Nos habíamos acostumbrado tanto a su
presencia en esta ciudad, una presencia que alegraba a unos y enfurecía a
otros, que lo creíamos eterno. Habíamos asimilado a tal extremo a su apodo y su
alter ego artístico, Blac Poncho, que nos olvidábamos de su nombre: John David
Rodríguez Taiña.
Para
la mayoría, fue un incansable dibujante, historietista, caricaturista (disculpa,
Blac, psicógrafo). Algunos, aunque no todos, llegaron a conocer su faceta de
escritor. Sus dibujos y sus cuentos lo sobrevivirán. Esperemos que haya más de
una oportunidad para publicarlos debidamente.
A
continuación, le rinde un elocuente tributo, en letra y gráfica, su amigo,
discípulo y camarada en arte, Gustavo Fernández Aragón.
Al
final incluimos tres cuentos cortos de John David, una pequeña muestra de lo
que era capaz su afilada e irreverente pluma.
***
ELEGÍA
A BLAC PONCHO, POR GUSTAVO FERNÁNDEZ
Hoy
puse en ese cordel donde cuelgan las ocurrencias una de tus psicográficas: esas
que regalabas a todos los que creías dignos de tu atención, tan valiosa y
enciclopédica, de imaginación antediluviana y criolla. Tus palabras siempre eran
lo que llegaba primero, con una delicadeza desmesurada, desde una taxonomía
rococó de canes y familiares hasta mitologías de borrachera. No había nada que
no pudieras decir o trazar; por eso los retratos que hiciste regresan como una
tormenta de posts adjuntos a las amorosas wachaferías que osamos dedicarte
todos los que te atreviste a querer. No te merecíamos, Blac, pero poblaste tu universo con todos nosotros, los que hoy te lloramos. Porque no
llorarte puede convertir en un perfecto miserable a cualquiera que te haya
conocido, aunque un soldado peruano no llore.
Hoy
eres tú el que vuela como un ave Roc, y tu preciosa imaginación se despega de
nosotros, que acariciamos como tesoros de picantería esos pedacitos de papel
con los que querías cubrir el Cusco y el mundo. Eras nuestro Selenque, siempre
dispuesto a rescatar a cualquier virgencita. Hoy cada vaso de chicha sabe a
ceniza, porque ninguna incursión por los antiguos extramuros de esta ciudad
volverá a ser igual de emocionante; ya no es posible encontrarte con la
aparatosa ceremonia que se merece un senséi, o despreciarte con toda el alma
desde la pequeñez de una noche de tragos arruinada.
El
Cusco inmortal se acaba de volver más chiquito y mezquino. Las calles se
encogen y decoloran ante la imposibilidad de tu sombra; cada silueta que
contemplaste se aplana un poco más, porque no estarás allí para extraerle la
gracia. Tú me enseñaste que el dibujo es un deporte para caballeros, por eso
los emperifollados burócratas de la creatividad de nuestra comarca ya no
dibujan... ¿Te acuerdas cómo nos reíamos de eso sin tener que nombrar a
ninguno?
En
la multitud de obituarios que llegan hasta aquí, todos coinciden en que eras un
verdadero caballero. Todos tuvimos lo que merecimos de ti: humano e imperfecto
siempre fuiste, adorabas lo genuino en la imperfección. Por eso sabías ganar el
amor de cada ser de luz o alimaña de la que te ocupaste; todos los que te
conocieron siempre tuvieron algo de amor para ti, y era tu derecho reclamarlo
cuando te diera la gana. Pero no tenías derecho a abandonarnos tan pronto.
Te
conocí cuando comenzaba el siglo, gracias al entusiasmo de mis padres por que
debutara en la vida preuniversitaria. Era un niño insolente pero bien vestido,
y eso te hacía reír. Un día te regalé mi horario de clases con diminutas
caricaturas grotescas de tus colegas de la Raimondi; tú pensabas que te estaba
regalando un manuscrito iluminado para Otón III.
Aprendí
de ti la importancia de tener siempre una pluma a la mano, para escribir o
dibujar. Revelabas las paradojas en los circuitos de la comunicación mientras
señalabas que los caballeros siempre traen un cigarro para los amigos. La
banalidad escolar del lugar al que a ambos nos mandaban por las mañanas hizo
que me volviera tu padawan de chichería. Me enseñaste a halagar con el dibujo a
cada uno de tus fellinescos amigos, a los que me presentaste como lo haría un
padre orgulloso.
Siempre
fuiste generoso con tu imaginación, Blac; diste el ejemplo del legítimo derecho
de crear, es un derecho que tenemos todos los seres por más insignificantes que
parezcamos. Te lloro desde esa orilla de divinidad. Me despedí de ti como te
prometí que me iba a despedir, convertido en un hombre: dejé en la huaca las
flores más bonitas que pude robarme de los jardines de San Sebastián, porque
esas son las flores más valiosas que puede llevar cualquier caminante.
Para
todos los que crean, caminar es una procesión; cada estación marca los símbolos
que nos ofrece el horizonte. Tú sabías leerlos, por eso tu casa tenía los mismos
compartimentos que tu mente: en ese feng shui de qonopas almacenabas los datos
más importantes de tu universo. Tu refugio de puma contenía una réplica exacta
y a escala que solo tú podías descifrar; cada uno de tus tesoros alza al cielo
sus irregularidades sagradas desde esa cueva vacía.
Ahora te pareces más al pajarito mandón de Charlie Parker que a nuestro Pancho Fierro encapotado del siglo XXI. Estarás dando tus consejos certeros y tus críticas más feroces desde uno de esos globos de pensamiento de los cómics que tanto te gustaban. Somos tan afortunados de haberte conocido sin haberte merecido.
Mira
desde el vuelo cómo el Cusco se hace pequeño y aburrido sin ti; cómo la bohemia
se pone vetusta e irrelevante sin ti.
***
TRES CUENTOS DE JOHN
DAVID RODRÍGUEZ TAIÑA
1. CRONOS (publicado
en la Agenda Cultural del Cusco de septiembre-octubre 2009)
Cada cien años
se deposita un grano de arena en una playa determinada,
las consecuencias son a veces
terribles.
Sigilosas pero inexorables, van
estallando en ciertas partes del mundo pequeñas revoluciones. La del tiempo es quizá
una de las más controvertidas e ignoradas. En aquella edad dorada de la que
hablan todas las civilizaciones, los encuentros eran ritos para rendir culto al
azar, esa forma sublime que adoptaban los dioses. Alguna sombra, alguna
posición de los astros, un determinado acto consuetudinario, una sensación
quizá, podían ser referencias precisas para concertar una cita. Había tiempo
para la paciencia, para el ritual inmemorial de la espera sin rencor, la
puntualidad aún no había sido creada, el hombre era un poco menos mortal.
Hasta que un día, allá por 1750,
Pierre Le Roy, un francés radicado en Suiza, literalmente lo jodió todo: con
increíble determinación y tras largos años de meticulosísima artesanía, terminó
de fabricar un pequeño artefacto metálico, para que todo mortal recordara
permanentemente su fatalidad; así apareció, primero en los bolsillos, el
inevitable reloj con escape a gatillo.
Las citas se hicieron exactas e
impostergables; el dar la hora, un terrorífico acto de cortesía. Ya era posible
perder el tiempo, que el tiempo es oro. Las palabras “temprano” y “tarde”
adquirieron un valor insospechado en casi todas las lenguas civilizadas.
Alguna vez el entrañable flaco
Julio Ramón, definido por una amiga como un tierno buitre que se devoraba las
entrañas, dijo que, al regalarnos un reloj, en realidad nos estaban regalándole
a él, al reloj.
Se hizo la costumbre el sentir
pasar el tiempo como si algo importante se estuviese yendo. Unas escuelas
filosóficas planteaban la vida como un reto, otras como una inacabable rumba,
donde cada uno podía hacer lo que le diera su puta gana.
Desde entonces, los grandes
relojes de las torres y las plazas se fueron extinguiendo como megaterios, para
dar paso a una dorada generación de pequeños y díscolos reyezuelos: los Rolex,
Breguet, Longines u Omega, que los abuelos lucían con legítimo orgullo y
heredaban de padres a hijos como un antiquísimo emblema de virilidad. Llevar
reloj era como una patente de hombría; no llevarlo, una irresponsable omisión,
digna del repudio general. Aún no se perdona en mi familia la misteriosa
desaparición del reloj del abuelo, que debía entregárseme al cumplir quince
años, pérdida lamentable que me hubiera proveído las primeras drogas.
Había tiempos en que los relojes
de pulsera sólo se lucían en muñecas femeninas, ningún varón se expondría a ser
visto como afeminado, nadie aceptaría tal mariconada. Pero la primera guerra
mundial le daría una brutal lección de pragmatismo al mundo entero, los
prejuicios de género cedieron ante la realidad. Si las mujeres podían trabajar,
usar pantalones y encabezar un hogar, bien podían los varones reemplazar el
patriarcal gesto de extraer su reloj del bolsillo por el simple alzar del codo.
Desde los elegantes relojes de
leontina que los antiguos caballeros portaban con una cadena de oro, hasta los
posmodernos Swatch transparentes con el horario en una muñeca y el minutero en
la otra, el reinado de los cronómetros personales jamás ha sido discutido como
adminículo indispensable.
Hasta el advenimiento del celular,
todavía éramos relativamente libres. La soledad y la introspección no eran
infrecuentes. Las casualidades eran, felices o no, regalos del azar; la
puntualidad, una diosa severa, pero justa. Sucesivas y bárbaras invasiones de
aparatitos tecnológicos nos han vuelto adictos. La existencia es insoportable
sin el celular, el mp3, 4, el iPod, la agenda o la cámara digital.
Es cuando más recuerdo al Tayta
Juan Francisco diciendo que la vida es simple, que sólo se necesita darle gusto
al cuerpo, liberar todos los sentidos: oler profundo, observarlo y palparlo
todo, caminar hasta esa dulce fatiga que nos recuerda lo rico que es estar
vivo, escuchar mentalmente toda la música del mundo y combinarla como te dé la
regalada gana; hacerle cantar, por ejemplo, “Albergonischay” de Manuelcha Prado
a Frank Sinatra. Todo con tan solo pensarlo, mientras que los muchachones de
hoy no saben ni silbar.
Aquí, atrapado entre las fauces de
un chofer de combi que manipula vertiginosamente sus dos celulares, el primer
movilómano que he conocido en la gran ciudad del Cusco, me quedo quietecito, no
pienso conchamadrear a nadie, ni justificarme si llego tarde. Nadie puede
adivinar mi infinita placidez, mi infinito cansancio.
Porque por último, como dijera el
gran filósofo Oto de Médicis, “La eternidad no es la ausencia de término, sino
de esperanza”.
***
2. STABAT MATER,
PARÁBOLA DE LA OVEJA QUE NO PODÍA DEJAR DE BALAR (publicado en la Agenda
Cultural del Cusco de marzo-abril 2009)
Si hubiera en esta ciudad alguien
lo suficientemente perspicaz, seguramente habría advertido que en todos los
crímenes de estos últimos meses ha habido una constante, un patrón. Un
verdadero sabueso ya se habría percatado de que cada víctima llevaba una
impronta o, como dijera A. Conan Doyle, esa pincelada genial que distingue al
auténtico artista del mediocre asesino. Pero como todos sabemos, por desgracia,
éstos son malos tiempos para los artistas.
La primera vez fue fácil, la pude
reconocer fácilmente: rosada de vino y todavía muy joven, como una dulce
ternera preparada para el holocausto, sin duda era la misma mozuela, la misma
sonrisa estúpidamente adolescente con que me dijera: "viejo aburrido", cuando le
reclamé silencio durante el Stabat Mater de Semana Santa. Terminé de
emborracharla en la vieja casa solariega, donde aún languidece el bar de los
pájaros caídos, y cuando descendíamos las largas escaleras de salida, me
pareció lo más natural empujarla y, una vez en el piso, estrellarle el cráneo
contra esa fría esquina de piedra, mientras estallaba en mi mente el cadencioso
contrapunto de las sopranos que la pequeña insensible me había arruinado esa
misma noche.
Las investigaciones fueron de lo
más decepcionantes, el forense dictaminó que la caída había sido accidental,
dado su avanzado estado de ebriedad, y la familia no porfió demasiado, pues en
realidad había resultado aliviada de los escándalos que solía provocar la
muchacha con sus liviandades.
Esta módica victoria me dio la
confianza para la segunda vez, una magistral puñalada había equivalido a un
preciso movimiento de batuta para recuperar el coro de apertura del Salmo 111 Beatus
Vir de Vivaldi, que ocho días antes me habían interrumpido este mozalbete y
su celular en tono de badinerie. La billetera y el celular impertinente,
hábilmente desaparecidos, terminaron por convencer a todos de que se había
tratado otra vez de un fatídico asalto en nuestra cada día más insegura ciudad.
Luego vendría un maloliente
borracho que me empezó a respirar en la nuca durante el tercer y cuarto
movimiento de la Sonata Nº 9 para violín de Veracini, malamente estrangulado en
la también maloliente calle de la Conquista. Una aristocrática jubilada
atragantada con una gran astilla de pollo y un bebé de pecho, misteriosamente
asfixiado en el antiguo hospital de los pobres, ambos sentenciados por Brahms.
¿Tiene derecho a reproducirse la
gente que lleva niños a los conciertos?
Desde entonces, he yugulado y
envenenado, he prodigado somníferos y he desbarrancado; calculado fríamente
circunstancias y personajes para cumplir con ellos, nunca de lejos, siempre de
cerca como es de buenos artesanos.
No vaya a pensarse que no les doy
oportunidad de redimirse con el silencio. Jamás he condenado a nadie tan solo a
la primera reconvención, para convertirme en un feroz inquisidor; ni a la
tercera, que me haga parecer un franciscano. Es a la segunda vez que lo miro
fijamente a los ojos, como hace el Señor de los Temblores en la procesión del Lunes
Santo, y ya puede estar seguro el irreverente que en verdad ha sido señalado
para morir, bien sabe Dios que es fácil ser malo, y demanda cierto esfuerzo ser
bueno; pero que lo verdaderamente difícil es ser justo.
Tampoco sabría decir si es el
violento efluvio de la espesa sangre o la certeza de la muerte lo que desata
el éxtasis postergado por la melodía cercenada, un látigo victorioso de acordes
que alcanzo bien a percibir, pues desde pequeño me han enseñado a sentir la
buena música con el corazón, con los ojos bien cerrados.
Debo reconocer sin embargo que
últimamente me he vuelto temerario y hasta negligente; del matemático virtuosismo
de mis primeras ejecuciones, he degenerado en, cómo diremos, una espontaneidad
conformista, después de haber sido un Heifetz, he decaído en un ebrio jazzista
que al día siguiente no recuerda nada de nada.
Y debe ser porque me voy haciendo
viejo, estoy perdiendo la naturalidad, o porque finalmente he perdido ya
completamente la fe en que el público, ese tirano de mil cabezas, haya comprendido el valor del silencio.
Pero a ti, mi cordera pascual, a
ti te reservo la mejor fuga, sé que llegarás puntual a interrumpirme y con
dulzura te conduciré hasta el ara; elegida entre miles de doncellas, vendrás
con paso firme a tu Qhapaqkocha, volverás a la tierra madre, ¿entiendes?, serás
sagrada, y por ti fructificarán los campos, parirán las hembras y henchirán las
calles con inmensos rebaños de turistas.
Mientras tanto, solo me queda
esperar pacientemente el próximo concierto.
***
3. ILLAPAQ, EL PUMITA QUE PODÍA HABLAR CON LA LLUVIA (2015, cuento dedicado al hijo del autor, Simón Illapaq)
ILLA, la luz
Dicen que había un pumita que
hablaba con la lluvia. A veces hasta se entendía con la abuela Rit’i y sus hijos,
allá en las alturas del Apu Awsangate. Aunque era muy travieso, todos en este
valle lo perdonaban porque tenía un don muy especial: sabía contar historias.
Definitivamente, no era un pumita como los demás.
Sabía historias sobre los colores
y los sabores, sobre lejanas montañas y lagunas interminables, sobre animales
fabulosos y bellísimas doncellas; nadie podía explicarse cómo habían entrado
tantas historias en un cuerpo tan niño; pero cuando empezaba a contarlas, todas
las criaturas grandes y pequeñas del agua, la tierra y el viento se
arremolinaban a escucharlo. No había forma de resistirse.
Pronto los seres del Ukhupacha,
los temidos habitantes de las cavernas, allá en las cabeceras del valle,
quisieron oírlo; también los hacedores de sal, allá abajo en los wayllares
del sur; y los rudos labradores de los altos peñascos reclamaban sus historias.
Decían que había algo en su mirada de pumita. Algo que también tenía el sol y que
no podían resistir durante el día; era lo mismo que de noche tenían las estrellas;
y tanto les fascinaba que empezaron a llamarlo "Illa".
El pumita jamás se cansaba,
brincoleando de aquí para allá, visitaba a todos y era siempre bien recibido.
Susurraba sus cuentos en los enredados bosques de q’euñas enanas o entre
los altos cedros; lo empezaron a llamar "Mayupuma" cuando aprendió a nadar en los
ríos que aún bebían de la gran mamaqocha que alguna vez cubrió todo este
valle; y hasta en las oscuras chinkanas, que se perdían en lo profundo,
se podían oír sus roncos maullidos de gato fabulador.
Solo el Supay se resistía a
escucharlo. Lo llamaba farsante y ocioso, decía que en lugar de cazar y pescar su
comida como todos, el muy manganzón se dedicaba a inventar mentiras para que le
invitaran a comer y dormir. Se burlaba de todos los escuchadores, llamándolos "opa
sonsos"; pero nadie se atrevía a altercar con el Supay, le temían porque era
un poderoso mago.
Una noche todos en el valle oyeron
la mejor historia jamás contada. Tan buena era que hasta los seres del Hanaq Pacha
bajaron a escucharla; contada así, hasta a ellos les gustaba su historia. El
pumita habló de una estrella de fuego que había caído para fecundar la tierra y
de los infinitos mundos que se podían crear desde aquel antiguo cataclismo. Ese
día todos empezaron a hablar del amor.
Entonces, Tayta Ti y Mama Killa lo
invitaron a subir para que les contara sus historias a toda la tribu del cielo.
El pumita no se hizo de rogar, montado en una cómoda ph’uyu y conducido
por los wayras, subió hasta allá y, durante una noche y un día
enteritos, se la pasó contándole a Ch’aska y a sus hermanas Qoyllur, todas las cosas
de Pachamama, la tierra de abajo, y hasta de más abajo.
Agradecidos, los Taytas del cielo
le dijeron a Mama Yakana, la madre de todas las llamas, que rompiera su cántaro
cada vez que en el mundo se escuchara una buena historia. Así, el pumita
aprendió a juntar con su cola las nubes y a disparar los rayos con sus ojos,
anunciando que viene la lluvia. A veces lanzaba granizo por su boca, pero solo
lo hacía porque era todavía un niño travieso.
PAQ, el dador
Mientras tanto, el Supay pensaba y
pensaba… ¿Acaso no era perder tiempo, vivir de historias? Así no se
desarrollaría el valle, ni Pachamama produciría todo lo que pudiera. No se
poblarían los valles con ciudades ni se inventarían las máquinas que harían más
felices a todos los seres. Así pensando, decidió tender una trampa para
desenmascarar a ese puma embustero.
Se transformó en una bellísima
criatura que, ondulando su cuerpo y cola, se le apareció al puma –que ya había
crecido– y, con voz que no era deste mundo, le dijo:
– Turaycha, veo que nadie
te aprecia como mereces, a ti nadie te cuenta ninguna historia. Eso no es muy
justo.
– Nunca se me había ocurrido, panaycha,
– respondió el pumita, poniendo su garrita detrás de la oreja.
– Deberías cobrarles algo a estos
desagradecidos, no los malacostumbres, – añadió ella con la mirada turquesa, – Si
quisieras, podrías ser el rey de este valle, – apuntó con su finísima lengua.
– Entonces, acompáñame hasta el Hanaq
Pacha para pedir permiso a Tayta Ti y Mama Killa, – contestó él, meneando la
colita.
Entonces, subieron al cielo. Era
una mañana lluviosa, Tayta Ti había trabajado muy duro el día anterior y había
tendido su cortina de nubes para poder descansar un poco; pero el viento más
fuerte, el guardián del Wanakawre, sospechó algo y de un fuerte soplo apartó
una gran nube para que el Sol descubriera que alguien se atrevía a subir sin
traer una buena historia. Adormecido y enojado, el Sol lanzó un rayo que los
hirió tan fuerte en los ojos que los hizo caer desde muy muy alto.
La caída sería terrible, así que se
abrazaron para hacerse uno solo; pero de pronto se fueron deshaciendo en
colores: de sus colas salieron los amarillos y de las cabezas, los azules; de
sus corazones, los rojos y, combinándose entre la finísima lluvia, surgieron
todos los demás colores. Bien separados, pero más unidos que nunca, se hicieron
belleza y armonía. Ya nada sería solo masculino o femenino; ni blanco o negro
solamente. El cielo y el valle se unieron en el primer Arcoíris.
Al Supay no le resultó la trampa
del orgullo. Desde entonces el puma se hizo dos y sabe vivir muy feliz en la
tierra o en el agua y, a veces, cuando se vuelve Kuichiy, puede remontar las
nubes para unir el Hanaq Pacha con la Pachamama.
Así empezó a ser, el rayo
despierta al puma hembra y macho, y juntos suben a las nubes, cuentan su
historia y, según eso, Mama Yakana, rompe su cántaro para que la lluvia buena,
ya sea macho o hembra, vuelva a regar todo el valle.
Hasta que llegó aquel día. El puma
quiso contar una historia más y llegó hasta el río azul, el que amarra todas
las aguas del valle, para buscar un remanso donde beber.
Pero cuando se miró en el espejo del agua, ya no era un puma. Y al darse vuelta, ahora erguido en sus dos patas, miró a sus amigos, y entonces, solo entonces, todos lo reconocieron como señor y saludaron, con un solo y nuevo nombre: Manko Qhapaq.
GLOSARIO procedente del
Runasimi (Quechua), hijo y nieto del Aymara y el Pukina
RIT’I: Nieve, mítica abuela que tenía tres hijos: la
helada, el granizo y la nevada.
AWSANGATE: Apu, Ruwal o Señor Montaña principal del sur andino.
UKHUPACHA: Mundo de abajo, tierra interior.
WAYLLARES: Bofedales, tierras húmedas y floridas.
ILLA: Luz, brillo que tiene lo muy valioso.
Q’EUÑA: Polylepis incana, emblemático árbol andino.
MAMAQOCHA: Mar, lago grande; en este caso, el Morkill.
MAYUPUMA: Londra felínica, puma de río, nutria acuática.
CHINKANAS: Cavernas, abundantes en el noreste del Cuzco.
SUPAY: Espíritu negativo, hecho maligno por los católicos.
HANAQ PACHA: Tierra de arriba, cielo.
TAYTA TI: Padre Sol, Anti cuando nace, Inti en zenit, y Kunti cuando en el
ocaso.
MAMA KILLA: Madre Luna.
PH’UYU: Nube.
WAYRAS: Vientos.
CH’ASKA: Venus.
QOYLLUR: Estrella.
APU: Señor Montaña.
YAKANA: Constelación de la Vía Láctea, llama madre de todas las llamas.
TURAYCHA: Hermanito, como lo debe llamar la hermana.
PANAYCHA: Hermanita, como debe llamarlo el hermano.
WANAKAWRE: Apu fundacional del Cuzco.
KUICHIY: Arcoíris.
MANKO QHAPAQ: Rico en virtudes, fundador y primer gobernante inka.