Héber Huamán
Altamirano, uno de los más emblemáticos y representativos artistas cusqueños,
el pasado 19 de junio se sumó a las filas de los viajeros eternos, cuya obra se
ha convertido en nuestro legado y cuya vida debe ser honrada y recordada.
Una amistad de más de
cincuenta años unía a Héber Huamán con el maestro Edwin Chávez Farfán, quien en
esta libre y cordial conversación con el comunicador Dante Villafuerte, nos regala
sus invaluables recuerdos. Nos habla sobre los vínculos amicales y creativos
que unían a los dos eminentes artistas, de las épocas pasadas del panorama cultural
cusqueño, relatando una serie de memorables y entretenidas anécdotas que
siempre acompañan el oficio del arte.
Dante Villafuerte: ¿Cómo
lo conociste a Héber Huamán?
Edwin Chávez: Decían que Héber era una mezcla de Papaqaro con Aquije. Eran apodos de sus dos amigos. Uno tenía el apellido Inca Roca, no recuerdo cómo se apellidaba el otro.
Lo
conocí a Héber por primera vez en la Avenida Sol, al lado del colegio La
Merced. Su padre tenía ahí una tienda donde se exhibían cocinas, de la empresa Cocinas
Huamán, y Héber estaba ahí atendiendo, bien vestido, con su abriguito, chalequito
y su chalina toda colorida. Y tenía una caja con motor, donde ponía un plato de
porcelana y unas pinturas, lo tapaba y prendía el motor, y luego salía el plato
pintado con unas manchas de color. Era una especie de performance en medio de
una tienda de cocinas. Y además, uno podía adquirir esos platos pintados.
Emilio Huamán, su padre, había
venido de Abancaycito después del terremoto de 1950 y se estableció en San
Sebastián. Era una persona económicamente próspera. Héber contaba que fue el
primero que trajo postes eléctricos para abastecer de electricidad su fábrica,
porque San Sebastián por aquel tiempo a veces no tenía luz. Las cocinas Huamán eran
unas cocinas a kerosene, que hacían competencia con Surge y otras empresas. También
con los Morvelí Farfán, mis parientes, ellos también hacían cocinas.
Dante Villafuerte:
¿Hace cuántos años fue?
Edwin Chávez:
Sería en el 71 o 72 más o menos. Yo había salido del colegio en el 70. Fue
entonces que lo conocí, porque toda la gente se agrupaba al lado de él. Después
nos volvimos a encontrar en la Escuela de Bellas Artes, en las clases del profesor Torres. Héber era
su alumno libre, iba a estudiar cuando quería. Ya más o menos por el 76, 77 y
78 yo trabajé con Héber en el taller que él tenía en San Sebastián.
Dante Villafuerte:
¿Quién era el profesor Torres?
Edwin Chávez:
Edgar Torres Calderón era profesor de la Escuela de Bellas Artes. Había
recibido el Premio Nacional en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima por
una propuesta abstracta de pintura. Era un premio para ir a París, pero dicen
que él lo había vendido y se quedó, no sé por qué tomó esa determinación. El
director de la Escuela Nacional, Ugarte Eléspiru, estuvo muy molesto con él,
porque para toda esa generación de artistas ir a París era un sueño. Después,
no sé cómo, Torres apareció en la Escuela de Bellas Artes de Juliaca, donde
estuvo enseñando un tiempo. Don Mariano Fuentes Lira se habría enterado y lo
trajo a la escuela del Cusco.
Dante Villafuerte: ¿Cuántos
años tenías en aquel tiempo?
Edwin Chávez:
Estaba por los 18 o 20 años. Yo fui alumno de Manuel Gibaja en el 71 o 72,
hacíamos unos bodegones básicos. Después me relacioné con Torres. Torres era
muy especial, muy severo. También asistía a sus clases como alumno libre Angelito
Acurio, el que hacía títeres. Cuando falleció Torres dijo en un discurso:
"No sé qué cosa quería el profesor Torres que hiciéramos, nada le parecía bien".
Era muy exigente. Llegué a entenderlo con el tiempo: nos exigía que
observáramos, contempláramos y trabajáramos duro.
Dante Villafuerte:
En otro momento has hablado de que en aquellos años tú empezabas a vender tus
obras en la Plaza de Armas...
Edwin Chávez:
Claro. Había un local manejado por el CENFOTUR por la calle Loreto, en la esquina de la plaza. Ahí
armábamos muestras, y también afuera, al lado de la Catedral, en su atrio, donde vendíamos
las acuarelitas que habíamos pintado, y era algo de ingreso para nosotros.
Torres nos motivaba a que hiciéramos eso. También hacíamos tarjetas de Navidad con cola sintética chorreada, dándole formitas, haciendo paisajes o
figuras, pintadas con unos cuantos pincelazos para dar efectos. Pintábamos tarjetas postales.
El que puede contar bastante de esto es Rosendo Landio, otro profesor en la escuela,
mi compañero, el único que queda aquí en Cusco. Héber Huamán no participaba
tanto de la venta de tarjetas porque era escultor y hacía sus propias cosas.
En la calle Coca, la que es hoy la
calle Garcilaso, en el local de la Casa Garcilaso, estaba la Asociación de
Artistas Plásticos del Cusco, que llevaba el nombre de Justo Béjar Navarro. Ahí
había una galería de arte. Nos dieron ese espacio en concesión.
Dante Villafuerte:
¿Quiénes formaban parte de esa asociación?
Edwin Chávez:
Juan de la Cruz Machicado, Hugo Béjar, Abel Jiménez, Hilario Mendívil, Doña
Georgina, Santiago Rojas (maestro de Paucartambo), Edilberto Mérida. Fue la
primera vez que vi integrados a los artesanos junto a la gente de la escuela de
Bellas Artes y la academia. Todos juntos hacían muestras anuales para el Día
del Cusco. Don Mariano Fuentes Lira, que era de tendencia socialista, también pertenecía
a la asociación. Y Nishiyama, y Julia Chambi, la hija de Martín Chambi. Estaban
también Julio Gutiérrez, Ángel Acurio y Héber Huamán, las nuevas generaciones. También
Adolfo Sardón y César Gavancho Chávez, un artista que había estudiado en México.
La galería funcionó desde los años 70, o incluso antes, hasta aproximadamente
1984 o 1985. Me fui a los Estados Unidos y cuando volví, ya la habían cerrado.
No sé por qué perdimos ese espacio.
Torres fue quien nos introdujo a
la asociación, porque antes era un grupo “de élite”, y a nosotros, los
muchachos jóvenes, nos tocó el trabajo duro: cargar, abrir, cerrar. La galería
medía unos cinco por cinco metros, estaba acondicionada con unos paneles de
madera sintética y una celosía en el techo. Tenía una habitación que servía como
depósito de obras. Era un buen espacio. La galería llevaba el nombre de Justo
Béjar Navarro.
Dante Villafuerte:
Para aquellos que no saben, ¿quién fue Justo Béjar Navarro?
Edwin Chávez:
Era hermano de Hugo Béjar. Justo hacía un tipo de arte semi abstracto, con
relieves y elementos fosforescentes. Esa técnica la usaban en aquella época unas
cuatro o cinco personas. La había traído Julia Rosa Faccaro, una artista
argentina que había estudiado en el Instituto Di Tella en Buenos Aires y que se
casó con el arqueólogo Luis Barreda Murillo. Ella introdujo los materiales
industriales para pintar e hizo aquí una revolución. Fernando Olivera (el Tolo)
era el que más trabajaba con esas técnicas. El único que era distante de ese
grupo y esas tendencias era Juan Bravo, el pintor de los murales.
A Justo Béjar le falta un buen
catálogo. Él murió, creo, todavía en los 60, pero su familia vive. Primero se
formó el grupo Illary, después se agruparon en la Asociación de
Artistas Plásticos y lograron que les cedieran este local. Eso pasó en los 60,
cuando la Casa Garcilaso se convirtió en un local público y fue restaurada por Víctor
Pimentel Gurmendi. Era un arquitecto de Lima, amigo de mi padre.
Así que Héber Huamán también estaba
en esa asociación, cómo no iba a estar… En un principio, era parte de nuestro
grupo estudiantil, aunque formalmente no era estudiante de Bellas Artes, pero
siempre participaba en nuestras reuniones.
Dante Villafuerte:
¿Cuándo empieza a perfilarse Héber Huamán como artista que todos conocemos?
Edwin Chávez: Destacó fuertemente en la época de Velasco Alvarado, en los años 1968-1970. Hizo una muestra en Lima, apareció en la revista Caretas. Creo que le ayudó Alfonsina Barrionuevo, a él y a otros artistas del Cusco. Se hizo conocido por su escultura Yawar Fiesta, hecha con pura soldadura, lo que se llama el toro pukllay de Cotabambas.
Héber agarró vuelo con los eventos como Contacta
e Inkari. Hacía también decoraciones en hoteles y restaurantes de Cusco,
usando tuberías delgadas de metal. Los torcía para lograr formas. También hacía
con platinas metálicas unos marcos de estilo virreinal. Tengo un espejo con el marco que él hizo, lo regaló a mi madre. Hacía también relieves decorativos y muebles
metálicos. Hizo todo un boom. Vivía de su arte.
Otro dato relevante es que a los
17 o 18 años le pidió a su padre la emancipación de la patria potestad, quería
ser independiente. En aquel tiempo se consideraba la mayoría de edad los 21
años. Emanciparse significaba romper la relación legal con la familia y lograr
estatus jurídico autónomo.
Dante Villafuerte: ¿A
qué clase social pertenecía?
Edwin Chávez:
Héber era de clase media, pero se mostraba soberbio, quería manifestar que era
un artista, andaba vestido con chalequito y chalina de colores, marcando diferencia.
Su padre era dueño de la empresa Cocinas Huamán, y Héber tenía ahí su espacio
para trabajar.
En el barrio a veces lo veían como
un advenedizo, pero su familia logró un buen estatus social y económico. Algunos
de los mismos muchachos que luego se hicieron sus amigos, antes lo trataban
mal, lo llamaban "cholo Huamán". Incluso los que eran descendientes
de los incas, tal vez porque él era un chanka de Abancay. En Cusco el prejuicio
hacia lo abanquino o chanka siempre fue un motivo de discriminación. Y por el
lado de su mamá su apellido era Altamirano, decía que estaba emparentado con
José María Arguedas, cuyo segundo apellido también era Altamirano.
Dante Villafuerte:
¿Conociste a sus padres?
Edwin Chávez:
Claro. Eran severos pero buenas personas. Por el año 1978, su padre nos encargó
un mural sobre Yawar Fiesta en su casa, del que me queda una foto. El
toro, el cóndor, los apus, la gente bailando. Lo hicimos entre tres
artistas: Héber, yo y Lucho Acosta, que era ceramista. Se preparó la pared con
yeso fino y subimos a los andamios. Yo hice un boceto general, pero cada uno
trabajó libremente. Lo pintamos muy rápidamente, porque el padre de Héber lo
quería listo para una fiesta. Nos pagó por el mural, pero era más un asunto de
buena voluntad.
Su padre estaba habituado a
trabajo expeditivo en su empresa de cocinas. Tenía todo un canchón con
maquinaria y equipamiento. Y ahí mismo manejaba su taller Héber. Su padre decía:
"Yo admiro a mi hijo como artista, pero no entiendo por qué demora tanto
en entregar la obra". Y Héber le respondía: "Miguel Ángel demoró quince
años en pintar la Capilla Sixtina, ¿por qué te quejas por quince días?”
El padre de Héber siempre lo
apoyaba, pero quería que él tuviera una formación más académica, formal, para
progresar socialmente. Era la misma idea que tuvo mi abuelo con mi papá. Mi
abuelo era el encargado del Estanco de la Sal en Puno. Con grandes sacrificios envió
a mi padre a estudiar a San Marcos, en Lima, pero él volvió al año, vestido con
poncho y chalina, y con charango. Mi abuelo le preguntó: “¿Para eso te envié a
Lima?” En ese tiempo había una fuerte influencia del indigenismo.
Dante Villafuerte:
¿Cómo vestían ustedes en aquellos años?
Edwin Chávez:
Kutiry, Julio Gutiérrez, de joven caminaba con su cabello largo y se ceñía con
soga. Yo andaba con ojotas. Pero Héber se lavaba, se arreglaba y siempre
mantenía en su manera de vestir ese estilo “chic”, como él mismo lo llamaba.
Dante Villafuerte:
Explícanos por qué usabas ojotas. Yo recuerdo que en el campo, de niños,
calzábamos ojotas porque no teníamos muchos recursos y solo nos poníamos los
zapatos para ir al colegio…
Edwin Chávez:
En mi caso, en los 70 en la ciudad era una postura de rebeldía. No eran muchos
los que lo hacían, pero algunos sí. En ese tiempo había una influencia del
movimiento hippie que vino con el turismo.
Dante Villafuerte:
¿Qué música escuchaba su generación?
Edwin Chávez:
No había discotecas; hacíamos fiestas en las casas con tocadiscos. Escuchábamos
Pink Floyd, The Beatles, Cat Stevens, la trova, la nueva canción latinoamericana.
Héber tenía muchos vinilos long plays de música chilena -Los Jaivas,
El Temucano-, no sé cómo los conseguía, los vinilos eran caros. Mi cuñada,
la esposa de mi hermano Sergio, me traía algunos discos de Estados Unidos, porque
sabía que me gustaban y que no podía comprarlos.
Dante Villafuerte:
¿Héber tenía una posición política?
Edwin Chávez: Héber
apoyaba las actividades culturales, pero no mantenía un discurso político concreto.
Durante el gobierno de Velasco Alvarado sí participó en los dos eventos
llamados Inkari.
Yo mantuve una postura crítica.
Pinté un cuadro de estilo naïf, donde se veía una marcha y en la pared un
grafiti que decía: "Reformas son reformas y no revolución".
Cuestionaba que una revolución viniera estructurada desde las fuerzas armadas
de arriba hacia abajo. Por eso me aparté de esos movimientos.
Más adelante formamos el grupo Vórtex
para debatir abiertamente sobre temas candentes. Héber iba a veces, pero no tenía
una participación política activa.
Dante Villafuerte: ¿Quiénes
eran los amigos más cercanos de Héber?
Edwin Chávez:
Eran sus amistades del barrio, unos cinco o seis. Uno era Humberto Inca Roca,
el Papaqaro. Otro tenía el apodo Aquije, no sé cómo se apellidaba. Todos ellos
eran sebastianos.
Dante Villafuerte: ¿Héber
y tú eran grandes amigos?
Edwin Chávez:
Sí. Él ya formaba parte del panorama artístico, estaba bien posicionado. Cuando
se organizaban exposiciones, siempre presentaba sus propuestas. Posteriormente
fuimos asumiendo roles en la Asociación de Artistas Plásticos: yo fui director
de galería un tiempo y Kutiry fue secretario. La galería vendía obras
principalmente a turistas extranjeros y a coleccionistas locales como el
dentista Rivera Dávalos. Parte de su colección la donó a la Municipalidad, pero
dicen que existe otra parte, de mejor calidad aún. A mí, por ejemplo, me compró
el arquitecto Ronald Peralta, quien también pertenecía a la Asociación de
Artistas Plásticos, a la que se habían incorporado algunos arquitectos.
Dante Villafuerte: ¿Héber
iba a tu casa?
Edwin Chávez:
Sí, mi madre siempre notaba su cabello largo. Lo llamaba hippie. Y yo le decía:
“Pero mamá, yo también soy”. Mi padre lo aceptaba más, a veces conversaba con
él.
Supe que su apellido original era
Huaman Ñawi. Una vez hice para él un afiche con ese nombre, con un ave y un ojo. Él
me contaba que sus parientes en Abancay habían recortado la segunda parte y
solo dejaron “Huamán”.
Dante Villafuerte: Héber
también trabajó en teatro, ¿verdad?
Edwin Chávez: Sí, actuó en la escenificación del drama Ollantay en el papel de Pikichaki. La producción reunió a varios grupos de teatro e integró a Lucho Castro, Raúl Chaparro, Zulema Arriola, Guido Guevara y León Farfán. Para la escenografía, Héber elaboró, además, una reproducción de la imagen del Sol de Echenique de gran tamaño en metal repujado. Fue la primera vez que se hacía una réplica a gran escala de esa pieza. Debe de estar en el Instituto Americano de Arte.
Hay una anécdota sobre ese
espectáculo. Lucho Castro actuaba de Inca Pachakuteq y Héber era Pikichaki, el
mensajero que le traía algún chisme. En una función, Lucho, escuchándolo, golpeó el piso con
una makana que tenía en la punta un choclito. Con el golpe, el choclito
saltó y lo golpeó a Héber en la cabeza, pero él disimuló y seguía con la actuación.
Pocas veces los grupos teatrales
en Cusco se han juntado para trabajar una obra. Ya mucho después lo hicieron
con la Controversia de Valladolid, en la capilla de Lourdes, que antes era la galería administrada por CENFOTUR, donde exponíamos.
Dante Villafuerte: Héber
llevaba una vida social bastante intensa, ¿sí?
Edwin Chávez:
Sí, sobre todo en Kamikaze. Y antes existió otro local, Hatuchay,
era una peña folclórica, donde se hacían eventos. Luego aparecieron Kamikaze,
Ukukus y Mamá África. En Mamá África yo hice la decoración
del local y diseñé el logotipo. Héber participaba en los festivales de arte en
Ukukus.
Dante Villafuerte: Recuerdo
que ahí hacía performances artísticas trabajando metal en vivo, eso fue hacia
1997 o 1998.
Edwin Chávez:
También participamos en IMAPIMUSPO (Imagen – pintura – música – poesía), un
evento multidisciplinario, organizado por Manuel Gibaja, Luis Castro y Enrique
Cerrillo. Muchos creían que el nombre venía del quechua: ¿Imata
musphashanki? (¿Qué estás fantaseando?)
Otro personaje que estuvo en ese
evento ere el profesor al que llamaban “el loco Chávez”, de él contaban que,
por borracho, alguna vez jaló de la barba al mismísimo Mariano Fuentes Lira, a quien lo consideraban algo como un semidiós.
Dante Villafuerte:
¿Fuentes Lira sí tenía mucha presencia política?
Edwin Chávez: Sí,
incluso desfilaba el primero de mayo con la Federación de Trabajadores de Artes
y Oficios. Otras figuras importantes en la escena político-cultural eran Julio
Gutiérrez Loayza y Eustaquio Kallata, que era el seudónimo del literato Román
Saavedra.
Dante Villafuerte:
¿Llegó Héber a enseñar en la Escuela de Bellas Artes?
Edwin Chávez:
No, nunca llegó a enseñar formalmente en la escuela, aunque yo siempre insistía
en que debía existir un espacio para talleres con artistas invitados. Él formó
su propio taller con operarios en San Sebastián, consolidándose como un
referente autodidacta e independiente de la plástica cusqueña.
Agradecimientos: Edwin Chávez Farfán, Gabriela Hengeveld, Manuel Gibaja.