La imagen del Señor de los Temblores, o Taytacha Temblores, Patrón Jurado del Cusco, que durante el año es resguardada en una de las capillas laterales de la Catedral, sale en procesión cada Lunes Santo y da su bendición a la población. La fiesta convoca tanto a los creyentes como a todos los cusqueños que valoran las centenarias costumbres y quieren ser parte de ellas. Les ofrecemos un registro audiovisual y un amplio reportaje fotográfico, realizados por Alberto Cavassa y Olga Vallenas del equipo de Cusco Social, sobre la celebración del Lunes Santo el día 25 de marzo de este año.
Como bien se sabe, la devoción al Señor de los Temblores nació en 1650,
durante el devastador terremoto que asoló la ciudad el 31 de marzo, poco antes
de la Semana Santa. Cuenta el cronista Diego de Esquivel y Navia: “Fue tan
horrible que en este breve espacio echó por tierra los mejores edificios de
aquella nobilísima ciudad, sus casas, los conventos, las iglesias suntuosamente
fabricadas. No se reduce a razón, ni explicación humana la turbación de este
conflicto; porque fueron muchas las desdichas que concurrieron para hacerle de
todas maneras espantables, pues se vieron los hombres tan apriesa desposeídos
de sus haciendas y asaltados de la muerte, que apenas les daba lugar a llamar
la madre al hijo, a la mujer el marido, y el amigo a sus compañeros. Uno salía
cubierto de tierra; otro estropeado; aquel desenterrado; todos atónitos y
despavoridos”. Las réplicas del terremoto seguían durante más de un año, y la
ciudad se sumió en la desesperación.
Narra la leyenda que la imagen del Cristo crucificado fue sacada de la
Catedral a la plaza durante el terremoto, y justo en ese momento los temblores
cesaron, lo cual los maravillados pobladores atribuyeron a su milagrosa
intercesión. Antes de ese suceso, era conocido como el Santo Cristo de la Buena
Muerte, pero a partir de aquel momento, como consta una carta del obispo Manuel
de Mollinedo y Angulo, cambió su nombre al Señor de los Temblores. En la
capilla de Santiago Apóstol de la Catedral se puede ver un gran lienzo, pintado
en el siglo XVII por encargo de Alonso Cortés de Monroy, que en detalle retrata
la ciudad del Cusco con las devastadoras consecuencias del desastre y con una
muchedumbre de devotos agrupados alrededor de la figura de Cristo.
Dice el cronista: “Desde este año quedó establecida la procesión que
cada año se hace a 31 de marzo en la iglesia Catedral, con asistencia de ambos
Cabildos, clero, religiosos y gran número de penitentes, en que sale la
hermosísima imagen del Crucifijo intitulado el Señor de los Temblores, que está
colocada en la iglesia con gran culto y frecuencia del pueblo, por ser su único
refugio y asilo, no sólo en los temblores, sino también en las pestes, secas, y
otras tribulaciones. Es tradición constante la de haber enviado al Cuzco esta
sacratísima efigie el católico é invicto Emperador Carlos V.”
Durante décadas, su procesión se llevaba a cabo el día 31 de marzo,
conmemorando la fatídica fecha del terremoto, pero a partir de 1741 fue trasladada
al Lunes Santo. Muchos cusqueños aún repiten la leyenda de que la escultura fue
regalo de los reyes de España, traído del Viejo Continente, pero los estudios
han demostrado de manera fehaciente que es obra de uno o varios artistas locales.
En 1978 la escultura fue sometida a un análisis por Pedro Querejazu, y a
inicios de la década de 1980 fue restaurada por Jesús La Torre Ibarra, quien
escribió un trabajo especialmente dedicado a sus aspectos técnicos. En 2005 el
Instituto Nacional de Cultura realizó una nueva restauración que completó esa
información. La imagen es fruto de una compleja combinación de materiales. El
eje de la figura es de madera. En su interior inicialmente fue colocado un
maniquí de paja, y encima fueron agregadas unas capas de tela encolada, con
algunos elementos de pergamino de cuero de llama. Los detalles del rostro, los
pies y las manos fueron tallados de maguey y modelados con pasta de yeso. La
base de paja luego fue retirada, dejando unos rastros impresos en el interior, y
la imagen quedó vacía por dentro.
Durante la última restauración dentro de la imagen fueron encontradas
varias decenas de cartas-rogativas de los feligreses, introducidas por la
abertura en el lugar de la herida en el costado. La fecha más antigua que figura
en esas plegarias es el año 1782. Sus textos fueron estudiados por la
antropóloga Imelda Vega-Centeno, quien publicó los resultados en la Revista
Andina #42.
Es habitual oír en relación con el Taytacha Temblores el sobrenombre
“cristo moreno”. Realmente, la figura es de tez oscura, casi negra. Se ha
especulado que fue el tono original que se le dio a la imagen para atraer la
devoción de los nativos. Sin embargo, los estudios han demostrado que ese color
fue adquirido por la escultura con el paso del tiempo y su causa fue el humo
de miles de velas que ardían antes diariamente en su capilla, además de otros
factores externos. El color original, mucho más claro, se ha conservado sólo
debajo del paño de pudor, prenda de tela que los fieles le cambian cada cierto
tiempo.
En la década de 1920, aun siendo niño, José María Arguedas quedó
profundamente impresionado por la imagen del Taytacha al visitar la Catedral
del Cusco. Así describe ese encuentro en su célebre novela Los ríos
profundos (1958):
Un bosque de ceras ardía delante del
Señor. El Cristo aparecía detrás del humo, sobre el fondo del retablo dorado,
entre columnas y arcos en que habían tallado figuras de ángeles, de frutos y de
animales.
Yo sabía que cuando el trono de ese
Crucificado aparecía en la puerta de la Catedral, todos los indios del Cuzco
lanzaban un alarido que hacía estremecer la ciudad, y cubrían, después, las
andas del Señor y las calles y caminos, de flores de ñujchu, que es roja y
débil.
El rostro del Crucificado era casi negro,
desencajado, como el del pongo. Durante las procesiones, con sus brazos
extendidos, las heridas profundas, y sus cabellos caídos a un lado, como una
mancha negra, a la luz de la plaza, con la catedral, las montañas o las calles
ondulantes, detrás, avanzaría ahondando las aflicciones de los sufrientes,
mostrándose como el que más padece, sin cesar.
Ahora, tras el humo y esa luz agitada de
la mañana y de las velas, aparecía sobre el altar hirviente de oro, como al
fondo de un crepúsculo del mar, de la zona tórrida, en que el oro es suave o
brillante, y no pesado y en llamas como el de las nubes de la sierra alta, o de
la helada, donde el sol del crepúsculo se rasga en mantos temibles.
Renegrido, padeciendo, el Señor tenía un
silencio que no apaciguaba. Hacía sufrir; en la catedral tan vasta, entre las
llamas de las velas y el resplandor del día que llegaba tan atenuado, el rostro
del Cristo creaba sufrimiento, lo extendía a las paredes, a las bóvedas y
columnas. Yo esperaba que de ellas brotaran lágrimas.
La procesión del Señor de los Temblores, declarada en 2007 Patrimonio
Cultural de la Nación, inicia generalmente a las dos de la tarde del Lunes
Santo, recorre la Plaza de Armas, prosigue por las calles Plateros, Siete
Cuartones, Teatro y Granada, plaza San Francisco, calles Marqués y Mantas, por
donde finalmente retorna a la Plaza Mayor. Durante el recorrido visita los
templos de Santa Teresa y la Merced, donde lo revisten los devotos. Frente a la
Catedral da su bendición final, antes de retornar a su casa. Eso sucede ya
después de la puesta del sol. Dada la multitudinaria participación de fieles y
espectadores, cada año la procesión se extiende más y más. Este año la
bendición tuvo lugar casi a las 10 de la noche.
En la víspera de la procesión, la imagen es adornada con ñuqchus, flores
nativas de color rojo intenso, que simbolizan la sangre de cristo. Desde hace
algunos años, a los tradicionales ñuqchus se les sumaron guirnaldas de luces
rojas que permiten ver al Señor aún después de caer la oscuridad. Antaño el
final de la procesión y el solemne procedimiento de la bendición transcurrían a
la luz de la luna llena, que siempre coincide con la Semana Santa. Hoy en día,
la luna queda opacada por la suntuosa iluminación eléctrica del atrio de la
Catedral.
En las primeras décadas del siglo XX, la procesión del Lunes Santo en Cusco
fue presenciada por otro famoso autor, Luis E. Valcárcel, quien en sus Memorias
(1981) nos brinda algunos detalles inesperados, incluso chocantes, que muestran
cuánto se ha transformado la tradición popular con el paso de los años:
La Semana Santa era el momento culminante
del año en materia de celebraciones religiosas. El acto principal era la
procesión del día lunes, en que el Señor de los Temblores recorría la Plaza de
Armas entre las invocaciones de los fieles y las rogativas en quechua de la
gente del pueblo. Se veía la imagen del Señor entre el humo de los cirios,
doliente y cubierta de lágrimas rojas, como si manara sangre de su cuerpo,
debido a las flores rojas del k'antu [Valcárcel confunde el k’antu con el ñuqchu], que los niños recogían y
arrojaban sobre el anda cuando abandonaba la Catedral. Se trepaban a lo alto de
las puertas y desde ahí bañaban con flores a la venerada imagen. El lapso que
duraba la procesión era el momento culminante de la religiosidad cusqueña.
Blancos, mestizos e indios se juntaban en las calles participando todos de un
fervor realmente conmovedor inclusive para quienes, como yo, no era religioso
ni mucho menos. Los indios acudían desde sus provincias, agrupados por
parroquias, y antes de que el Señor apareciera, se reunían en gran número en la
Plaza de Armas, frente al atrio de la Catedral. Cuando las andas aparecían se
producía una inmensa manifestación de duelo. Poco a poco la imagen se hundía en
la multitud entre un coro de ayes y llantos.
Pero lo realmente terrible venía después,
cuando el Señor luego de su recorrido y de haber recibido el homenaje de los
fieles, retornaba al templo cerca de las seis de la tarde. Por detrás de las
torres de la Catedral comenzaba a levantarse la luna produciendo sobre la
multitud un efecto extraordinario. Su luz alumbraba a toda esa masa vestida con
ropas oscuras y mientras el anda cruzaba el atrio llantos y oraciones llegaban
al clímax. Cuando la imagen era volteada hacia el público, a manera de
despedida, se llegaba a un verdadero paroxismo, la gente caía de rodillas, los
indígenas se cubrían las caras con sus ponchos y se ocultaban unos tras de
otros como protegiéndose de la mirada del Señor. Intrigado, muchas veces
pregunté a varios indígenas la razón de esa actitud, ellos consideraban que, al
retirarse, el Señor señalaba a los que habrían de morir ese año, por eso había
que ocultarse de su mirada.
Una vez que la imagen retornaba al templo
ocurría algo realmente singular, era el momento en que el pueblo sancionaba a
algún personaje que no hubiese cumplido con sus obligaciones, así fuese el
alcalde o cualquier autoridad. Se producían ataques verbales primero y luego la
emprendían a pedradas contra la casa del culpable*. La policía tenía que ponerse
de inmediato en movimiento para evitar que las cosas tomaran proporciones
mayores. Presencié el apedreamiento de la casa del médico titular del Cusco,
Antenor Velasco, hombre bondadoso, injustamente acusado de hechos que no eran
de su incumbencia, y que recibió sin embargo el castigo de la turba [el episodio descrito corresponde al Lunes
Santo del año 1917]. Todo ello fue obra de los mozos del cura Palomino,
encargados de la ejecución del castigo a traidores e incumplidos. Así como
algunas veces se cometían injusticias, en otras ocasiones los políticos se
aprovechaban de la situación para atacar a sus enemigos, eso fue lo que ocurrió
con el doctor Velasco.
Era impresionante la reacción colectiva
que esa ceremonia religiosa provocaba y que luego se continuaba en reuniones
caracterizadas por el generoso consumo de bebidas alcohólicas. De otro lado, la
misma imagen del Cristo ejercía una tremenda impresión bajo la lluvia de flores
de k'antu, que semejaban lágrimas que surcaban suavemente su rostro, como el
sudor del que había trabajado y sufrido en demasía cargando los pecados del
mundo, eran las gotas de sangre que se deslizaban de la frente castigada por
las espinas de su corona. La masa veía al Señor de los Temblores como al
Redentor que venía a castigar a los culpables y a salvar a los justos, a honrar
con su mirada tierna a los sin mancha y a herir con el suplicio más grande a
los que habían desoído sus advertencias. Por eso era tan grande el temor de los
indios a su mirada, la que encontraría en ellos la mancha que les haría merecer
la muerte como fatídico castigo. De ahí entonces la agitación de la turba, que
siguiendo la ira divina castigaría a la autoridad cusqueña que había incumplido
las obligaciones impuestas desde el cielo por el derecho divino. Era un dios del
terror y del castigo el que los indios sentían en lo más íntimo de su corazón.
De la manifestación religiosa también se
generaban actos de tipo sexual. Algunas parejas desaparecían de la ceremonia y
aprovechaban para celebrar el ritual teniendo relaciones, lo que nunca se les
hubiese ocurrido en la vida diaria. En pleno éxtasis los mestizos solían
incitar a las cholitas a la sexualidad. En verdad, la ceremonia tenía tal carga
psicológica que se generaba una catarsis de llanto y sufrimiento, de
arrepentimiento y desesperación, transformándose luego en una grave histeria
masiva que desembocaba en la violencia o la sexualidad, exacerbada por el
excesivo consumo de licor.
*Sobre la tradición de apedreamientos del Lunes Santo, recomendamos el artículo de Roberto Ojeda: https://enfoquescusco.wordpress.com/2019/04/15/chaqeychis-las-pedradas-de-lunes-santo/.
Audiovisual y fotos: Alberto Cavassa y Olga Vallenas, para Cusco Social