En 1944 un grupo de intelectuales cusqueños decidió revivir la famosa
fiesta inca del solsticio de invierno, el Inti Raymi, en formato de
escenificación teatral, adaptada al contexto del Cusco moderno. Reproducir hoy los
rituales prehispánicos al pie de la letra sería imposible, pero podemos tratar
de acercarnos a ellos incursionando en las crónicas coloniales. Algunos de esos textos han sido citados con frecuencia. Otros, en cambio, son poco conocidos y nos revelan una perspectiva distinta, tal vez inesperada.
Para reconstruir la celebración inca en el siglo XX, usaron como la fuente principal
los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, pero leyendo con
atención su relato es fácil notar que dista mucho del guion teatral moderno.
Narra Garcilaso que la fiesta comenzaba después del solsticio, duraba nueve
días y transcurría mayormente entre la plaza mayor del Cusco, Haukaypata-Kusipata,
y el templo del Qorikancha. El primer día, antes de la salida del sol, en la
plaza principal, mucho más amplia en aquel tiempo de lo que es hoy, se
congregaban la nobleza inca y los dignatarios venidos de diferentes provincias.
Al amanecer, saludaban solemnemente la aparición del astro poniéndose de
cuclillas, alzando los brazos y besando el aire en señal de veneración y
respeto.
Uno de los elementos cruciales de la fiesta era el sacrificio de camélidos.
El primer animal sacrificado tenía que ser una llama o alpaca negra, y sus
entrañas servían para hacer predicciones sobre el año venidero.
Abríanle
vivo por el costado izquierdo, por donde metían la mano y sacaban el corazón,
con los pulmones y todo el gazgorro, arrancándolo con la mano y no cortándolo,
y había de salir entero desde el paladar. Tenían por felicísimo si los pulmones
salían palpitando, no acabados de morir, como ellos decían, y habiendo este
buen agüero, aunque hubiese otros en contrario, no hacían caso de ellos.
Luego el personaje que presidía el ritual soplaba por la tráquea del animal
sacrificado, llenando los pulmones de aire, y en su forma buscaba buenos o
malos presagios. Garcilaso dice, con toda franqueza, que nunca había
presenciado en vivo la fiesta del solsticio, porque había sido vetada antes de
su nacimiento. Sin embargo, de niño, aún pudo observar los sacrificios
adivinatorios que los nativos no bautizados hacían en secreto en ocasiones
especiales.
Además de este primer sacrificio, mataban una multitud de otros “carneros”,
es decir llamas y alpacas, cuyos corazones y sangre eran ofrecidos al Sol y cuya
carne se asaba para un gran festín público que venía a continuación.
Otro rito que describe Garcilaso como parte del Inti Raymi era la
renovación del fuego. En la escenificación moderna que conocemos, se hace una
alusión a ese acto, pero Garcilaso le otorga un peso simbólico mayúsculo. Tres
días antes de la fiesta dejaban de encender fuego en las casas, ayunaban, y si
comían, solo eran alimentos crudos. El día de la ceremonia recibían el nuevo
fuego “de mano del Sol”, encendiéndolo directamente de los rayos solares con la
ayuda de un brazalete (chipana) que llevaba el sumo sacerdote.
Era
grande (el brazalete), más que los comunes; tenía por medalla un vaso cóncavo,
como media naranja, muy bruñido; poníanlo contra el sol, a un cierto punto,
donde los rayos que del vaso salían daban en junto.
En ese punto ponían un puñado de algodón al que el sol prendía llama. El
fuego rejuvenecido y dotado de una nueva fuerza, era repartido entre los
importantes recintos de la ciudad y, además, lo usaban para quemar las ofrendas
y los sacrificios y para asar la carne preparada para el festín. Si el día era
nublado y no se lograba captar los rayos del sol para que el fuego renaciera,
eso se consideraba una mala señal, la deidad estaba molesta y privaba a sus
hijos de su precioso don.
Garcilaso dedica sendos párrafos de su descripción del Inti Raymi al tema
de las libaciones y el compartir de la chicha, bebida sagrada, ingrediente
indispensable de toda festividad andina. Se repartía entre los invitados en qeros,
vasos ceremoniales, y akillas, pequeñas copas de metales preciosos,
reservadas para el uso de la élite. El proceso obedecía a un complejo protocolo,
conforme con la procedencia de cada participante y su posición en la escalera
social. El autor explica al detalle quién podía brindar con quién, en qué orden
y bajo qué reglas.
Pero Garcilaso no es el único cronista que aporta información sobre el Inti
Raymi. Guaman Poma lo representa entre sus dibujos. Para decepción de muchos,
el texto que acompaña la imagen es más que escueto. Aún en esa breve mención, saltan
a la vista unas serias discrepancias con lo que cuenta Garcilaso. Mientras
Garcilaso considera el Inti Raymi la festividad más solemne del calendario
inca, Guaman Poma lo considera un acontecimiento menor, “la moderada fiesta”. Según
él, la principal fecha del culto solar era el Qhapaq Raymi, solsticio de
diciembre. Además, Guaman Poma pone acento en los sacrificios humanos como parte
central del Inti Raymi:
el
sacrificio llamado capac ocha, que enterraban a los niños inocentes
quinientos, y mucho oro y plata y mullo (conchas de Spondylus).
Garcilaso, por lo contrario, como bien se sabe, negaba rotundamente que los
incas practicaran sacrificios humanos.
Una descripción muy rica y detallada del Inti Raymi, bastante distinta de
la que brinda Garcilaso, nos ha dejado Cristóbal de Molina el Cusqueño, autor
de la valiosísima crónica Relación de las fábulas y ritos de los Incas,
escrita entre 1575 y 1576. De los pocos datos que conocemos sobre él, se sabe
que fue un clérigo español radicado por muchos años en Cusco. Llegó a dominar
el quechua y mostró una inusual sensibilidad hacia la cultura y la religión
nativas.
A diferencia tanto de Garcilaso como de Guaman Poma, Molina ubica el Inti
Raymi en el mes de mayo, pero al mismo tiempo señala que las celebraciones
duraban un mes, por lo tanto, seguramente se extendían a junio. Molina afirma que
esa fiesta en la tradición inca marcaba el inicio del año, lo cual de cierto
modo hace eco al rito de renovación del fuego narrado por Garcilaso.
La festividad comenzaba, según Molina, con una ceremonia en el Qorikancha,
protagonizada por la figura del Punchao (Sol) y las imágenes llamadas
Pachayachachi (Hacedor) y Chuqui Ylla Yllapa (rayo, relámpago y trueno), a las
cuales invocaban pidiendo paz y prosperidad, suplicándoles que se mantuvieran
siempre jóvenes y no envejecieran. Por eso se interpreta a veces el solsticio
de invierno como la celebración del sol joven, o el sol recién nacido.
Ese día y los días posteriores, tanto en el Qorikancha como en varias
importantes montañas relacionadas con observaciones solares, incluido el cerro
Wanakauri, sacrificaban camélidos y ofrendaban hojas de coca, maíz tostado y
conchas Spondylus (mullu). Esos ritos no sólo abarcaban las cercanías de
la capital, sino se extendían por toda la región.
Mientras tanto, en el Cusco los festejos se trasladaban a las afueras de la
ciudad, a un lugar llamado Mantucalla, donde el Inca y la alta nobleza se
quedaban por un mes celebrando, bebiendo y bailando la danza llamada huallina.
El acceso a ese lugar estaba reservado sólo para los varones de la élite y
las mamacona, “mujeres del Sol”. Durante la fiesta desfilaban en andas
grandes esculturas de camélidos, hechas de oro y plata. Al cabo del mes, todos bajaban
a la ciudad y la fiesta terminaba en la plaza mayor de Haukaypata.
Una descripción parecida a la de Molina aparece en la Historia del Nuevo
Mundo del jesuita Bernabé Cobo. Si bien, su obra data de mediados del siglo
XVII, pasado más de un siglo de la conquista, se sabe que Cobo se tomó el
trabajo de compilar fragmentos extensos de varios valiosísimos documentos
tempranos, cuyos originales se han perdido. He aquí lo que cuenta sobre el Inti
Raymi:
El
séptimo mes respondía a junio y llamábase Aucay Cuzqui. En él se hacía la
fiesta principal del sol que se decía Inti Raymi. El primer día se ofrecían
cien carneros pardos del ganado del Sol en la forma que arriba se ha hecho
relación. Hacían esta fiesta y sacrificio en el cerro de Manturcalla, al cual
iba el Inca, y asistía hasta que se acababa, bebiendo y holgándose. Hacíanla
solo los incas de sangre real y no entraban en ella ni sus propias mujeres, sino
que se quedaban fuera en un patio. Dábanles de beber las mamaconas,
mujeres del Sol, y todos los vasos en que comían y bebían eran de oro.
Ofrecíanse a las estatuas sobredichas de parte de los incas treinta carneros:
diez a la del Viracocha, otros diez a la del Sol, y otros diez a la del Trueno;
y treinta piezas de ropa de cumbi muy pintada. Otrosí, hacían en aquel
mismo cerro gran cantidad de estatuas de leña de quishuar labrada, y
vestidas de ropas ricas; estas estaban ahí desde el principio de la fiesta, al
fin de la cual les ponían fuego y las quemaban. Llevábanse al dicho cerro seis aporucos
(camélidos machos) que se quemaban con lo demás. Después de concluida toda la
cantidad de sacrificios, para empezar el baile llamado cayo, que se
hacía en esta fiesta cuatro veces al día, se dividían todos los indios, y la
mitad quedaban allí bailando y bebiendo; y de la otra mitad parte iban a Chuquicancha
y parte a Paucarcancha, en los cuales cerros repartían otros seis aporucos,
y eran sacrificados con la misma solemnidad.
En esta
fiesta enviaban al sol por sus estatuas, con los que tenían cuidado de ellas,
dos corderos pequeños, el uno de plata y el otro de oro, a Paucarcancha, y
otros dos hechos de conchas a Pilcocancha, y otros dos al cerro de Manturcalla,
y todos se enterraban en estos cerros después de haberlos ofrecido. En acabando
de hacer el dicho baile de cayo, enviaban las estatuas del Sol dos
carneros grandes hechos de cierta confección y dos corderos a este cerro de Manturcalla;
llevábanlos con grande acompañamiento, puestos en unas andas y en hombros de
señores principales ricamente vestidos; iban delante las insignias reales del sunturpaucar
(cetro o lanza), y un carnero blanco vestido de una camiseta colorada, y
con zarcillos de oro. Llegados al dicho cerro, los ofrecían al Viracocha y
quemaban con muchas ceremonias.
Concluido
lo sobredicho, se acababa esta fiesta que hacían al Sol cada año por este
tiempo, y luego se recogía todo el carbón y huesos quemados de las ofrendas, y
los echaban en un llano junto al dicho cerro, donde no podía entrar nadie más
que aquellos que los llevaban. Volvía toda la gente a la plaza de la ciudad,
acompañando al Inca, y derramando por todo el camino mucha coca, flores y
plumas de todos colores. Venían todos embijados con cierto betún que hacían de
conchas molidas, y los señores y caballeros con unas patenillas de oro puestas
en la barba, y cantando hasta llegar a la dicha plaza, a donde bebían lo que
restaba del día, y a la noche se iba el Inca a su casa, y todos se recogían a
las suyas, con que se daba fin a esta fiesta del Inti Raymi.
¿Cuál es este enigmático lugar, llamado Mantucalla o Manturcalla, que
nombran tanto Molina como Cobo, donde transcurría según ellos la mayor parte de
esos rituales? En el famoso recuento de las huacas del sistema de seqes
del Cusco, recogido en el mismo libro de Bernabé Cobo, Mantocalla es el nombre
de un cerro, en el que estaban situadas tres huacas: la cuarta, la quinta y la
sexta, del tercer seqe del Antisuyu. Entre esas huacas destacaba la que
se llamaba Chuquimarca, que era “un templo del Sol”, “en el cual decían que
bajaba a dormir el Sol muchas veces”. Sin duda, ese era el punto clave en las
celebraciones del Inti Raymi, tal como lo describen Molina y Cobo.
Entre los investigadores no hay un consenso sobre el punto exacto en el
paisaje actual, con el que se puede identificar Mantocalla. La opinión más
sustentada y difundida le pertenece al arqueólogo estadounidense Brian Bauer, especialista
en el sistema de seqes. Él sostiene que se trataría de la zona de la
gran roca conocida hoy como “Templo de la Luna”.
La elección de la explanada de Saqsaywaman, que se emplea hoy para la
escenificación del Inti Raymi, obedece a la demanda estética del espectáculo,
mas no al trasfondo histórico. Cerremos los ojos e imaginémonos los ritos,
sacrificios, bailes y festines, retratados en las crónicas, ocurriendo
alrededor del “Templo de la Luna”, un lugar hoy poco publicitado y visitado.
Nos trae una visión del Inti Raymi totalmente distinta.