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Entrevista a Reynaldo Arenas: medio siglo de trayectoria actoral

Muchos de nosotros, al ver la película Túpac Amaru, asociamos al personaje protagonista con el rostro del actor Reynaldo Arenas, quien acaba de celebrar cincuenta años de su trayectoria artística. Este papel le ha ganado la admiración de todos, especialmente de sus paisanos cusqueños.

El día que entrevistamos a Reynaldo Arenas, era inevitable que la gente se le acercara muy emocionada para tomarse una foto con él o felicitarlo por sus papeles actorales. Varias de esas personas eran muy jóvenes, pero conocían muy bien al Maestro Reynaldo y su vasta trayectoria. Definitivamente, personajes como él son inolvidables porque su pasión, disciplina y entrega al trabajo artístico dejan huellas imborrables que persisten a través de los años.

Ya había conocido a Reynaldo Arenas hacía bastante tiempo en un taller, y al igual que esos jóvenes, le pedí una foto y le comenté lo mucho que me había impactado la película Túpac Amaru de Federico García, especialmente su papel protagónico. Esta vez, cuando conversamos con él junto al equipo de Cusco Social, pudimos conocer más sobre su trabajo, sus raíces, sus anhelos y opiniones sobre la realidad de la profesión artística. En esta entrevista, el destacado actor nacional revela mucho acerca de su vida y carrera.

¿Cómo fue su infancia en Cusco?

Yo nací y viví en la calle Fierro. Era una casa muy grande con unos cuatro patios en la parte posterior. Había mucha gente, se hospedaban allí numerosos artesanos, músicos, danzantes y poetas. En realidad, en toda la calle la gente estaba muy involucrada en el arte.

Recuerdo que esos primeros años fueron una época muy linda, porque había un ambiente de mucha confraternidad en el barrio, mucha camaradería, mucho compartir, solidaridad y desprendimiento. Estuve allí solamente hasta los cinco años, porque mi mamá decidió irse a Lima para asegurar un futuro más estable para su hijo.

¿Cómo sintió el cambio al llegar a Lima?

Lima ya era una ciudad muy violenta, totalmente racista y elitista, con ciertos prejuicios hacia los niños del Ande.

En 1955, mi mamá tuvo un problema de salud muy grave y se vio obligada a estar internada en un hospital. Entonces, decidió dejarme en el Puericultorio Pérez Araníbar, que era una especie de hospicio para huérfanos. Estuve allí dieciocho meses, y durante ese tiempo conocí a la congregación religiosa de La Salle.

¿Cómo surgió su vocación por el arte?

Los sacerdotes de la congregación se preocupaban mucho por la educación de los niños en el aspecto artístico. Aparte de las clases curriculares, nos enseñaban arte, literatura e historia. Recuerdo que en los patios se escuchaba música clásica.

También había espacio para las artes escénicas, así que comenzamos a recitar a Chocano, Vallejo y otros poetas. Comencé, lógicamente, declamando a Vallejo, y fue así como empezó mi afición por el escenario y mi deseo de enfrentarme al público.

¿Qué pasó luego de su tiempo en el puericultorio y cómo continuó el desarrollo de su vocación en su adolescencia?

Mi mamá se recuperó y entró a trabajar en la casa del poeta Luis Hernández Camarero, que ahora es considerado uno de los mejores poetas de América Latina. Él tenía una biblioteca impresionante, y compartíamos la pasión por el teatro, la ópera y el ballet. Durante vacaciones montábamos obras teatrales en su sala, empezando con la dramaturgia rusa de Chéjov, Tolstói y Andréiev, y también adaptábamos cuentos, cobrando veinte centavos la entrada.

En la secundaria, por casualidad, conocí a Fernando Larrañaga Travesí, un actor precoz de la televisión, hijo de la destacada actriz Gloria Travesí. Fernando, que era muy entusiasta y culto, decidió formar un pequeño círculo cultural que se llamaba el Círculo Azul. Comenzamos a tener muchas conversaciones y tertulias de poesía.  Fue una experiencia muy linda.

Fernando me propuso actuar en Pasión, vida y muerte de Cristo como un soldado romano. Acepté y empezamos a ensayar en su casa. El día de la actuación me vestí de romano y tuve que representar un papel muy severo, pinchando a Cristo con la lanza cuando dijo "tengo sed". Ver la reacción del público me fascinó. Me odiaban por mi papel, pero entendí cómo el arte puede provocar emociones intensas. Fue un momento revelador sobre el poder de la actuación.

¿Cómo se dedicó profesionalmente a la actuación?

Trabajaba como auxiliar de educación en un colegio cuando un día el director del teatro de San Marcos, el señor Guillermo Ugarte Chamorro, que también era profesor de historia, me sorprendió al decirme: "Reynaldo, entra a la clase". Le respondí que no era alumno, sino auxiliar de educación. A partir de ahí nos hicimos grandes amigos.

Un día me invitó al teatro de San Marcos, y desde entonces todos los sábados iba allí. Le dije: "Mire, don Ugarte, quisiera ser actor, aunque no sé si tengo la capacidad, pero me apasiona el teatro". Él pertenecía a la academia Histrión Teatro de Arte, y me dio una tarjeta para solicitar una beca. Cuando llegué, me recibió en la puerta el señor Sebastián Salazar Bondi, un gran dramaturgo. Le conté mi interés por el teatro, y él me dijo: "Muy bien, si vienes de parte del señor Ugarte Chamorro, las puertas están abiertas. Para mantener tu beca, no puedes faltar a clases, debes completar todos los trabajos y además trabajar aquí, ayudando en el vestuario, maquillaje y tramoya durante las funciones. Debes ser parte activa del equipo". Así comenzó esta aventura.

¿Luego usted estudió en la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático?

Sí, después de eso ingresé a la Escuela Nacional. Desde que salí de la escuela, he estado trabajando prácticamente de manera ininterrumpida en todos los campos de las artes escénicas: cine, teatro, televisión y talleres. Desde 1992 también me he dedicado intensamente al estudio de los instrumentos andinos, tocando la zampoña, la quena, la tarca y el pincullo.

¿Cuál ha sido el papel más exigente que ha tenido como actor?

Uno particularmente memorable fue en la obra El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare, que montamos en el Patio de La Pimienta de San Francisco. En esa obra asumí cuatro roles y, además, realicé todos los efectos sonoros de las hadas del bosque, con zampoñas, pincullos, tarcos y chacchas. Fue un trabajo verdaderamente maravilloso. Me sorprendí de la versatilidad que se puede alcanzar cuando uno realmente se entrega a su trabajo.

En el cine, sin duda, destaca Túpac Amaru, una producción que nos llevó un año completo de filmación. Un día Pablo Fernández, mi profesor que ya estaba involucrado en la película, me buscó y me dijo: "Reynaldo, van a hacer una película sobre Túpac Amaru, y creo que podrías encajar en cualquier personaje, incluso podrías hacer un buen Túpac Amaru, pero necesitas ganar peso, estás muy delgado". Logré ganar veinticinco kilos entrenando. También aprendí equitación. Me dejé crecer el cabello y mi mamá me aplicaba palta para que se viera brillante y frondoso. Para entender mejor la historia, cada martes y jueves iba a San Marcos a estudiar con varios historiadores. Era un proceso completo de investigación. Fico García, el director, me daba directrices, y yo también aportaba ideas. Finalmente, comenzamos a filmar.

Dos meses antes de la grabación llegué al Cusco y me di cuenta de que aún olía a Lima, porque cuando me acercaba a una llama, me escupía. Con el tiempo, empecé a  integrarme más en la comunidad, a conocerla mejor. Hubo un momento muy intenso en Tinta, cuando, vestido como Túpac Amaru, sentí que los pobladores me miraban atónitos, como que sentían que había vuelto el verdadero Túpac Amaru. Fue una reencarnación hermosa, un trabajo muy placentero y sumamente gratificante.

¿Qué anécdotas puede recordar sobre su trabajo en esta película?

Comenzamos el rodaje en medio de la convulsión del terrorismo. Filmamos durante un mes, pero luego tuvimos que detenernos tres o cuatro meses debido al bloqueo de carreteras, ataques y problemas en las comunidades. Así estuvimos un año entero.

Hubo momentos en los que pensamos que el proyecto nunca terminaría. Durante la espera, no podía cortarme el pelo, ni adelgazar, ni engordar, ni siquiera ir a la playa en verano para no oscurecer mi piel. Estaba completamente inmerso en el personaje. Recuerdo decirme: "Dios mío, ¿cuándo acabará esto?" Pero una vez estrenada, se convirtió en uno de los mayores acontecimientos de mi vida.

He participado en numerosos festivales y he compartido escenario con grandes figuras como Gabriel García Márquez, Marcelo Mastroianni, Luchino Visconti y Robert De Niro. También tuve la oportunidad de conocer a Akira Kurosawa en Japón, donde nos invitó a abrir el primer festival de cine latinoamericano. Inauguramos el festival con Túpac Amaru, una experiencia verdaderamente asombrosa que me llenó de sorpresas.

Desde entonces, mi figura en la televisión peruana ha cambiado. Antes de esta película, casi siempre me asignaban roles marginales de delincuentes, drogadictos, asesinos o borrachos, porque así me percibían y no creían que pudiera interpretar otros personajes. Gracias a Túpac Amaru pude asumir roles que exploran nuestra identidad, historia y cultura.

¿Qué proyectos desarrolla ahora?

Actualmente, estoy colaborando con la compañía Balcón Abierto, donde hemos realizado talleres con personas de la tercera edad durante todo el verano. También trabajo con una ONG estadounidense dedicada al rescate de niños en situaciones de pandillaje, drogadicción y prostitución. Hasta ahora, hemos rescatado a casi 2500 niños.

Recientemente finalicé una temporada de Teatro en tu cole para niños y adolescentes en edad escolar, y estamos preparando una segunda temporada centrada en la historia de un niño llamado Chalaquito.

Además, estoy trabajando en un proyecto para agosto en el Teatro Julieta, con una obra titulada La Ambulante, que aborda la vida de mujeres de los perímetros de Lima. Y estrené una obra con el colegio cristiano San Columbano, una encantadora versión de Geppetto y Pinocho.

¿Cómo es dedicarse a tiempo completo a la carrera actoral?

Lamentablemente, todavía persiste el tabú entre muchos padres que ven a sus hijos y les dicen: "Primero termina una carrera y luego puedes dedicarte al teatro, porque ¿de qué vas a vivir?" Yo durante cincuenta años vivo exclusivamente del teatro. No soy un actor de Hollywood, pero tengo todo lo que necesito: una casa bonita en Lima, un jardín de rosas y un pequeño departamento aquí en Cusco. Extraño mucho Cusco, vengo cada dos años para recargar energías, y todo esto es gracias a mi trabajo. Estoy muy feliz siendo actor y le debo mucho a esta profesión.

¿Es difícil ser actor en el Perú?

Ser actor en el Perú es un tanto difícil, sí, requiere mucho trabajo. No puedes esperar a que te llamen, debes autogestionar tus espectáculos. Al principio, cuando salí de la escuela, nadie me conocía. Tuve que hacer teatro callejero, pasar el sombrero, y comencé trabajando como jefe de escena, clavando y pintando escenarios.

Recuerdo que mi mamá siempre me decía: "En esta profesión, no busques fama, hijito. La fama la consigues en tres minutos. Busca prestigio. Cuando tengas prestigio, nunca te faltará trabajo." A mis ochenta años, no me falta trabajo, y tengo actividades programadas hasta el próximo octubre. La gente me conoce y sabe que conmigo hay respeto y dedicación a la profesión.

¿Qué mensaje les daría a los futuros artistas?

El mensaje principal para todo aquel que desee ser artista, es la disciplina misma. A través de la disciplina, puedes trazarte muchas metas. Un actor debe cuidar su cuerpo, evitar el alcohol y las drogas. El cuerpo es un templo, la memoria es tu herramienta de trabajo, y la voz debe ser cuidada y cultivada.

Además, creo firmemente que no debemos limitarnos solo a ser actores. Es importante explorar otras áreas como la pintura, la música, la danza y el canto. Personalmente, descubrí que podía ser útil aprendiendo a tocar instrumentos musicales. Esta experiencia me enseñó la importancia de explorar y experimentar en todas las formas de arte.

También hay que apuntar a una identidad propia, estar orgullosos de nuestro color de piel, de nuestro prototipo y de hablar como nosotros hablamos.

Entrevista: Olga Vallenas; audiovisual: Alberto Cavassa; fotografía fija: Gustavo Vivanco, para Cusco Social.

Agradecimientos al Hotel Costa del Sol Wyndham Cusco.

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