Yuri Berezkin es uno
de los pocos especialistas rusos abocados al estudio de las antiguas culturas
del Perú y los Andes. Su trayectoria como arqueólogo y científico social
comenzó todavía en la década de 1970, cuando existía la Unión Soviética y
estaba firme la cortina de hierro. Berezkin dedicó largos años al análisis de
la iconografía moche y los mitos sudamericanos. Escribió para el público
rusoparlante los libros Mochica (1983), Incas, la experiencia
histórica de un imperio (1991, más sobre este libro en nuestro artículo
anterior Garcilaso en Rusia)
y Mitos de los nativos de América del Sur (1994), entre otros. Todo ese
tiempo el investigador soñaba con la oportunidad de hacer un viaje al Perú.
Quería conocer de primera mano la tierra prometida de sus estudios, pero año
tras año la visita no se daba debido a obstáculos diversos. Por fin, este mes,
poco antes de cumplir 80 años, el renombrado académico pudo por fin materializar
su sueño. Llegó al Perú y estuvo en Cusco por primera vez en su vida.
Emocionado, Yuri Berezkin nos cuenta las impresiones de su nutrido itinerario,
con una taza de café, mirando la Plaza de Armas de la Ciudad Imperial. Si uno
desea algo con todas las fuerzas de su alma, su anhelo tarde o temprano se
cumple.
¿Cómo y por qué,
viviendo en la Unión Soviética, Usted eligió las antiguas culturas del Perú
como tema de su investigación?
Cuando yo tenía doce años,
aproximadamente por el año 1958, al museo del Hermitage en Leningrado trajeron
una exposición mexicana, que me dejó profundamente impresionado. Pensé que me
hubiera gustado estudiar algo similar. Pero, al mismo tiempo, ya en aquel
momento decidí que me interesaba más el Perú que México. En esa época, en la
Unión Soviética prácticamente nadie sabía nada sobre el Perú. No había libros
de divulgación histórica al respecto, los medios de comunicación ni lo
mencionaban.
Pasaron años, en 1965 ingresé a la
Universidad de Leningrado, al Departamento de Arqueología, pensando que me iba
a dedicar a la América prehispánica. Pero al principio, hacerlo desde lejos,
sin la posibilidad de viajar, pareció una tarea imposible. Un tema que se podía
explorar era el proceso de migración de las primeras poblaciones a las Américas
desde el continente asiático. Así, después del primer año de pregrado me sumé a
una expedición en Siberia, y llegué hasta la región del Lejano Oriente. Conocí
al destacado arqueólogo ruso, Alexei Okládnikov, quien me escribió en un trozo
de papel una nota de recomendación al Departamento de las Américas en el
Instituto de Antropología y Etnografía de Leningrado, así que fui ahí a mi
retorno. Desde aquel momento, mi interés tomó un giro más serio y focalizado.
¿Qué ideas sobre las
culturas de América precolombina, y sobre los incas en particular, circulaban en
la sociedad soviética y en sus circuitos académicos?
Los conocimientos sobre Sudamérica
eran muy rudimentarios, por eso siempre tuve que conjugar mis indagaciones
sobre el Perú con estudios de otras regiones, más cercanas y físicamente
accesibles.
Poco tiempo después, cuando yo
estaba en el segundo año de la universidad, empecé a asistir a las clases de
otro reconocido arqueólogo, Vadim Massón, sobre la arqueología de Asia Sudoccidental, que me llamó mucho
la atención. Así, paralelamente con mis estudios del Perú, empecé a viajar a
las expediciones en Turkmenia, en Asia Central. En aquel tiempo era parte de la
Unión Soviética, y hoy es Turkmenistán, un país independiente. Trabajábamos con
unas antiguas culturas desde seis mil años antes de nuestra era. Ahí, con Vadím
Massón, absorbí elementos de la teoría neo evolucionista del arqueólogo
australiano-británico Gordon Childe, quien había desarrollado los conceptos de
la “revolución neolítica” y la “revolución urbana”. Obviamente, no se trataba
de revoluciones de índole política sino de naturaleza cultural. Ambos términos
resultaron muy útiles para las ciencias sociales y han seguido vigentes por
mucho tiempo.
Hablo
de los años 1960. Las teorías que habían estado circulando en la academia
soviética antes de ese período, en la década de 1950 y las anteriores, eran
unos delirios marxistas poco congruentes, que no merecen atención de una
persona ilustrada. Se puede decir que las ideas de Childe (que echaron raíces
en la ciencia soviética gracias a que era socialista), transmitidas por Massón,
salvaron a nuestra arqueología de un estancamiento patético y le permitieron
integrarse, hasta cierto punto, en la academia internacional.
Otro
hito monumental en el panorama científico de Leningrado era Yuri Knórozov. Era
un genio, un tanto demente al mismo tiempo, un personaje complejo y difícil en
el trato, quien todavía en las décadas de 1940-1950 había encontrado la clave
para descifrar la escritura maya. Pero su interés en los maya no pasaba por la
afición a las antiguas civilizaciones americanas, sino por la curiosidad hacia
las escrituras muertas. Él mismo decía que había elegido la escritura maya
porque de ella se conservaba un importante corpus de textos y bastantes fuentes
complementarias, tales como los escritos de Diego de Landa. Con Knórozov, en
realidad, tuve poco contacto.
Más
bien, había otro especialista que realmente marcó los inicios de mi carrera. Hablo
del arqueólogo Vladímir Bashílov. En Moscú durante el gobierno de Khruschov
existió una escuela de posgrado en arqueología, en la que se permitía hacer
estudios sobre las culturas del mundo, más allá de los límites de la Unión
Soviética. Bashílov egresó de ese posgrado. Todavía en 1972 publicó un gran
compendio arqueológico, único en el idioma ruso, titulado Civilizaciones
antiguas de Perú y Bolivia. Se trata de una recopilación muy informativa, aunque,
para ser sincero, es probablemente la lectura más aburrida que existe sobre el
tema. Pero era un excelente tutor, sabía detectar y señalar errores. Lo
considero mi maestro, junto con Vadim Massón. Finalmente, un nombre más que
quiero mencionar es Yevgenii Zéimal, especialista en el antiguo Oriente Medio y
Asia Central, yo
participé en sus expediciones y también aprendí mucho de él.
Fue
Bashílov quien me sugirió investigar la cerámica moche, algo que yo no me
atrevía a hacer antes. Cuando vi por primera vez los dibujos moche en un libro
francés, me quedé maravillado, nunca había visto algo parecido. Empecé a
profundizar en la materia, y con los años llegué a reunir un buen volumen de
información. Creo que hubo un momento, alrededor del año 1980, cuando yo
manejaba más datos sobre la cerámica moche que cualquier otro especialista en
el mundo. Tal vez haya gozado de ese honorífico título durante unos tres meses,
luego vinieron otras investigaciones, más actualizadas, y me quedé atrás.
¿Cómo cambiaban sus ideas con el transcurso
del tiempo?
Recuerdo que, justo por el año
1980, yo estaba parado en medio del sitio arqueológico Altyn-Depé (alrededor de
2000 años antes de nuestra era) en Turkmenia, pensando: si seguimos la lógica
del evolucionismo, las sociedades antiguas de esta región y las del antiguo
Perú deberían haber seguido unos patrones muy parecidos, porque pasaban por las
mismas etapas del desarrollo. Es cierto que tenían algunos elementos en común:
agricultura de irrigación, arquitectura de barro, fundición de metales, entre
otros. Sin embargo, muchos de sus rasgos esenciales eran totalmente distintos.
La cultura tiene un enorme potencial de variación. Una sociedad no está
suscrita para que su avance tome tal o cual dirección, según un esquema
prestablecido. Cuando me di cuenta de eso, dejé de lado por siempre las ideas evolucionistas.
Se me ocurre que algunos rasgos
parecidos que se pueden trazar entre las culturas de la América precolombina y
algunas culturas asiáticas se deben a su origen común: los nativos americanos
abandonaron Asia relativamente recién. Pero es una suposición especulativa, por
ahora es casi imposible probarla o refutarla de manera consistente.
Esas ideas son bastante lejanas
del mainstream académico, y creo que las produzco porque en la universidad yo
no era un buen alumno. Es decir, estudiaba, pero no me dejé moldear o encasillar.
Construí mis propios criterios y juicios, ya más tarde, al haber terminado mis
estudios. Tal vez haya tenido suerte en no haber cedido.
Hoy me dedico a otras materias,
durante muchísimos años he estado catalogando los mitos y la tradición oral del
mundo, con el énfasis en algunas regiones, concretamente las Américas, Asia y
Europa. La raíz de este interés ha sido la mitología de Sudamérica, y a ella,
en su lugar, llegué a través de la iconografía moche: pasé de las imágenes a
los textos verbales. Ahora tengo casi listo un libro grande sobre la mitología
universal, que está en la fase de corrección de texto. Esperemos que se
publique pronto.
Mientras tanto, la arqueología del
Perú sigue su camino, ya sin mi participación, y creo que lo hace muy bien.
Estoy feliz por ella.
¿Qué fuentes de
información había disponibles sobre el Perú prehispánico?
Cuando yo estaba en la universidad,
para el público general en la Unión Soviética, literalmente, no había información
alguna al alcance. Pero, increíblemente, en el mundo profesional la situación
era distinta: a la biblioteca del Instituto de Antropología y Etnografía de
Leningrado, y también al Instituto de Arqueología, instituciones donde yo
trabajaba, llegaban publicaciones periódicas especializadas de otros países. Por
ejemplo, recibíamos American Antiquity y algunas revistas arqueológicas
peruanas. También había la opción de enviar, por la cuenta de las instituciones,
publicaciones nuestras a los centros de investigación en el extranjero, y
recibir sus novedades bibliográficas a modo de intercambio. Esa práctica
existió desde los años 60, lamentablemente empezó a desvanecer hacia fines de
los 70 y se cortó por completo en los 80. La censura no afectaba esa
circulación, porque el tema era tan exótico que no le interesaba a ningún
censor. Igual que ahora.
En aquella época yo me enfoqué en
los estudios de la iconografía de la cerámica moche. Como no existían aún las
técnicas de copiado que hay ahora, yo sacaba unas fotos amateurs con mi cámara
Zenit de ilustraciones de libros, lo hacía en el alfeizar de la ventana en la
biblioteca. Algunas tomas salían un poco borrosas, pero pasables, y llegué a
acumular un catálogo de algo de 10 000 imágenes.
Hoy, con la aparición de soportes digitales,
el universo de las fuentes ha cambiado totalmente. Los investigadores están
constantemente en contacto unos con otros, intercambian archivos pdf, imágenes
y una infinidad de otros recursos.
Cuéntenos sobre la
historia de su libro Los Incas: La experiencia histórica de un imperio.
¿Cómo fue recibido por los lectores rusos?
Yo no me consideraba especialista
en los incas, mi atención siempre se dirigía hacia la costa del Perú,
básicamente a moche, y algo menos a nasca. Pero sucedió que a inicios de los 90
cayó la Unión Soviética, que en paz descanse. Y fue entonces que recibí el encargo
de escribir un libro para público general con la crítica del concepto del
imperio. El jefe de la gran editorial estatal Ciencia era un hombre de
ideas progresistas, y consideró ese proyecto oportuno y necesario. Así, hice
una especie de cuadro comparativo entre el Imperio Inca y el Imperio Soviético,
como dos modelos imperiales ejemplares. En buena medida, era un planteamiento que
respondía a la coyuntura de aquel momento histórico.
Hace algunos años, antes de la
pandemia, me solicitaron una nueva edición del libro, y reescribí el final.
Tomé con más calma la crítica de los imperios. Llegué a la conclusión de que
los imperios que han existido en diferentes partes del mundo han sido muy
distintos entre sí, y no se puede encajarlos en una sola definición. Me pareció
más importante poner acento en la presencia de valores humanistas, que también
son bastante difíciles de medir y evaluar.
¿Cómo le ha ido en su
viaje por el Perú, y qué es lo que más recuerda de él?
El viaje ha sido verdaderamente
mágico. Debo agradecer la excelente organización que mostró nuestro jefe del
grupo, Iván Kvásov, y su asistenta. Dada mi pasión por la cerámica moche, me
fascinó el Museo Larco, sobre todo sus depósitos abiertos al público. Me
impresionaron mucho los museos de las Reales Tumbas de Sipán y de la Señora de
Cao. También la Huaca de la Luna. Lo que me chocó fue la presión de la
modernidad y el uso comercial, bastante agresivo, que se le da hoy a la
arqueología. En mi imaginación aún permanecía la imagen algo arcaica de la
costa norte del Perú en la primera mitad del siglo XX, o incluso antes.
El desierto me trae recuerdos y se
asocia en mi mente con mis viajes a Asia Central. De todas maneras, algo en
común hay entre esos paisajes. Puedo entender, a grandes rasgos, cómo se
conducen excavaciones en ese contexto geográfico, mientras el entorno de la
sierra me resulta mucho más lejano.
¿Cuáles son sus
impresiones de Cusco? ¿Qué esperaba encontrar aquí, cuáles de sus expectativas
se cumplieron y qué fue nuevo? ¿Qué le sorprendió?
Un lugar que me cautivó
absolutamente fue Tipón. Tal vez fue porque antes de visitarlo, no sabía
prácticamente nada de ese lugar, y me quedé asombrado. Es una especie de
Versalles cusqueño. O Peterhof, si buscamos analogías rusas. El solo sonido de
las cascadas de agua es una maravilla. Otro monumento que admiro es Pikillaqta,
es totalmente distinto de la arquitectura inca.
La ciudad del Cusco es bella, su
centro histórico es grande y está bien conservado. Obviamente, a primera vista,
da la impresión de una ciudad colonial al estilo español. Ya después, poco a
poco, se descubre la presencia inca. Pero yo no podría vivir aquí, porque por
estas cuestas y escaleras es casi imposible andar en bicicleta, y es un hábito al
que tengo gran apego, y que no podría abandonar.
Entrevista, transcripción
y traducción: Vera Tyuleneva, para Cusco Social. Fotos: Maimu Berezkina.