Hace
poco más de un año, en febrero 2025, publicamos un breve artículo sobre las
fotografías del notable maestro cusqueño Horacio Ochoa García (1905-1978) en la
Fototeca Andina del Centro Bartolomé de Las Casas (ver aquí). En aquel momento, ese fondo de más de 8000
imágenes se encontraba en proceso de conservación, digitalización y
catalogación gracias al apoyo de la Fundación Gerda Henkel. Hoy, con gran
satisfacción, tenemos ante nosotros un nuevo libro, fruto de ese significativo
proyecto. El volumen ilustrado, titulado Horacio Ochoa: imágenes del Cusco y
su gente: 1935-1960, de tapa dura y formato portátil, aglutina una importante
selección de fotografías y una serie de textos que revelan y analizan distintos
aspectos de su vida y obra.
En las páginas de esta publicación, Horacio Ochoa se nos presenta, en primer lugar, como un
extraordinario retratista. Retratos individuales, familiares, de grupos de
amigos, alumnos de colegios, trabajadores de instituciones, participantes de fiestas
y reuniones celebratorias, equipos deportivos, desfilan ante nuestros ojos,
entreabriendo una ventana hacia el Cusco de antaño.
Son
testimonios visuales únicos y valiosísimos, sobre todo teniendo en cuenta que
los clientes a los que atendía Ochoa eran personas de clase media y de sectores
trabajadores: obreros, artesanos, comerciantes y a veces campesinos. Por
aquellos años, para esa gente de recursos económicos modestos, la toma de una
fotografía era un gran acontecimiento, una ceremonia solemne, para la cual se
preparaban, vistiendo sus mejores atuendos y luciendo sus joyas más preciadas.
Muchos
solo podían permitirse, en toda su vida, dos o tres fotos hechas por encargo, fuera
de las rutinarias (y menos costosas) imágenes de carnet. En la mayoría de los
casos, no se trataba de retratos individuales sino de tomas que perennizaban a
toda la familia, o un grupo unido por vínculos de amistad y compadrazgo, reafirmando
sus lazos cohesivos y acentuando las jerarquías que existían al interior del
hogar y la comunidad.
Esos
instantes materializados eran luego enmarcados y colocados en un lugar de honor
en la casa, en la pared más visible o en el álbum familiar conservado a buen
resguardo. Hay familias en las que esos documentos visuales se heredan de
generación en generación, como los únicos recuerdos venerados de los seres
queridos que ya han partido o como huellas de una historia familiar aún más
lejana, que se ha quedado atrapada únicamente en esas sombras sobre papel, sin
que existan hoy testigos vivos que pudieran evocarla. En el siglo XXI, con la
masificación de la fotografía digital, el valor y las formas de preservación y
circulación de imágenes se han transformado por completo. Los álbumes de fotos
familiares se han vuelto casi piezas de museo.
Por
lo general, las fotografías tomadas por Ochoa no llevan nombres propios de los
personajes representados en ellas. Son anónimos en su gran mayoría, dado que el
fotógrafo, al parecer, rara vez solía apuntarlos. Pero aún queda esperanza de
que se pueda identificar a algunos de esos rostros que nos miran desde el
pasado. Quizás, revisando este libro, alguien encuentre ahí a sus padres, tíos
o abuelos.
Además
de retratos hechos en estudio, con telón pintado de fondo, o en exteriores -en
patios, plazas y paisajes rurales-, Ochoa dejó un significativo corpus de
vistas de monumentos arqueológicos, iglesias, danzas, composiciones
escenificadas y momentos de la vida urbana. Documentó el Cusco y San Sebastián,
de donde era oriundo y que en aquel tiempo era todavía un pueblo autónomo.
Visitó y dejó registro también de algunas localidades de Apurímac.
Abren
el libro dos breves textos introductorios de Valerio Paucarmayta, director del
CBC, y Yadira Hermoza, encargada de la Fototeca Andina, quienes comentan sobre
el desarrollo y los resultados del proyecto de conservación y puesta en valor
del fondo fotográfico Horacio Ochoa.
A
continuación, el lector encuentra un sucinto pero informativo ensayo
biográfico, aporte del director del Colegio Andino, escritor Luis Nieto
Degregori. A pesar de la relativa escasez de datos sobre la trayectoria del
fotógrafo, el autor logra construir un relato fluido y ordenado sobre su largo
y fructífero itinerario, resaltando los principales hitos: el aprendizaje en el
taller de José Gabriel González, la apertura de un estudio independiente en la calle
Almagro, el éxito y reconocimiento, premios y distinciones, viajes y, hacia el
final del camino, el retorno a la tierra natal, San Sebastián, donde Ochoa
permaneció hasta su fallecimiento en 1978.
A
la par con el trayecto biográfico, el artículo de Luis Nieto esboza una breve
clasificación de temas y géneros abarcados por la extensa obra fotográfica de
Ochoa, remarcando el significado artístico y documental de cada grupo de
imágenes.
A
continuación, el artículo de Valeria Lotz Repensar el archivo fotográfico
demanda una reflexión crítica sobre el rol de la fotografía y la memoria visual
en nuestros turbulentos tiempos. Traza un breve recuento histórico del
surgimiento y evolución de acervos fotográficos en el Perú y la consciencia social
que deriva de ellos, mostrando la necesidad de un constante diálogo y debate
sobre la memoria viva.
El
ensayo de Regina Mejía La Comisión Deportiva Apurímac (1938), es un texto
corto pero muy revelador, por narrar uno de pocos episodios en la vida de Ochoa
del que se han conservado algunos singulares pormenores. En 1938 un grupo de
intelectuales y activistas del Cusco viajó por la región de Apurímac con el
modesto propósito de formar ahí equipos deportivos, travesía que se convirtió
en exploración y testimonio de problemas, dolencias y contrastes sociales a
flor de piel. Horacio Ochoa, quien fue invitado para acompañar al grupo, documentó
esos parajes rurales, a menudo abandonados y sumidos en pobreza, que a pesar de
todo revelaban una gran belleza.
El
siguiente texto, escrito por las conservadoras Melanie Candia y Winy Yépez,
aborda un tema que rara vez se desarrolla en libros de fotografía: habla de las
técnicas de retoque manual de negativos que empleaba Ochoa. Como demuestran los
clichés de su archivo fotográfico y los relatos de sus familiares, el retoque de
retratos era uno de sus puntos fuertes que consolidó su fama profesional.
Sus clientes confiaban mucho en su capacidad de presentarlos de la mejor manera
posible, disimulando los defectos y realzando sus aspectos atractivos. Esta
habilidad era especialmente valorada por su clientela femenina.
En
este artículo, las autoras enumeran y describen los principales métodos del
retoque fotográfico, mostrándolo como un arte en sí, y no como una alteración o
profanación de la imagen en su calidad documental. Califican el retrato
fotográfico no como un reflejo mecánico inocuo de la apariencia humana sino
como una proyección consciente y reflexiva que el fotógrafo, y el propio
retratado, querían dejar a la posteridad.
El
libro concluye con testimonios de dos de los hijos de Horacio Ochoa (Juan y
Noemí) y dos de sus nietos (Juan Luis Ochoa Jara y Ruth Magaly Gil Ochoa), agregándole
un matiz sensible y emotivo. Sus relatos están salpicados de detalles
cotidianos y leyendas familiares. Así, Juan Ochoa narra cómo su padre renunció
a su primer oficio, la sastrería, para dedicarse a la fotografía en el taller
de González, y Noemí Ochoa cuenta cómo el fotógrafo fue invitado, de manera
sorpresiva, a acompañar en un viaje al presidente Belaúnde Terry para hacer un
registro de sitios arqueológicos de la región.
Los
fondos de la Fototeca Andina, que conservan más de 33 000 negativos en diversos
soportes, aún requieren de grandes esfuerzos para ser conservados,
digitalizados y puestos al servicio de la sociedad. La labor está en proceso, y
hay que desear a su equipo muchos éxitos y gran perseverancia en este noble
camino.
El
libro Horacio Ochoa: imágenes del Cusco y su gente, 1935-1960 puede ser
adquirido en el Centro Bartolomé de Las Casas, pasaje Pampa de la Alianza 164.
Próximamente estará a la venta en la librería Genesis (esquina de Santa
Catalina Ancha con Santa Catalina Angosta).
Consultas:
(084) 245415 y cbc@cbc.org.pe
En
Lima el libro está a la venta en la librería El Virrey, la librería de
la PUCP, la librería del Centro Cultural PUCP y Book Vivant.
Agradecimientos:
Anael Pilares Valdivia.
La
portada de la reseña fue generada con la ayuda de la IA Gemini.